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27 de Septiembre de 1998
En otoño, con Serrat, contra la horda
El cambio de estación viene plagado de intentos de 'robar libertades'.
La receta para afrontarlo: el nuevo disco de Joan Manuel Serrat
MARUJA TORRES Madrid
(....)
Así que Joan Manuel Serrat está de nuevo entre nosotros (no se fue: pero hoy su voz suena más
alta y orgullosa), más peleón que nunca, en este otoño agobiado de siniestros parteros que se
precipitan a robar las libertades del vientre de nuestra sociedad y a insultar a las personas
que luchaban para conseguirlas mientras ellos gozaban de los bienes de su odiada democracia.
Sombras de la China tiene la poesía característica de Serrat, más depurada que nunca. Y sus
susurros de amor aparecen tersos y modulados por la intensidad de la madurez. Desde la poesía de
Luis Cernuda que adapta y titula Más que a nadie, para dedicársela a su mujer, esa Yuta
de tremenda personalidad (tiene que serlo, para haber podido conservar su propio misterio, sin
resultar absorvida por el poeta) hasta Dondequiera que estés, que muchos habríamos querido
escribir, de haber tenido su genio.
Por otro lado, su mirada vigilante recorre el triste panorama de nuestros días y convierte
su diagnóstico en afiladas canciones. Tan conectado sigue a su país, a su época, que la bellamente
aflamencada Los macarras de la moral parece escrita hace unos días, mientras caían Torquemadas
de punta ante el Congreso, durante el debate acerca del aborto. En cuanto a Buenos tiempos,
contiene un ajuste de cuentas con el supermercado de este fin de siglo que no desmerece del
Cambalache que escribió Discépolo y que el propio Serrat grabó. Juzguen ustedes: «Corren buenos
tiempos para la bandada / de los que se amoldan a todo / con tal que no les falte de nada. [...]
Tiempos fabulosos para la chapuza, / el crimen impune y la caza de brujas». Sin olvidar una pieza
deliciosa, que se va haciendo punzante conforme avanza: Princesa, que puede haber sido compuesta
después de una amarga reflexión al filo de cualquier programa televisivo de escarnios.
Así pues, caminemos sobre la hojarasca, sin pisar la mierda, con la amistosa proximidad
de Joan Manuel, fiel a sí mismo pero no inmóvil. Hagamos sombras de la China con las manos,
formas de esperanzas contra el horizonte. Porque, como él mismo ha escrito y canta, «las manos del
sueño siempre traen un sueño de la mano». El resto es caspa, mugre, pesadilla. Infierno de sotanas
aceitosas y sexo sofocado, de niños sobados a hurtadillas en las sacristías, de mujeres obligadas
a aceptar los cuernos y la desgracia con resignación, de homosexuales asfixiados por la intolerancia.
Curas retrógrados, beatas reprimidas y otros avemarías: nunca sabréis lo que es escuchar
a Serrat en una pletórica mañana de otoño.
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