Entrevista en el Semanario
«El Dominical»

20 de Septiembre de 1998

Texto y Fotos de Juan Ramón Iborra


    Dirigiendo personalmente la promoción de su nuevo CD, se le ve la alegría. Quizá porque esta grabación, sombras románticas e irónicas, le satisface. O será por razones mayores. A sus 54 años, Serrat se siente joven: le ha escrito al fin la canción que le debía a su mujer, telefonea a su nieta, y bromea diciendo que su hijo es mayor que él.


«La nostalgia es un andamio de paja»


   Empecemos por el final: cuando, sin querer, le hice saltar un resorte. Todo iba bien. Charlábamos con nuestro viejo afecto puesto sobre la mesa. Pero casi al punto de concluir la entrevista, una pregunta a contrapelo tensó de golpe sus reflejos. En estado de alerta, vibró sensible como el bordón de un chelo. No se lo noté por fuera, sino por dentro. Y en su forma de darme respuesta.

— ¿Nació con una flor en el culo?
— ¡Ohhh! ¡No, no, no!... Yo nací entre los brazos de una flor.

— ¿Me lo puede explicar?
— Nací cargado de cariño y con unos padres que fueron los que han hecho posible que yo pudiera tener la independencia suficiente desde pequeño, la libertad para poder escoger lo que quería hacer y las posibilidades de aprender que sin duda alguna sembraron ellos. Yo no sé cómo puede ser en otros casos que no hayan tenido esta fortuna. Pero a mí, todo lo que he hecho en mi vida me lo ha facilitado el que que hubiera parido la madre que me parió, el tener el padre que tuve, los hermanos. Y la gente, mis vecinos. Ese mundo en el que sin necesidad de tenerme entre algodones, me han mantenido con cariño y permitió eso: educarme en libertad.

   Patinazo. Por un descuido, me había estrellado sobre un pilar básico: el amor a su gente. Al senyor Josep Serrat. A la señora Ángeles Teresa. Los padres que son ya recuerdo, pero tan vivo, tan claro el que ellos azuzaron sus hogueras de joven, que mentarle por algo que le había oído decir: «La fortuna pasa por encima de todas las personas a lo largo de su vida, y lo importante es estar saltando. Si te distraes, 'la has fotut'» (la has jodido).

— Esto es verdad. La fortuna pasa y hay que estar levantando las manos todo el rato, para pillarla. Sí está bien. Comparto.

— Pues esa parrafada me ha llevado a lo de si era un tipo con suerte.
— Sí, bueno, esto también. Pero el origen de un niño es fundamental, sobre todo para marcarte cosas. A lo mejor no tanto para haber llegado, para tener un oficio consolidado y todo esto. Pero sí para entender lo que estás haciendo, lo que te ha ocurrido. Te lo hace entender, seguro, de una manera muy distinta.

   Volvemos al principio. Me citó en Madrid a finales de agosto, en un hotel junto al aeropuerto. Estaba de ensayos en la capital; de allí volaba a Chile, para cantar en memoria de Salvador Allende.
   A media mañana, llamó a mi habitación: «Tenemos todo el día por delante». Así que, primero grabamos la entrevista. Y después José Navarro, por común el Berri, la traca valenciana que es su amigo, agente y viceversa, nos condujo al páramo castellano que buscábamos para las fotos. Una sesión breve: en un minuto nos derritió la solanera. Nos arreglamos con la umbría de un pinar. Luego comimos los tres en la capital. De postre, nos contó cómo se hace la breve siesta del romano. Ni eso. Había que ensayar y nos fuimos a un local casposo, una ratonera para nueve músicos. Y arrebujaditos en aquella sauna, comenzó el aquelarre: un, dos, tres, un-dos-tres y ...
   Pero aún estamos en el jardín del hotel, conversando junto a la piscina. Me interesaba poco poner violines en su pasado tan repasado, y mucho auscultarle ahora. A ese pícaro que paraba(mos) el palique cada vez que una muchacha guapa circulaba a nuestro lado. Por seguir el rastro, hubo varias interrupciones. Al pasar, todas nos(¡le!) sonreían. Y él las saludaba cantarín: «Bueeenos díaaaas...»

— ¿Qué pasa cuando uno se hace mayor? ¿Se ve de otra forma esta belleza?
— Noooo. Se ve con satisfacción. Con mucha alegría. Es una maravilla que el mundo esté poblado por este tipo de especímenes.

— Cuyo desarrollo es cada vez más precoz. Cuya armonía va a más. Para desasosiego y calentura de nuestros corazones trasnochados.
— Sí. Decía Pere Quart que en esta vida todo es relativo, aproximado y provisional. Esto quiere decir que tu capacidad de tolerancia y de admiración con respecto a eso va en aumento. Es decir: no es que cada vez vayan a más. Es que a ti te parecen mejores.

— Lleva usted el camino de hacerse viejo sin ser adulto.
— Yo siempre he escogido esa frase de Jacques Brel como una forma maravillosa de definir un espíritu. El adulto sólo encierra inconvenientes. La vejez es algo que ha sobrepasado las cosas. El adulto es el que está ahí con las cosas. Y los niños van a buscar las cosas. Es una situación que forma parte de una manera de ser y de entender la vida. No es tanto un proyecto de querer ser así, sino de decir sinceramente 'yo soy así'.

— Tengo la sensación de que usted se siente a gusto consigo mismo desde hace mucho tiempo.
— No tengo excesivas broncas conmigo mismo. Es decir, que el personaje es bastante llevadero para la persona. Y la persona no es demasiado estranguladora con el personaje. O sea, que se llevan bien. Siempre he pensado que uno vive con su más íntimo enemigo y que en muchos casos éste se convierte en tu protector, en tu salvador. En el que evita que los desastres sean mucho mayores.

— Sus ideas son las mismas de siempre, parecen inamovibles.
— Afortunadamente, en el sentido de que siempre es bueno estar a gusto con tu pensamiento. O desgraciadamente, porque a veces uno no está a gusto con lo que no varía y preferiría modificarlo. Pero no hay Cristo que lo modifique.

— ¿Qué quiso decir Vázquez Montalbán hace 30 años con aquello de que «la mejor entrevista con Joan Manuel es no hacérsela»?
— Yo tampoco lo entiendo muy bien. Esto habría que preguntárselo a Manolo, porque debe de tener su miga la cosa. Manolo es una persona sensible, es inteligente, no vende humo... Seguro que alguna cosa querría decir. Y yo le agradecería que nos lo contara porque debe de ser muy interesante.

— Desde su generación (ahora cincuentona) usted se convirtió para la nuestra (cuarentena) en una referencia. Como el hermano mayor que en cierto modo nos educaba con sus canciones.
— Yo no escogí esto, ¿eh? Quiero decir que no he tenido nunca ninguna pretensión, no de convertirme en hermano mayor; ni siquiera en referencia. Entre otras cosas, por un lado, por la relación que tengo conmigo mismo. Y por el otro, por la falta de ambición en el sentido de querer influir en nadie. Porque dudo que yo pueda ser eficaz. Y no tengo ninguna voluntad de ello. No se lo recomiendo a nadie. Yo, donde me siento mejor es observando la horizontal. No me gusta en absoluto ser observado. Ni desde abajo, ni desde arriba. Ni con prevención, ni con entrega.

— Pero es observado. Necesariamente. Por su trabajo. Porque con él, con sus canciones...
— Síííí. Pero yo escribo por mí. Porque componer y hacer canciones me sirve para echar para fuera lo que tengo dentro. Para mí, la canción, por encima de cualquier cosa es una forma de expresarme. Y me sirve también para comunicarme. Por eso, como necesito comunicarme con los demás para expresarme, las escribo. Porque si no, en lugar de escribir canciones (en las que uno invierte muchas horas, mucho esfuerzo, y se encuentra muchos momentos en los que tiene que pelearse con uno mismo) pues me subiría a una montaña a pegar cuatro gritos con los que sintetizar todo lo que me ronda. Pero me siento a poner aquello: La pe con la a, pa; la eme con la i, mi; porque necesito comunicarme con los demás.

— Pero reconozca que es eficaz.
— Bueno, evidente. Hombre, claro. Pero no sé si sería capaz de hacerlo con tanta generosidad pensando que es eficaz para los demás y no lo es para mí. No sé si mi capacidad de sacrificio llegará a eso. Me temo que no; que buscaría otra forma de satisfacerme. Cuando alguien que no encuentra ninguna satisfacción en lo que hace, lo sigue haciendo porque satisface a los demás, a mí, perdona, pero es que me parece una situación muy dudosa. Yo tendría mis serias prevenciones hacia este individuo y no sé si lo invitaría a cenar a mi casa.

— Hablemos de su último trabajo, que es el que nos trae a este encuentro. Son 11 canciones. Y escojo. Corte 2: "Los macarras de la moral". Corte 10: "Buenos tiempos". ¿Son ejercicios para refrescar la memoria? ¿Hacer algo más que una canción de amor?
— Primero le diré que yo no pretendo hacer canciones de amor en el disco. Yo pretendo contar lo que me sucede. Y lo que me sucede pasa tanto por una canción como "Dondequiera que estés" (que debe ser de las cuatro o cinco mejores canciones que habré escrito en mi vida), como que junto a ella existe otra que se llama Buenos tiempos, que es una respuesta pequeñita a estas banderas de optimismo y de bienestar que nos están frotando por los morros como si el mundo funcionara bien a partir de que la macroeconomía (unas minorías que controlan la mayor parte del mercado) puede funcionar bien. O que el bienestar está en un momento realmente enorme porque las tasas de ocupación de los hoteles de la costa rondan el 100%. Olvidándonos de que también están al 100% las pateras que nos suben desde el sur, o la mala leche de los mineros rusos. O de que un 80% del mundo está viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Bueno, pues es una canción que trata de recordar eso. Que efectivamente corren buenos tiempos, pero para una serie de personajes que son capaces de las mayores barbaridades para que estos buenos tiempos sigan ocurriendo de sus carteras para adentro, alrededor de sus panzas. Unos personajes que, curiosamente, siempre son los mismos.

— Al final, todo se resume en un eterno afán de embaucarnos.
— Pero no quisiera que esta canción tuviera un sentimiento de que las cosas son así eternamente. El hombre tiene la capacidad de modificar su futuro. No sólo el individual, sino el colectivo. El futuro individual pasa inexcusablemente por el colectivo. Es imposible salvarse individualmente sin salvar el mundo en el que uno está viviendo, o sin colaborar en salvar al vecino. Imposible no solamente moral, sino prácticamente. Así que, no quiero yo que esta canción dé una sensación de que el autor, de una manera fatal, pues acepta las consecuencias del sabio destino y se deja arrastrar en sus aguas. No, no, no.

— Repaso al temario político. La derecha ya no quiere ser derecha. Y enfila, como la izquierda, hacia un centro homogéneo. Ambos en busca del mismo voto.
— Yo no los pondría a todos en el mismo saco. La derecha es mucho más ruborosa de reconocerse de derechas que la izquierda de reconocerse de izquierdas. No es ningún mérito ni desmérito, ¿eh? En otros países la gente lo tiene mucho más claro, pero en éste ocurre esto. También porque aquí el término de derechas tiene unas connotaciones añadidas. Porque, siendo prudentes, no es lo mismo Fraga Iribarne que Herrero de Miñón, pongamos, en cuanto a pensamiento o como proyección. Pero sí, existe un pudor de la derecha a reconocerse como tal y una voluntad de trasladarse al centro. Pero luego, la derecha no tiene esa voluntad. Convertirse en centro exige ir a una modificación conceptual, a buscar pensamientos más pluralistas, y sobre todo a un respeto al pensamiento ajeno. Cosas que no ocurren en el Gobierno de Aznar. Ni cuando era oposición. En estos últimos diez años, la derecha no ha dado la sensación que ser otra cosa que lo que es: derecha derecha.

— Eso lo dice porque es usted socialista.
— No. Eso lo digo porque no he visto nada en este Gobierno que se parezca al respecto al pensamiento ajeno. Es algo en lo que el Partido Popular no se ha caracterizado precisamente. Sobre todo desde que está en el poder. Y si Aznar tiene una voluntad de caminar hacia el centro (cosa que me parece muy respetable), no lo tiene que hacer a partir de la palabrería. Lo tiene que hacer a partir de algo mucho más consistente: de las obras, del trabajo, del cada día.

— Corría 1967 cuando usted lograba con su 'Cançó de matinada' que, por primera vez, una canción en catalán se aupase al número uno en las listas de éxitos nacionales.
— Síííí.

— Ahora eso sería impensable.
— No es impensable. Hace dos años hice el disco "Banda sonora d'un temps, d'un país", 34 temas cantados en catalán, escritos entre los años 64 y 76. Fue número uno en las listas españolas, por segunda vez, pues eso, desde el 67. En lo que estoy de acuerdo con usted es en que tomar esto para dar carta de normalidad al tratamiento de la comunicación en este país, sería una falacia. Incluso como normalidad de relación, todavía escribimos en una España en la cual existen graves y profundos prejuicios acerca de todas las culturas que forman parte de ella. Lamentablemente, no hemos alcanzado el sueño de vivir en una sociedad plural, tolerante, respetuosa y sabedora de que la pluralidad es nuestra riqueza y no nuestra enemiga. No, no estamos ahí. Ni en lo político ni en lo cultural.

— Recuerdo sus giras a principio de los 70. Cuando cantaba fuera de Catalunya, incluía en su repertorio algún tema en catalán. Y eso siempre provocaba silbidos en un sector de las sombras. Desde entonces ha llovido mucho, pero el abucheo que sufrió Raimon el año pasado en Madrid me ha traído el olor rancio de la intolerancia de aquellos años oscuros.
— Esto no sólo ha ocurrido, sino que en unos ámbitos concretos puede ocurrir mañana. Lo de Raimon ocurre en Las Ventas porque es un acto que Televisión Española organiza por orden del Gobierno popular para hacer toda una alharaca de lo que hubiera tenido que ser una respuesta sólida y seria al asesinato de Blanco. Pero en vez de esto, se monta aquella historia en la que no existe una participación plural, ni encima del escenario, ni mucho menos en lo que al público se refiere. Es un público que difícilmente asistiría a un concierto de Raimon en otro espacio de Madrid y que no tiene el talante ni de tolerancia, ni de respeto, ni sabe estar a la altura de las circunstancias. Ni los que lo manejaron supieron dar una respuesta contundente a aquello.

— Es lo que le digo: tiempos nuevos, viejos tiempos.
— Pero, en cambio, le puedo contar que en el año 1965 canté en Radio Madrid cinco canciones en catalán y todos los problemas que hubo fueron telefónicos. La gente del estudio aplaudió y se interesó por aquello que estaba ocurriendo. Gente sencilla, ¿eh? No eran universitarios en el paraninfo. Aquella era gente de la calle, con su oficio, sus pequeños problemas, que iban un ratito a la radio a ver en directo a aspirantes a artistas. Y aquella gente sencilla de Madrid me trató con todo el respeto, con cariño y sin ningún tipo de prejuicio. A lo largo de mi vida me he encontrado de todo. Pero lo que te encuentras no está en función de las zonas geográficas. Está en función de las zonas mentales de los individuos.

— Hemos echado sin querer la vista atrás. ¿Tiene algún lugar para la nostalgia?
— No soy muy partidario de sembrar nostalgia. Pero no soy partidario del olvido. Yo creo muchísimo en el recuerdo y en la memoria. Es un arma que uno no puede perder y con la cual no se puede transigir. La memoria hay que cuidarla, limpiarla, sacarle brillo. Hay que evitar que cada día nos la modifiquen y nos vayamos adecuando a una nueva memoria. Aunque uno no pueda evitar en algún momento echar la vista atrás y que se le encoja el corazón, y que se le haga un nudo en la garganta, o que los pajaritos de la cabeza se le echen a volar. Pero más que eso, yo procuro tratarla como una sensación en la que no me puedo apoyar. Como un andamio de paja. Lo miro, pero sé que no me puedo montar en él. Porque si me monto, me caigo.

— Pues cuando escriben sobre usted, percibo una tendencia a envolverle en nostálgico celofán.
— Pero esto yo creo que es porque soy muy mayor. Síííí. Y creo que soy muy joven. Tengo muy buena salud, vivo entre jóvenes: esto hace mucho para encontrarte bien. Pero llevo en este oficio 34 años ya. Son muchos. Cuando antes pensaba que un artista llevaba 40 años en este oficio, yo me imaginaba a Tutankamon. Je, je, je: Tutankamon tocando el banjo. Pero han pasado muy rápido y tantos años dan para mucho. Han ocurrido muchas cosas. Esto quizá haga que la gente que me pregunta cosas quiera llevarme a territorios de la nostalgia. Y también puede ser porque, afortunadamente, cada vez la gente que me entrevista es más joven y claro, pues tendrán cierta tendencia a buscar en un tiempo que para ellos debe de estar en el pleistoceno superior y medio.

— Con 34 años de profesión, sube al escenario, canta sus nuevas canciones. Pero vienen los bises y la gente le pide las viejas. ¿No piensa usted: 'pero por qué no me piden las nuevas'?
— Porque es natural que no me las pidan. Yo no tengo ningún resabio contra eso. Además, lo de nuevas o viejas es algo muy relativo. Tanto como que el tiempo convierte en viejas las nuevas. Esto me acompaña siempre, desde el segundo disco, pues ya empezó lo de «me gustan mucho sus discos, sobre todo el primero». Ha ocurrido desde que empecé a cantar. Hasta tal punto que ahora se producen paradojas extraordinarias. Cuando alguien me dice «me gustan mucho sus canciones, especialmente las primeras», yo ya le pregunto: «Dígame una de las primeras». Y entonces me dice: Esos locos bajitos. O sea: es de 18 años después de haber empezado a cantar. Es que lo de «las primeras» no está en función de la que tú escribiste, sino de las primeras que él escuchó. Lo que le importa a la gente no es lo que tú escribes. Es lo que escribes que forma parte de su vida. Tú haces las canciones prêt-à-porter. Pero la gente llega a casa, les quita un poco de la sisa, arregla el dobladillo y se las hace a medida. Entonces esa canción forma parte de su vida. Y le emociona. Y todo lo demás se la sopla. Se-la-so-pla. Tú dices: «Mire, es que he hecho esto...» «No, me da igual. Aquélla es la que me gusta a mí». Normal. Le gusta porque le reúne elementos de su vida que le son fundamentales. No importa tanto la canción como lo que la rodea: a quién conoció, qué ocurrió, una sensación. Le importa lo que está dando vueltas alrededor de esa canción.

— ¿Ha sufrido usted sequías?
— Bueno, he tenido épocas. Sí. Y malas cosechas. A veces son mejores las sequías que las malas cosechas. Eso forma parte de este oficio. Pero yo trato de no crearme compromisos que me obliguen a llevar al mercado cosechas excesivamente malas.

— ¿No le parece que pasa por demasiadas rachas de silencio?
— No. A ver... La maquinaria de escribir es sumamente pesada. Es una disciplina. Tiene mucha masa y bastante inercia. Cuesta mucho ponerla en marcha. Antes hablábamos de que escribir canciones es una forma de expresarte. Pero yo me comunico cantando. Escribo canciones porque me gusta cantar. Y difícilmente lo haría si no cantara. O sea, este acto de subir al escenario, de cantar, de comunicarte, de sentirte querido, eso para mí es fundamental. Pero aún a esto sería capaz de renunciar si no conllevara todo lo otro que me ha dado este oficio: el viajar, el ir por el mundo y conocer las tierras, las gentes en directo. Esta cosa maravillosa y etérea que es el estar todo el día como un pájaro, volando de un sitio a otro, curioseando. Yo no estoy dispuesto a renunciar a esto y es un tiempo que no se puede compartir con estar escribiendo. Esto (señala el CD sobre la mesa) son meses de trabajo. Y me cuesta trabajo. Me lo paso muy bien haciéndolo, pero también sufro mucho. Trato de hacer un trabajo que no sólo me deje satisfecho, sino que me emocione porque es la única manera que tengo para que se emocionen los demás. Y luego está el tener que ser víctima de mí mismo. Comparado a mí mismo, con otras cosas hechas en otro momento y de otra manera...

— Por eso habrá quien diga que su último disco es bueno, pero nada como 'Mediterráneo'.
— Es natural. Pero a lo mejor el sobrino de este señor, que tiene 15 años menos y que no vive sujeto a la estela de Mediterráneo, podrá ser más objetivo. O será tan poco objetivo como su tío cuando diga que a él "Secreta mujer" le parece la rehostia, claro, porque a lo mejor forma parte de su historia y él también tiene una mujer que no le deja dormir, que le tiene atravesados los párpados. Es lo de antes, que las canciones influyen en cada uno según lo que le pasa con ellas.

— Maruja Torres escribió que usted «es uno de los pocos artistas que vive en equilibrio, que tiene una familia, que no se ha perdido». Pero el artista, ¿no necesita a ratos del desequilibrio y la pérdida?
— Yo creo que sí. Pero uno tiene que ir con la maroma atada. Por si no sabes volver, que tiren de ti y que te lleven. Para un artista es bueno todo aquello que sea capaz de motivarle, de crearle sensaciones. No creo que exista un modelo de artista ni un manual de cómo convertirse en artista. Artista es todo aquel capaz de crear alguna cosa con la que emocione a sus semejantes.

— ¿Qué opina sobre la nueva generación de cantautores?
— Lo primero, es que tienen que jugar en un terreno muy hostil. Es muy difícil poder vivir y hacerte en este ambiente en el que ¡hostia!, te están continuamente matando, enterrando y resucitando. En un mundo donde la difusión de temas pasa por el manejo de las compañías discográficas, en connivencia con los medios de comunicación. Aquí hay un negocio en el que no siempre el producto que aparece en condiciones de mercado es el más interesante. De todas formas, hoy tendríamos que sacarle de esos estereotipos que le han puesto encima al retrato robot del cantautor. En estos momentos, el cantautor se puede estar manejando con tecnología punta, con música sintética y buscando sonoridades distintas. Yo no creo que hay tantos límites. Sting es cantautor. Y al cabo de los años, cuando la perspectiva sea más larga, la distancia que separe a Manolo Escobar, a Serrat y a Raimon puede ser escasísima. Hay unos que hacen canciones y no las cantan. Otros que las cantan y no las hacen. Y algunos que las hacen y las cantan.

— Una de sus nuevas canciones me obliga a preguntarle que a quién quiere más que a nadie.
— ¿Con nombre y apellidos?

— A ser posible.
"Más que a nadie" es una historia que... Mire, yo a mi mujer no le había escrito nunca una canción. Y un día, leyendo a Cernuda descubrí unos versos maravillosos: «Te quiero más allá de la vida, con la muerte. Te quiero más allá del amor, con el olvido». Y dije: "Pues a mí me pasa lo mismo". Y a partir de estos versos construí una canción para regalársela a mi mujer. Es la única que le he escrito directamente. Se la debía. Desde hace 22 años.

— Y en otra canción, se regodea sobre un 'cuerpecito danone'.
— Es una de las que más me gustan: "Me gusta todo de ti, pero tú no".

— Con ella recuerdo al sexador de aves que usted fue. Hace una vivisección precisa, muy minuciosa, en primeros planos, de un cuerpo de mujer.
— Pasé mucho tiempo tratando de desarrollar de manera educada, sutil y flexible el recorrido por el cuerpo femenino. Y jugando con él. Con lo que tiene de natural y de apósito. Donde se pudiera mezclar, mezclaba una hermosa sonrisa con unos labios de colágeno. Y al contrario, describir el cuerpo siguiendo los caminos que a mí me gusta recorrer.

— ¿A saber?
— A mí me gustan los rincones. Me gusta mucho más que discurrir por las llanuras. Entonces, me gustó mucho trabajar eso, pues, las ingles, las axilas. Y sobre todo...

— ¡La alcancía carmesí!
— La maravilla de la alcancía carmesí, je, je, je. Hombre, eso me pareció mucho mejor que decir 'tu coño colorao'. Me hubiera parecido una ordinariez en un recorrido tan tierno. Y además, es una historia que a mí me parece muy interesante, muy divertida, porque es algo que nos ocurre con frecuencia: de qué forma a uno pueden gustarle los componentes, y el resultado puede resultarle perfectamente repulsivo.


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