ESPECTÁCULOS
Miércoles 2 de junio de 1999
Buenos Aires, Argentina


JOAN MANUEL SERRAT  
"Hay cosas que me gustan mucho más que hacer canciones"

Liberado de las presiones de tener que ganarse al público, el catalán habla aquí del amor, la familia, el éxito. Dice que es curioso y que le gusta estar informado, pero desmiente su función de oráculo.

JAVIER ROMBOUTS




Serrat, en Buenos Aires, donde está presentando Sombras de la China.

Tal vez se trate solamente de un detalle, pero en todo caso sería un detalle importante. Joan Manuel Serrat le ha cambiado una línea a una de sus canciones más famosas, "No hago otra cosa que pensar en ti". En verdad, no sería destacable si no fuera aquella que dice "...y nada me gusta más que hacer canciones". Ahora, la canción tiene líneas rotativas. "La voy cambiando todo el tiempo. Por ejemplo, puede ser: y hoy quiero escribirte mil canciones", arriesga Serrat. Vale aclararlo: no se trata de que a Serrat ya no le guste hacer canciones. Es otra cosa, algo más parecido a un sinceramiento. "Fue una frase desafortunada desde el origen. Hay cosas que me gustan mucho más que hacer canciones", dice Serrat el lunes al mediodía, después del primer fin de semana de recitales en Buenos Aires, después de haber hecho canciones durante 35 años.

— ¿Qué cosas le gustan más?

— Estar vivo. El resto es el momento. Hacer el amor, pero depende con quién. Estar con mis hijos, pero si está jugando el Barça... que no me rompan las pelotas.

Abuelo a los 55 años, padre de tres chicos, catalán hasta en las onomatopeyas, Serrat es un señor al que nadie puede dejar de saludar. En el hotel la gente lo para para darle la mano, para decirle es un gusto conocerlo, para pedirle un autógrafo.

— ¿Llegan a fastidiarlo?

— Bueno, no. Sólo a veces, cuando estoy mirando algo que me atrae mucho o estoy pensando en algo que debo hacer rápido.

— ¿Estamos hablando de mujeres?

— No, mejor digamos fantasías.

— ¿Es por eso que una vez por año se sube a una barca y se va a pescar al Mediterráneo?

— Voy con dos amigos por diez días y estamos allí pescando, comiendo y viviendo en el agua. Es muy purificador. Luego también nos cagamos de la risa y nos bebemos todo el vino.

— Es como el deseo de volver al origen.

— Creo que es eso y es más. Es un acto lúdico de defensa propia donde busco ámbitos de libertad amplios.

— ¿Es también sacarse el traje de Serrat?

— Trato... A ver cómo se lo puedo contar. A mí me gustan los zapatos elegantes. Pero uso tenis porque voy más cómodo. Procuro ir liviano por la vida. Le diré: me llevo bastante bien con mi personaje.

— ¿Y el personaje para los demás, ése que siempre tiene que opinar? ¿No se cansa de ser mirado como un oráculo?

— Me gusta estar informado. No lo hago como una obligación. Tiene que ver con mi curiosidad. Lo que quizá sea desproporcionado es que me busquen como referente de respuestas que deberían dar otros. Pero esto ocurre porque los que deberían dar esas respuestas no las dan.

Quienes, para su fortuna, no lo miran como un oráculo son sus hijos y su nieta. De otro modo, el hombre sólo tendría refugio en el mar. "Estoy muy orgulloso de ellos, son muy buenas personas; desde el mayor, que tiene 29 años, a la pequeña, que sólo tiene 12", dice con palabras de padre y no de oráculo.

— Sin embargo, estaba preocupado porque su hija de 20 salía sin dar explicaciones.

— Eso era antes. Ahora estoy muy tranquilo. Porque mi hija está de novia y su novio es mi cómplice. Con él tengo una relación muy afectuosa y puedo conversar sobre lugares, horarios y demás cosas.

— Pero usted escribió "Poco antes de que den las diez" y ahora dice que le gusta el novio de su hija porque es su espía.

— No, es su novio. No la espío. Yo sencillamente aspiro a dormir. No encontrarme a las cinco de la mañana durmiendo apaciblemente y que una mano me golpee el hombro mientras la voz de mi mujer me dice: La nena todavía no ha vuelto. Y para que esto no pase, negocié con mi yerno.

— Habrá otras negociaciones.

— Sí, falta la menor, que será todavía más preocupante porque se parece mucho a mí. Con ella utilizaré la intuición. Uno se ve en los hijos. No devuelven la niñez, pero te hacen darle una segunda pasada.

— Si los hijos son la segunda pasada, Luna, su nieta, ¿qué es? ¿Los cuentos infantiles que grabó cuando ella estaba por nacer?

— Eso fue una simple casualidad.

— ¿No le cuenta cuentos a su nieta?

— No, más que contarle, me fijo en ella. Estoy esperando que crezca para poder tener otro tipo de conversación. Por ahora, me dedico a reírme, a escucharla. Es muy interesante ver cómo descubre que su abuelo sale en la tele. Pero que, además, va sin calcetines por las habitaciones y tiene una mujer, su abuela, que le riñe.

— ¿Cómo reaccionaban sus hijos cuando descubrían la fama de su padre?

— Una vez, en Mallorca, estábamos caminando con mi mujer y mi hija Ana María por el paseo marítimo. Yo llevaba a la niña sobre mis hombros. Entonces pasamos un sitio donde había una foto mía inmensa. Y ella me dice: "Mira papa, el papa". Yo le dije que sí y seguí. De pronto, la oigo que dice: "Adiós, papa". La miro y está saludando al cartel. A ella eso le parecía de lo más normal. Por otro lado, mis hijos nunca estuvieron sujetos a la tiranía del oficio del padre. Y los medios han sido bastante amables. No me han tocado las pelotas.

La última línea de su respuesta parece una constante en varios territorios. El escenario, por ejemplo. Hoy cada recital tiene los aplausos ganados de antemano.

— ¿Cómo era en los comienzos?

— Nunca me fui de un escenario pero sí me cagué en los muertos de los presentes.

— ¿Era de enojarse con el público?

— No, no siempre. Es que me ha tocado cantar en lugares donde la gente estaba por otras actividades. He tocado en plazas de toros y en casas de putas. Y ahí, el entusiasmo no era desorbitante.

— ¿Cómo era cantar en prostíbulos?

— En realidad no eran casas de putas, eran cabarets. En prostíbulos no cantaba, bueno... nunca profesionalmente.


© Copyright 1996-99 Clarín Digital. All rights reserved

 

principio de esta página