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FERVOR DE BUENOS AIRES. El catalán volvió a presentar Sombras de la China. Y, como siempre, encandiló a sus fans.
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"Después de 24 horas de viaje, llegué al mismo lugar de donde había salido. Salí de casa y llegué a casa", dice Joan Manuel Serrat después de cantar el primero de sus temas, Sombras de la China. Y no le falta razón. Tampoco, vale, demagogia. Pero, esencialmente, no le falta razón. Es que Serrat es como el vecino célebre. El que vive lejos, pero del que todas las mujeres de la cuadra siguen enamoradas y al que todos los señores, casados o descasados con las mujeres de la cuadra, invitarían a comer un asado.
Entonces, no es de extrañar el recibimiento: un teatro repleto aplaudiendo de pie. Tampoco que esta segunda presentación de su último disco, Sombras de la China, sea muy similar a la que ya hizo a fines del año pasado. Es que si Dios está en los detalles, basta observar a la señora con bastón y unos espléndidos setenta y pico de años acompañada de sus hijas y de sus nietas para entender la relación del catalán con su público, no importa lo que cante, siempre y cuando reviva algunas de esas que sabemos todos.
Y así parece entenderlo también Serrat que, después de Los macarras de la moral y de Más que a nadie, de su nuevo disco, habla del peligro de intoxicarse con novedades y comienza a sacar algunos de sus conejos más famosos de la galera. Primero, Poema de amor. Enseguida, El titiritero. Serrat, en medio del escenario o sentado en una banqueta en un rincón, tiene el don de ir y volver en el tiempo. Tal vez su voz ya no sea la de entonces, tal vez los nuevos arreglos de los temas no sean aquellas maravillas que entregaba Ricard Miralles, pero esas ausencias las suple con gracia e histrionismo. Con el impecable personaje que sugiere su interpretación de Benito, con un pequeño monólogo sobre el insomnio que defiende, ante el murmullo, con altura: "El (Derek) Chopra habla de cosas más raras todavía y todo el mundo shhh... como en el tenis".
Secreta mujer y La hora del timbre aparecen detrás de las 42 causas que producen, según el vademécum de Serrat, insomnio (Cuarenta y tres, hay que contarte a vos, surge, inevitable, una voz femenina). Temas nuevos que ajustan la dosis: algo de estos días, algo de aquellos tiempos. Pueblo blanco inunda el teatro de poesía, Disculpe el señor, de crítica social. Ambas consiguen, fatalmente, una ovación.
El juego no cambia durante dos horas. A Princesa, Me gusta todo de ti (pero tú no), entre otros temas nuevos, le suceden, en algún orden, clásicos como Mediterráneo, Cantares, Lucía, Fiesta. Pero el juego permite otras actividades: el saludo a los amigos presentes (Víctor Heredia, Gieco, Fontanarrosa, Javier Portales, Mercedes Sosa), los ramos de flores sobre el escenario, las cartas, los ositos de peluche.
Jorge Luis Borges tituló su primer libro de poesía Fervor de Buenos Aires. Pero, ¿se puede explicar el fervor sin apelar a Borges? En todo caso, vale arriesgar un modesto: es como una fiebre, un síntoma. O esta imagen: Serrat solo con una guitarra cantando en catalán, ya con la voz un tanto cansada, ya en el último escalón del recital, ese enorme poema que es Padre. Las miradas fijas, el silencio profundo del teatro, explican esa y otras palabras.
JOAN MANUEL SERRAT
Músicos: Josep Mas "Kitflus" (piano y dirección), Tito Duarte (percusión y vientos), Víctor Merlo (bajo y contrabajo), Roger Blavia (batería y percusión), Jordi-Bonell (guitarras), Antonio Toledo (guitarras).
Género: Canción
Lugar: Gran Rex. Repite hoy, y el 5, 6 y 7 de junio.
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