Serrat, 60 años en armonía

Entrevista en el Dominical
de «El Periódico»

18-19 de Octubre de 2003

Texto de Juan Ramón Iborra

Fotos de Joan Tomás



        Cuando llegue diciembre se volverá a subir a un escenario, poco antes de cumplir 60 años. La cita en el Palau Sant Jordi será el estreno en casa de su último trabajo. Arropado por una orquesta sinfónica, el cantautor catalán entra en los clásicos.


Los 60 en coplas

    Las calles de Barcelona suelen anunciar sus acontecimientos más importantes colgando carteles de sus farolas. Esa costumbre alegra ala ciudad y le cambia el color por temporadas, como hace una mujer cuando adorna la sombra de sus ojos.

    Hace semanas que esos estandartes llevan impreso el rostro de uno de sus vecinos más queridos. Avisan de los conciertos que Serrat dará el próximo diciembre, para estrenar ante más de 30.000 personas su último trabajo, pocos días antes de que él cumpla los 60 y al hilo de otro aniversario, los 25 años de El Periódico de Catalunya. La publicidad luce una pajarita, porque este nuevo álbum que presenta es una selección de 16 canciones de su discografía, revisadas con la singularidad de un tratamiento sinfónico.

“La nostalgia es una melancolía de baratillo”


— ¿Usted se pondrá la pajarita?
— Ya me gustaría, ya. Pero la cosa podría llevar a confusiones. Si no me la he puesto nunca, por qué me la voy a poner. Sería muy teatral. Lo que la pajarita me parece es un elemento de diseño gráfico muy interesante. ¿Cómo se llama eso, un logotipo, un símbolo?

— ¿Un icono?
— Bueno, una de las tres cosas. Un logotipo, un símbolo o un icono. Lo importante es que defina lo mejor posible lo que se quiere mostrar. Enric Satué ha tenido una gran idea con esto.

— Ese CD sinfónico que anuncia ¿es su forma de celebrar sus 60 años?
— E1 proyecto lo inicié con Joan Albert Amargós hace cuatro años, sin saber con quién, ni cómo, ni cuándo lo iba a realizar. Sabía que lo harta un día u otro porque tenía muchas ganas de entrar en algo así, que plantea retos nuevos y una sonoridad distinta no sólo en el trabajo discográfico, sino en las presentaciones en directo, donde estás cambiando porque un día trabajas con una orquesta y otro día, en otra ciudad, con otra distinta. Y sabes que es un proyecto que cuando se inicie no durará una gira, sino varios años, porque la planificación de las orquestas sinfónicas es a largo plazo.

— También fue a largo plazo el desarrollo de esa idea.
— No era algo para realizar con una orquesta alquilada en Londres o en Praga. Tenía que ser una historia donde se juntaran intenciones. Y surgió hacerlo con la Orquestra Ciutat de Barcelona. Los arreglos llevaron un trabajo muy complicado, porque no se trataba sencillamente de ampliar la propuesta musical con un mayor volumen de músicos. La canción tenía que aparecer con una envoltura concreta para este proyecto. Hubo que desnudar las canciones, dejarlas en su expresión más elemental y a partir de ahí, empezó Amargós con el trabajo de orquestación, buscando nuevas propuestas sonoras. La canción suena distinta, evidentemente, pero tampoco deja de ser aquella canción. Tratar de conseguir las dos cosas ha sido un trabajo complicado que ha necesitado de sus tiempos. He elegido temas que van desde el año 66, como Cançó de matinada, a temas del año 2002.

— ¿No hay canciones nuevas?
— Hay una canción que yo nunca había grabado. Un poema de García Lorca al que puse música para Ana Belén y ahora la retomo para cantarla yo. Es uno de los guiños del disco.

— Cuénteme otro.
— Una versión del Ara que tinc vint anys, que como el autor está por cumplir 60 y la canción 40, he rebautizado como Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys.

“El alma tiene una capacidad de sufrimiento limitada. Por eso la memoria se convierte en recuerdo”


— Luego, todo va unido a ese festejo.
— Bueno, sí, va unido a mi cumpleaños. Pero yo no voy a celebrarlo de una manera excesiva, como no celebré los 50 ni los 40. Mi 60° aniversario lo celebraré de forma muy íntima. Tengo previsto estar el 27 de diciembre en Cartagena de Indias (Colombia) con mi mujer, mis hijos, mi yerno, mi familia más íntima y con un grupo de amigos con el que solemos hacer este viaje por Navidades.

— En una entrevista que concedió al cumplir los 50, dijo: "Si no manipulásemos nuestros recuerdos, las calles estarían llenas de gente colgada de los árboles".
— Sí, la gente se tiraría del viaducto. Sería muy difícil soportar la memoria real y cruda. El alma tiene una capacidad de sufrimiento limitada. Por esto la memoria se convierte en recuerdo. Nos hace sobrellevarlo todo mejor. Hay gente que ha de arrastrar historias terribles. Si no modificara de alguna manera sus recuerdos, si no los arreglara...

— La nostalgia envuelve en papel de celofán pasados que no tenían esos adornos. Usamos una cultura de la memoria azucarada. El Cuéntame... que nos cuenta la tele no es el que conocimos.
— Pero eso es como los imitadores. Los mejores no son los que imitan mejor a un actor, a un político o a un cantante, sino los que imitan mejor sus guiños. De eso se trata. Se reflejan los guiños de esos tiempos. Y los que los han vivido, aunque no fueran así, los toman como un asidero. Es muy difícil transmitir...

— ¿La verdad?
— Sí, porque en el fondo la verdad se repite. Pero no los guiños.

— Usted escribió algo al respecto: "Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio":
— Como dice un técnico de sonido mío, "nunca es triste la verdad, cómprate un televisor", je, je, je. No, a mí no me gusta la nostalgia.

— Pero recordar sus canciones resulta un ejercicio nostálgico.
— La nostalgia es una melancolía de baratillo. A veces me lleno de melancolía, pero trato de no recurrir nunca a la nostalgia.

“Las canciones que conforman este trabajo han aguantado muy bien el paso del tiempo”


— ¿Ni siquiera cuando regresa a su Cançó de matinada? ¿Qué le ocurre cuando abre la puerta a sus viejas canciones?
— Las canciones que conforman este trabajo han aguantado muy bien el paso del tiempo. Hay otras que no lo han aguantado nada. Esta selección es una opción personal, que no responde, evidentemente, a lo que pueden ser mis canciones favoritas. ¡En mi vida se me ocurriría pensar cuáles son mis canciones favoritas! Si alguien me lo preguntara, me pondría en un aprieto.

— Pongamos que se lo pregunto.
— Seguramente mis canciones favoritas no son canciones que haya escrito yo. Ni siquiera este trabajo me atrevería a decir que tiene una pretensión antológica. Me ha movido que las canciones fueran vigentes. Que el paso del tiempo no sólo no las haya dañado, sino que las mantenga todavía. Sobre todo, sin desentonar con el presente, con la realidad. Creo que algunas incluso son tremendamente actuales.

— Recuperar las más antiguas, ¿no le pone la piel de gallina?
— A mí no. Esto son historias que dependen de cada uno. La gente no ve las canciones de una forma objetiva. Las siente siempre relacionadas con su vida, con sus recuerdos, con lo que le ocurrió cuando las escuchó. Por eso la gente ama las canciones como se ama a sí mismo, porque se les quedan en las entretelas del alma. Dicen que aman las canciones, cuando lo que están amando es lo que las canciones les resucitan.

— Y hacen con esas canciones la banda sonora de sus vidas.
— Exactamente. Y hacen muy bien. Es más, yo lo hago para eso. Compongo en fun­ción de lo que la vida me dicta en cada momento y esto conforma la banda sonora de los demás y también la mía propia. Pero estamos hablando de mis canciones en los demás. En cuanto a mí, en general, es la música de los demás la que conforma mi banda sonora.

— Volvamos a sus 60. Desde esa atalaya, ¿se percibe que la vida era otra cosa?
— Yo creo que la vida es lo que es y que las cosas dan de sí lo que dan de sí. Y que los sueños se quedan siempre muy lejos de la realidad. Uno está aquí y los sueños están allá. Pero no creo que haga falta subirse a esa atalaya para descubrir esto. Quizá el paso del tiempo, que es cabrón en cuanto a lo que representa de deterioro, es magnifico en cuanto al aprendizaje que te da. Sigo pensando aquello que decía el boxeador Óscar Bonavena, que la experiencia es un peine que te regalan cuando ya estás calvo. Pero la verdad es que, para enterarme de la mayor parte de las cosas, yo no he necesitado subirme a la atalaya de los años. Quizá esa atalaya me ha ayudado a ser más tolerante, más comprensivo, a saber que lo que a uno le parece raro, es más producto de la ignorancia de uno que de la rareza de los demás. bueno, me ha ayudado a tratar de entender que la vida puede ser al mismo tiempo maravillosa o una broma de mal gusto.

“Sigo pensando aquello que decía Óscar Bonavena, que la experiencia es un peine que te regalan cuando ya estás calvo”


— Pero los años no pasan en balde, aunque sólo sea físicamente hablando.
— Yo estoy bastante satisfecho. Me encuentro muy bien con mi cuerpo. Tengo problemas, pero no creo que sean distintos a los que pueda tener gente con la mitad de mi edad. Las cornadas de la salud me han respetado mucho. Las que he tenido o tengo no son tanto producto del desgaste del tiempo como de accidentes del envase imperfecto en el que uno discurre.

— Y si el cuerpo ya no aguanta como antes ciertas alegrías
— Bueno, pues uno se acopla. Los horarios se modifican, las dosis se reducen. Y no por eso se disfruta menos. La verdad es que mientras que la risa no me abandone, pienso que tengo mucho de mi niñez y de mi juventud en mí.

— Eso se nota en la cara. Hay a quienes las arrugas, en vez de arañar, marean con mayor precisión la mirada de aquel niño que siguen siendo.
— O sea que viene usted a decir que, de lo perdido, saca lo que puedas, je, je. No, si el tiempo está para eso. La vida es una puñetera combustión y uno va quemando muchas cosas en ese transcurrir. Pero yo me siento bien porque estoy bastante de acuerdo con todas las cosas que me han ocurrido en la vida. Con todos los que he sido. Me llevo estupendamente bien conmigo y con mis circunstancias. No tengo recuerdos que me atormenten ni pasados que me amarguen. Tengo dolores, tengo heridas, y sobre todo tengo ausencias. Esto es lo que más me pesa y más me cuesta de llevar.

— Esas ausencias que quedan en la cuneta son lo peor del tiempo que pasa.
— En las ausencias uno se va muriendo. Porque se mueren los argumentos. Cuando la historia compartida deja de serlo, uno se queda huérfano. La vida es cabrona en esto, se te va llevando. Nunca entenderé a la gente que insiste en seguir viva cuando lo que realmente le daba la vida, lo que hizo con otros, va perdiendo el sentido al quedarse huérfano de esos cariños.

— Esta conversación me lleva a una canción suya de juventud y me pregunto si la cantaría ahora con aquella misma gallardía. ¿Recuerda Si la muerte pisa mi huerto?
— No, ésta ya no me atrevo a cantarla, je, je. Pero fue una canción de gran éxito. Pues no sé, tendré que recuperarla.

— Pero no la ha incluido en esta selección.
— No, tampoco he escuchado las canciones para escoger las que conforman el disco. Saqué el listado y trabajé siempre sobre él. No tengo costumbre de escuchar mis grabaciones. Cuando lo hago es porque tengo algo que me obliga a ello. Y cuando esto sucede, a veces redescubro cosas que el listado no muestra. Quizá algún día deba de pasar por la prueba de volver a escuchar todas mis canciones. Y digo pasar por la prueba porque para mi no es nada agradable. Es que no me gusta.

— ¿Por qué?
— Porque escucho otra voz, pero sobre todo escucho muchos errores que ahora no me consentiría cuando me meto en un estudio. Alguien diría que aquello era muy fresco. Yo tendría mis dudas. Creo que la frescura y las cosas bien hechas no son incompatibles.

“La vida es una puñetera combustión y uno va quemando muchas cosas en ese transcurrir”


— Antes me decía que lo importante en esta vida es no perder la risa. Pero eso no resulta fácil.
— No, no es fácil y sobre todo, las mañanas son horrorosas. Suerte que yo me despierto en una cama que me gusta, junto a una persona que quiero. Y que abro la ventana y sé que mi pequeño mundo está bien. Al menos hasta ahora que estamos hablando. Pero cuando saco los tres periódicos del buzón y empiezo a hojearlos, normalmente el desayuno se me cuaja. Entonces, ese momento es malo. Pero bueno, toda la vida me he definido como un pesimista que tiene un armario lleno de disfraces de optimismo. Y sé que me los tengo que calzar, porque desde el pesimismo no puedo modificar absolutamente nada de lo que me disgusta. Sólo puedo hacerlo desde la credulidad de que las cosas se pueden cambiar.

— ¿Lo sigue creyendo todavía?
— ¿Yo? Sííí... Mi grado de credulidad está en cotas bajas, pero el convencimiento de que sólo a partir de creer y de comprometerse se pueden cambiar las cosas, eso lo trato de tener siempre bien lustroso. La credulidad es natural que disminuya. Como aumenta el cinismo. Pero porque aumente el grado de cinismo yo no quiero que disminuya el de sensibilidad. Suceden cosas terribles que a veces se plantean como actos necesarios, sin los que nuestra existencia se convertiría en un infierno, cuando realmente el infierno lo provocan ellos, los que generan esa filosofía. Y pueden ser malvados, pero también son provisionales.

— Pero los malvados se repiten. Son crónicos.
— ¿Usted cree que son tan crónicos? Hombre, entre Franco y Aznar ha habido otras épocas. Y no olvidemos otra cosa, que probablemente Aznar no sea el mejor presidente de Gobierno que pudiera tener este país, ni el Partido Popular representa mi forma de entender la vida y sus circunstancias, pero eso es el resultado de unas elecciones. Y que, con todos sus defectos, vivimos en un régimen democrático, que es distinto... Hoy tenemos el presi­dente de Gobierno que tenemos. Tuvimos otro que estuvo bastante mejor. Y tendremos otros que estarán mejor.

— Se le ve el plumero.
— No me importa. Nunca lo he escondido.

— Pues aproveche, que ahora estamos en campaña.
— Creo que en campaña no es el momento en que los políticos ejercen mejor, porque gritan mucho. Sería mejor que los políticos susurraran más y trabajaran más en la legislatura. Y no llegar a la campaña para gritar. Quizá la campaña sea el momento donde menos conviene escuchar a los políticos.

— ¿No cree que la gente ya percibe eso?
— Pues en las últimas elecciones municipales, no sé si hicieron caso o no a la campaña electoral, pero podían haber hecho caso a lo que había ocurrido antes. Sucedieron cosas tremendas, y los resultados de algunas autonómicas y de las municipales no se correspondieron con lo que hacía suponer el comportamiento político y social de los años anteriores.

— ¿Se refiere al escaso efecto de una guerra absurda, a que en casa nos salpicaba el chapapote?
— A esas cosas me refiero, entre otras. Podemos incluir las dificultades de la judi­catura, la fiscalía... Y podemos movernos en conceptos más fuertes también, como los problemas internos graves que podemos tener con ETA, con Euskal Herritarrok o Herri Batasuna, con un presidente que manifiesta que en el terrorismo lo único importante son los efectos y no las causas, sin que le tiemble la mano, como diría un viejo conocido nuestro. Todo esto y un largo etcétera de situaciones.

“Hoy tenemos el presidente del Gobierno que tenemos. Tuvimos otro que estuvo bastante mejor”


— ¿Cree que quien siembra crispación recoge tempestades?
— Yo siempre lo creo, no hay duda. Creo que gobernar crispando es buscar el camino del enfrentamiento. En el caso concreto de Euskadi, tengo muy fresca la actitud del señor Blair cuando tuvo que entrar en conversaciones para buscar un camino por dónde solucionar el problema del IRA v de Irlanda en general. A Blair no se le cayeron los anillos por sentarse a hablar y por buscar las causas que provocaban tales efectos. Ya sería bueno que Blair, que aconsejó a nuestro presidente para juntarse en lo de Irak, le aconsejase también para esto. Tengo mis serias dudas de que ocurra, porque he visto, por ejemplo, la actitud de Blair cuando tiene que responder en su Parlamento sobre las armas de destrucción masiva. Y vista la respuesta de nuestro presidente en el Parlamento sobre el mismo tema, me hace pensar que son puntos de vista muy distintos los que uno y otro tienen sobre cómo responder a los problemas de sus pueblos.

— ¿Estamos levantando un muro contra la inmigración?
— Cuando veo la inmigración, muchas cosas se mezclan en mi cabeza. Lo primero que se me cruza es que nosotros hemos sido históricamente un país de emigrantes y no sé si tenemos un comportamiento correcto como país receptor de emigrantes. Me viene a la cabeza que hay una doble moral y un doble lenguaje.

— ¿Qué quiere decir?
— Que se reconoce la necesidad que tenemos de la inmigración para que nos quite la mierda, cuide a nuestros enfermos, saque a pasear a nuestros viejos, para que se ocupen de cosas de las que los ciudadanos que han progresado socialmente ya no se ocupan. Y parece que en lugar de ensanchar el caño de la aceptación, éste se va estrechando y no sólo con papeles. Se estrecha con los prejuicios que generan el miedo y la intolerancia. Somos incapaces de saber lo amarga que resulta la imagen de una patera volcada a dos kilómetros de la costa, desparramando a un montón de gente que sólo pretendía buscar un lugar dónde meter su vida. Y somos incapaces de buscar un poco más allá y de colaborar para que esto no ocurra. Hablo de la Administración y de los ciudadanos, porque tenemos que ser conscientes de que la Administración es una responsabilidad nuestra.

— Pero la realidad...
— La realidad es que nosotros no los elegimos para olvidarnos. Los votamos para controlarlos y ellos han de saber que están ahí para ser controlados. Y se nos olvida a los dos. Si se hiciera un trabajo de colaboración para que esa gente pudiera sobrevivir en sus tierras, seguro que todo este problema sería más razonable, más regulable, más fácil de integrar. No se producirían oleadas que hacen difícil cualquier cosa y que, en el fondo, benefician especialmente a los que son más críticos con esto. A quienes contratan a los sin papeles, a los que tienen mano de obra barata al tiempo que exhiben la doble moral de ser los más fascistas, los más reaccionarios, los más intolerantes con todos ellos.

— Si nos comportásemos como usted apunta, viviríamos en ese mundo feliz que, como usted sabe, no existe.
— Pero yo tampoco estoy hablando de un mundo feliz. Mi fantasía y mi credulidad no llegan tan allá. Hablo sencillamente de colaboración, algo que va implícito en la misma definición del ser humano. Pero, para eso, uno tiene que saber en qué mundo está viviendo. Ya sé que es difícil enterarse de lo que ocurre, que te la meten doblada a poco que te descuides. Pero si uno va mirando al cielo y babeando es mucho más fácil que no te enteres. Aunque da mucho gusto, sí, es cojonudo vivir así...

— Pensando en ese mundo, hábleme del futuro.
— El hombre descuida mucho el futuro. Hablamos mucho del mundo que le dejaremos a nuestros hijos, pero lo cierto es que nuestros administradores se preocupan muy poco de ello, afanados como están en conseguir riquezas, poder y prestigio temporal. Hay muy poca preocupación por el futuro y mucha por toma el dinero y corre. Y la naturaleza pasará factura. Siempre confiamos en ella porque es muy generosa. Pero todas las cuerdas tienen su límite y se tensan hasta dónde pueden.

— ¿Cualquier tiempo pasado fue peor?
— Cada tiempo fue lo que fue. Y las sensaciones y emociones que tuvimos en un momento determinado son irrepetibles. No podemos vivir pensando en repetirlas, pero otras emociones están ahí, aparecen. Si mantienes el candelillo de la ilusión encendido y la salud te lo permite, tienes muchas posibilidades de que las cosas salgan como quieres.

“Uno tiene que saber en qué mundo vive. Ya sé que es difícil enterarse de qué ocurre, que te la meten doblada a poco que te descuides”


— Parece un hombre feliz.
— ¿Feliz? No soy desgraciado. Entender la felicidad como un estado perpetuo es mucho pedir. La felicidad te salpica de vez en cuando. Yo me conformo con no sentirme desgraciado, que es bastante. Tengo las puertas y las ventanas abiertas por si se le ocurre pasar cerca la felicidad. Aunque sé que lo que tengo es mucho y es mucho lo que agradezco. Pero yo hablaría más de satisfacción que de felicidad. Me siento bastante satisfecho y peleo constantemente por sentirme así. Me alegra, me satisface mirar a mi alrededor y sentirme en armonía con lo que tengo.

— ¿Los años han dulcificado su carácter?
— Al menos yo no creo que sea más cascarrabias.

— En el barrio del Poble Sec, junto al portal 95 de la calle Poeta Cabanyes hay una placa que dice "Aquí nació..."
— Que no es verdad, porque nací en la clínica. Lo que más me enorgullece es que me la pusieron mis convecinos. Ningún organismo municipal, fueron mis propios vecinos, por suscripción popular, quienes pusieron esa placa bien orgullosos en la escalera.

— El hijo del lampista Josep y de la señora Ángeles nació en la clínica La Alianza de Barcelona. Pesó usted cinco kilos.
— Sí, una bestia, una cosa tremenda. Y aquellas mujeres, además se ponían contentísimas. Para lo menguado, lo alfeñique que luego fui.

— ¿Por eso le llamaban el Cani?
— No, el Cani de Juan. No de canijo, de Juanito.

— También le apodaban el Tordo.
— Eso era en el pueblo. Por mi afición a comer aceitunas, arte en el que todavía persevero. Creo que el olivo y la vid son los dos elementos que más unen al hombre con la tierra. El vino, el aceite y la aceituna.

— Y aquel niño...
— Ha llegado a mayor. Pero aún no. Estoy en ello.

— Pues pida un regalo de cumpleaños.
— Pido cordura, pero para todos. Así, un reparto, un poquito de cordura para todos.


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