Es, simplemente, un cantante. Pero es mucho más. Serrat es un sentimiento,
un estado de ánimo, que de vez en cuando hace que la espalda de la música española sea recorrida por
un escalofrío, la publicación de un disco suyo. «Sombras de la China»,
que a partir de mañana llegará a las tiendas- es su último trabajo, un juego de manos, un nuevo ejercicio de
prestidigitación del cantante barcelonés y, como él mismo asegura, «el producto de toda una serie de
ilusiones, de sueños y fantasías transformadas en canciones».
¿Tras una carrera como la suya, después de tantos discos, en algún momento se pasea sobre
el estudio el fantasma de la rutina?
Se pasean muchos fantasmas, pero se han paseado a lo largo de los treinta y tres años que
llevo desempeñando este oficio, pero es algo que puede ocurrirle a cualquier ser humano, cualquiera
que sea su trabajo. La rutina, el acomodamiento, siempre están ahí, aunque el acomodamiento es esta
profesión es muy fácil de detectar, debido a que las personas que te siguen no te lo permiten, porque
la gente no es tonta y te pueden barrer y pasar completamente de ti su no le gusta lo que haces. La rutina
es mala, pero no sólo para grabar un disco, sino para vivir, para levantarme cada día, para relacionarme
con los demás, para sentir el país en el que vivo y sentir el futuro con el que sueño.
Colores
¿Su música, sus canciones, han pasado del blanco y negro al color, como en buena medida le ha
sucedido a España desde hace treinta años?
No podemos olvidar que el tiempo no sólo ha transcurrido para el país, también ha pasado para usted,
para mí, para todo el mundo. Yo he tratado siempre de caminar a un ritmo determinado que me permitiera
poder disfrutar y participar plenamente de este discurrir del tiempo, y cuando he visto y he comprobado
que yo iba demasiado despacio, he tratado de correr y acelerar para ponerme enseguida a la altura.
Evidentemente, los tiempos han cambiado para el país, afortunadamente en muchas cosas, y en otras no
tanto como muchos querríamos, per las ilusiones siempre están por encima de la realidad, y creo que lo
importante es no perder las ilusiones para modificar la realidad.
En uno de sus nuevos temas «Una vieja canción» usted habla de «...remover el poso del ayer». ¿Remueve a
menudo ese poso, mira hacia atrás con ira?
Lo que intento, más que remover las aguas del pasado, es no olvidarlo, trato de no perder la
memoria, porque la memoria es maravillosa y es una herramienta muy hermosa para abrir las puertas del
futuro. De la misma forma, no creo que la memoria deba servir para andar hurgando en los viejos rencores,
en los viejos odios, porque el rencor y el odio son sentimientos que acaban volviéndose contra el que
los tiene, aunque es posible que sean motores para mucha gente, gente que a mí me da mucha pena.
Las nuevas generaciones de músicos le tienen siempre a usted en mente como parte destacada de
sus influencias.
Es algo que, naturalmente, contemplo con satisfacción, cómo lo voy a mirar. Cuando uno desempeña
un trabajo y lo que hace no sólo le sirve para él mismo, sino que además consigue crear un caldo de
cultivo que puede ser útil a otros que están empezando es algo para sentirse realmente feliz. Así me
siento yo y, por mi parte, también recuerdo a todos aquellos que a su vez han influido en mi propio
trabajo, porque está claro que yo no soy fruto de generación espontánea, yo aprendí de otros que me
enseñaron el oficio. Si he servido o sirvo para enseñar algo de esta profesión a los que vienen detrás,
me siento verdaderamente muy a gusto y me hace pensar que no me he equivocado tanto.
¿Vamos bien?
En algunas canciones de este nuevo álbum se refiere usted a los que van «anunciando apocalipsis»,
a los empeñados en «sacar tajada», a «los de toda la vida, los mismos siempre». ¿Acaso España no va
tan bien?
Al escuchar estas canciones se puede sacar la rápida conclusión de que me refiero a eso, pero
sólo es así en parte, no están escritas pensando expresamente en nuestro país. A lo que me refiero es
que, a pesar de que estamos es un tiempo de progreso, un tiempo en el que se pretende avanzar, no se
puede olvidar que vivimos en un mundo donde el ochenta por ciento de la población subsiste por debajo
de los umbrales de la pobreza. Y vivir de espaldas a todo eso me parece no sólo inmoral, sino también
estúpido. Este tipo de cosas, este tipo de situaciones no se tapan ni se arreglan no mirándolas; la
mierda no se elimina ocultándola debajo de la alfombra, lo que hay que hacer es barrer y fregar, echar
lejía... Me niego a ponerme de espaldas a la realidad del mundo en que vivo.
¿Y qué lugar puede ocupar una canción en la transformación de ese mundo, en su mejora?
En principio, para mí, con que haga compañía, tengo bastante. Soy perfectamente consciente
de las limitaciones que puede tener una canción, incluso lo soy de las que pueda tener el pensamiento,
pero también creo que si no hay canciones, si no hay pensamiento, si no hay ideologías, difícilmente
va a existir nada que sea capaz de modificar las cosas y de ayudar al progreso de las personas.
En el texto de presentación de «Sombras de la China» que ha confeccionado su casa de discos se muestran
unas palabras de afecto el ex-presidente del Gobierno Felipe González hacia usted. ¿Es un matrimonio
natural el de políticos y cantantes?
Yo me llevaba bien con él antes de que fuera presidente, de igual forma que estos momentos
también tengo algún viejo amigo en Hispanoamérica que ha llegado a presidir sus país. Son cosas de la
vida. Tengo amigos políticos, músicos y algunos que son albañiles. Lo que echo de menos en esa biografía
es que no le hayan preguntado a mi amigo Alejandro Angulo, albañil, qué pensaba realmente de esta
historia.
Su disco anterior, «Banda sonora d'un temps, d'un país», recuperaba canciones inolvidables de la
«nova cançó» y de la música popular catalana. ¿Fue un ejercicio de lucha contra la amnesia histórica
y musical?
En ese sentido, soy más modesto. Si puedo colaborar y ayudar a recuperar ciertas cosas me parece
estupendo, pero ese fue un trabajo que hice porque me lo pedía el corazón y el cerebro me lo reclamaba.
Fue un esfuerzo tremendo de selección, de preparación, de arreglos, porque fue un trabajo que realicé
con la conciencia y el convencimiento de la dificultad que entrañaba no sólo hacerlo, sino de poder
comunicarlo. Lo que debo agradecer a la gente es el trato tan bueno que le dio y que hizo que un disco
en catalán llegara al número 1 de las listas de ventas en España, algo que no me pasaba desde 1967
con «Cançó de matinada». Con treinta años de diferencia, ocurrió otra vez este «milagro» y hay que
agradecérselo, fundamentalmente, a la gente de habla no catalana.
Amigos para siempre
El año pasado, junto a Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos, usted se recorrió medio mundo con
un espectáculo titulado «El gusto es nuestro». ¿Se lo pasaban tan bien como parecía?
Entre nosotros hay una relación que va mucho más allá de la de unos simples compañeros de profesión.
Son muchos años de relación, nos han pasado un montón de cosas juntos y nos respetamos mucho. Por eso quizá
hemos podido tener una experiencia de este tipo, que creo que es difícilmente repetible o imitable, porque
este oficio nuestro es un oficio competitivo y lleno de puñetas, y hacer un montaje como ése, en el que
se exigía mucha generosidad, sólo se puede hacer junto a gente con la que haya suficiente confianza para
poder hablar a calzón «quitao», sin tener miedo a enseñar las vergüenzas. Si la relación entre nosotros
no fuera tan buena se hubiera notado, no se puede mantener algo así falseando la realidad.
¿Se ve envejecido sobre los escenarios?
Siempre he pensado que lo que pesan son los daños más que los años, el maltrato de la vida, pero mi
futuro es algo que no me he planteado. Lo que sí sé es que yo llegué discretamente a la música y trataré
de irme discretamente. ¿Cuándo? No tengo la menor idea, es muy difícil saber cuál es el momento en que uno
tiene que marcharse a casa. Creo que un artista, mientras tenga algo que contar, siempre tiene un espacio.
No creo que sea obligatorio ser joven, guapo, fuerte y ágil para subir a un escenario. Llevo tiempo pensando
que en un momento determinado tendré que hacer las maletas, pero, por el momento, no tengo ninguna gana.
¿Cómo le explicaría a un joven e ingenuo cantautor que en determinados momentos y lugares la música
puede ser una profesión peligrosa?
No sólo esta profesión. Uno no está nunca a salvo de los desalmados. No existe ninguna razón que justifique
quitarle la vida a otro ser humano, ni creo que exista ninguna razón tampoco que pueda impedir a ningún
ser humano exponer públicamente su manera de pensar. Es más, creo que estoy en la obligación de defender el derecho
de expresarse de aquel que piensa distinto que yo. Creo en la tolerancia, en la pluralidad y en que una
sociedad crece más sana y rica cuanto más plural y tolerante. Quizá es menos manejable por los que pretenden
salvarnos la vida a costa de cortarnos el cuello, pero es mucho más rica y saludable. No sabría cómo
contarle que una canción puede costarle la vida a alguien, pero tampoco sé cómo le contaría que dos
porteros de una discoteca maten a alguien a palos, o que a un barrendero negro unos tipos le den una
paliza... No sé cómo se pueden contar y explicar este tipo de cosas.
Conocimiento de causa
¿La experiencia hace que el trabajo sea más fácil?
La Naturaleza es muy sabia, y todo lo que te da por un lado, te lo quita por el otro. Todo lo que te da
de conocimiento te lo quita de descaro. El conocimiento te da unas posibilidades, pero también te limita
en otros aspectos. El único antídoto para superar eso es un viejo remedio casero que se llama trabajo, clavar
los codos en la mesa, pelearte mucho con las ideas, con las pocas y escasas ideas que suelen acudir a tu
reclamo.