Entrevista en la Revista
«Sólo Bici»


Marzo 1999, número 10

Texto de Javier de Dalmases
Fotos de Joan Cortadellas


«Bendito sea Pantani»


   A sus 55 años -casi 40 de profesión-, la dimensión personal de este cantautor de la vida ha superado con creces la del famoso querido o muy querido por el público. Su nuevo papel se encuentra en otra galaxia. Joan Manuel Serrat es un mito viviente, un hijo de todos, que debe luchar a brazo partido para hacer un sitio, entre todo lo demás, a eso que él considera "sus pequeñas cosas". Entre ellas sigue estando, a pesar de todo, el ciclismo.

— ¿El deporte en general, y el ciclismo en particular, ocupa en su vida el mismo papel que ha ocupado siempre?
— Lo sigo, pero no con la misma devoción que antes. La muerte de mi querido amigo, el periodista Antonio Vallugera, me afectó. Marcó un antes y un después muy claro en mi relación con el ciclismo. Ahora, cuando voy a una carrera, me siento muy afectado. Me cuesta disfrutar de todo aquello sin él. No creo que mi afición haya disminuido, pero no lo paso tan bien como antes. Continúo siguiendo las pruebas por televisión, pero no es lo mismo. El clímax de mi relación con el ciclismo se dio en 1984, cuando seguí el Tour de Francia, y durante los años siguientes, con la época de Induráin. La fuerza del mejor ciclista español de todos los tiempos me arrastró y me estimuló hasta el punto de que me ayudaba a superar las malas sensaciones.

— Y después llegó la desaparición de Ocaña.
— Fue tremendo. Fue la muerte del hijo de Vallugera. Se tenían un enorme afecto mutuo. Sobre todo de Antonio por Luis, ¡cómo le admiraba! Sentí mucho su pérdida y sentí mucho también todo lo que le aconteció en los años previos a su muerte. Ocaña no fue un hombre afortunado ni tampoco un deportista afortunado. Habría podido ganar muchas más cosas de las que llenaron su palmarés, por ejemplo el Tour del 71, que sin la caída del Col de Mente, hubiera sido suyo con toda seguridad; el campeonato del mundo de Barcelona, donde le faltó un poco de convicción en sus posibilidades, creer que podía ganar a Maertens y Gimondi con una sola pierna. Siempre demostró que era uno de los hombres con más coraje. Y como ser humano tampoco le salieron bien las cosas.

— ¿Cómo es que a un aficionado al ciclismo como usted nunca le ha dado por practicarlo a un cierto nivel?
— Aficionado sí lo he sido. Yo vi ganar a Pérez Francés cuando era aficionado en el club Penya Solera-Cacaolat. ¡Y cómo ganaba! Se iba al principio y hacía toda la carrera solo por delante. En cuanto a ir en bicicleta, mis capacidades cicloturísticas siempre han sido muy limitadas. Además, el hecho de vivir en la ciudad me ha condicionado. Otros han podido superar esto; pero yo no. Eso sí, tengo una mountain-bike y de cuando en cuando hago mis pinitos. Está bien para mis condiciones, pero en general trato de hacer actividades de menor riesgo, en consonancia con mi profesión. No puedo exponerme a romperme un brazo, por ejemplo. Tengo muy en cuenta que mis 22 años han quedado lejos.

— ¿Sigue sacrificando las siestas para seguir el Tour y la Vuelta?
— Ahora todo es distinto. Sigo las carreras por la tele, pero el entusiasmo adolescente ha bajado. Como en tantas órdenes de la vida, la realidad del ciclismo es confusa, tanto para la gente como para los corredores e incluso para las casas comerciales que están metidas. La terrible y dura historia del dopaje ha sido una bomba de profundidad en la línea de flotación del ciclismo.

— ¿Qué piensa de lo sucedido durante el pasado Tour?
— Todos los que estamos o hemos estado metidos en este área sabemos que la ingestión de productos estimulantes o que favorecen el desarrollo muscular puede producirse de forma más o menos habitual, pero también sabemos las grandes dificultades con que se ha de enfrentar el ciclista. Se mueve en circunstancias adversas. Su medicación es complicada y a veces tiene que trabajar en condiciones infrahumanas. Café, alcohol, optalidones, analgésicos y otros medicamentos menos hogareños han estado con demasiada frecuencia en la dieta farmacológica del ciclista. A pesar de todo, lo ocurrido en este Tour ha sido duro tanto para la gente del ciclismo como para los aficionados. Pero yo no hablo de limpiar imagen, sino de superar la situación y de tomar lo ocurrido como un punto de reflexión y de partida.

— Dicen que el ciclismo se ve seriamente afectado por las competencias políticas que existen en Francia; las luchas de partidos y todo esto.
— El ciclismo está afectado no sólo por la política. Hein Verbruggen, por ejemplo. ¿Dónde estaba este tío mientras todo explotaba? Además, por muy mal que le sepa al mundo del ciclismo, en él hay gente que no ha asumido su responsabilidad. No hay nada probado, pero yo no puedo dejar de tener presente la imagen de los ciclistas entregados a las pastillas de forma desproporcionada, y muchos de ellos están desaparecidos. No me gustan los victimismos patrióticos. hay que asumir esta certeza, pero también comprender que a un ciclista con la cara limpia le resulta imposible subirse a una bici y hacer lo que le piden que haga. Realmente durante el Tour se creó una situación desproporcionada. Y en este punto quiero enviar un beso muy fuerte a mi querido amigo Miguel Moreno y a sus torerillos. Fue a uno de los que le tocó bailar con la más fea del pasado julio.

— Para referirnos a cuestiones menos ásperas y más en consecuencia con uno de sus deportes favoritos, ¿qué le parece Pantani?
— Bendito sea. Pantani es la alegría, le ha cambiado la cara al ciclismo, que empezaba a dar demasiados síntomas de mediocridad. En el pasado Tour fue el antídoto al negro tema del dopaje. Este italiano le devolvió la épica al ciclismo cuando más lo necesitaba. Por eso repito de nuevo lo de ¡bendito sea Pantani!

— En España tenemos a nuestro Pantani. Ahí está Jiménez.
— Pero bueno, ¿dónde escribe usted? Estamos hablando de dos cosas distintas. Un campeón no gana hoy y se retira al día siguiente. El ciclista español que más me gusta es Txente García Acosta. Ya sé que a Olano también le gusta. No está mal, así podrá hacerle de gregario algún día. Txente tiene algo especial. También son corredores muy interesantes Rubiera y Heras. Todos ellos me agradan, pero el ciclismo español pasó su época gloriosa que comienza en el año 82 con el boom del Reynolds, después el Banesto, y la continuidad del ONCE.

— Total, que piensa que hay que esperar un nuevo ciclo.
— Sí, esto es como el mar, las olas vienen y van. Entre el ochenta y pico y el noventa y pico teníamos el mejor equipo del mundo. Fue una época muy brillante que, además, llegó a la calle y entró en las casas. Los Induráin, Delgado, etcétera. Entraron en el corazón de las gentes que los tenían como algo suyo. Fue un grupo de corredores que nos dio muchas alegrías. Jiménez debe comprender que un corredor de primera línea no se puede hundir al día siguiente. Pero hay que esperar que con él y con otros pueda producirse una explosión, aunque no creo que en los próximos tiempos el ciclismo disfrute de una atención parecida a la de los últimos años. Más adelante quizá, cuando lleguen otra vez las olas buenas.

— ¿Qué nos dice de Ullrich?
— Es el campeón de ahora, pero pensaba que tenía más consistencia. Esta temporada pasada dejó ver algunas debilidades. Tiene una tendencia a engordar que no supera con otros factores como constancia, preparación e ilusión. La etapa de los Alpes, aquella tan buena, fue reveladora. Ullrich es un hombre joven que tiene una calidad contrastada, pero no sé si tiene cerebro. Aquel día, por lo menos, no tuvo mucho cerebro. No fue capaz de ir a su ritmo. Se dejó arrastrar en sus desesperados intentos de atrapar al "calvo". Claro que hay que decir en su favor que ha tenido un competidor muy difícil en este Tour, y los corredores se hacen en los grandes tropiezos.

— ¿Quién va a poder más, la belleza de este deporte o todos los fantasmas que se están lanzando contra él?
— Las gentes que salen a la calle a ver el paso de los ciclistas son los grandes desconcertados en estos momentos. Todo lo sucedido les ha ofrecido una imagen más turbia, incluso, de lo que realmente es. Los que están metidos de una forma u otra en el ciclismo y la propia afición deben ponerse al lado del ciclista como persona y como deportista de élite que es. Alguien al que hay que cuidar y no al que hay que atacar. Esa será la forma de que la cosa vaya hacia adelante.


EL RODILLO

— Un maillot para llevar en la vida.
— El de la dignidad. Una característica no muy valorada, pero a la larga es un buen negocio.

— ¿A quién no le prestaría nunca una rueda?
— Al que me la tirara por la cabeza. Sobre todo si se trata de una lenticular.

— ¿Con quién haría una escapada?
— Con aquella o aquellas personas con las cuales la escapada valiera la pena.

— Díganos un escenario mítico para usted.
— El Camp Nou. Aunque el escenario en que siempre me he divertido más es estar en medio de la calle. No por el espacio, sino por la gente.


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