Revista Interviú
Número 1.221
20 de Septiembre de 1999

Texto: Javier Menéndez Flores
Fotografías: Gloria Murt

«Vivir con rencor es malo,
pero perder la memoria es peor»



    Desde que, años ha, aprendiera que el camino de un hombre se hace a base de andar, no se ha detenido ni un solo instante: más de 30 discos, cerca de 400 canciones y una merecida fama de poeta genial, artista solidario y espíritu luchador lo han convertido en el trovador más respetado no sólo ya de nuestro país, sino de toda Iberoamérica. En el último año, Joan Manuel Serrat ha recorrido España de cabo a rabo con «Sombras de la China», su último trabajo. En octubre concluirá su gira.

— Después de un año en la carretera con "Sombras de la China", ¿no tiene ganas de pasar una temporada en una isla desierta?
— No, no, yo estoy encantado. Empezamos en septiembre del año pasado y terminaremos el 8 de octubre próximo. Habrán sido 13 meses y medio no sólo de carretera, sino de aviones y de todo tipo de transportes para cumplir alrededor de 200 actuaciones por toda España. Pero es que este oficio hay que hacerlo con mucha ilusión. Hay que tomárselo como un disfrute y no como un castigo. Desde el primer día de la gira hasta hoy estoy viviendo cada 'show' con alegría y cada viaje con dedicación. Cada nuevo punto es el más importante de toda la gira. Y estoy seguro de que, a medida que se acerque el final, pensaré que qué lástima que se acabe.

— ¿Interpretar a Joan Manuel Serrat en cada concierto no le llega a saturar?
— No, yo no lo interpreto. Yo no me invento un personaje en el escenario. El escenario es un sitio donde no sólo toco a diario las mismas o parecidas canciones sino que es mi diván del psiquiatra; es donde yo me suelto y también mi escaparate, en el que hablo con mucha gente a un tiempo, sacando muchísimas cosas que están en lo más profundo de mí. Yo no dejo mi estado de ánimo debajo del escenario para recogerlo cuando vuelva a bajar. El alma sube conmigo, se queda conmigo, y aprovecha el escenario para orearse.

— ¿De qué color se ve la vida la mañana siguiente de un buen recital?
— Pues depende de cómo amanezca. Si un concierto ha sido bueno o malo, cuando realmente pesa no es a la mañana siguiente, que ya estás más en el que vas a hacer esta misma noche -a no ser, claro, que haya habido un desastre tan evidente que exija medidas drásticas-, sino en el momento de hacerlo y nada más acabar, que es cuando discutes con el resto de los compañeros sobre lo que ha ocurrido (si ha habido fallos) y por qué ha ocurrido.

— ¿En algún momento de su actual gira llegó a pensar que tal vez eran sus últimos encuentros con el público?
— Siempre pienso que existe esa posibilidad, pero igual que pienso otras cuarenta mil cosas, sin que seguramente yo mismo me lo crea. Pero pienso que puede ocurrir, y, de hecho, algún día ocurrirá... De todas formas, espero que la gente que me haya visto actuar este último año haya visto a un artista con ilusión, que se monta en el escenario, no pensando que la de esa noche puede ser su última función, sino que es su 'única' función.

— ¿Le inquieta?.
— Hombre. Yo no tengo ninguna urgencia en cambiar mi estado vital. Me encuentro bien. Sé que me voy a morir, pero no tengo ninguna prisa en hacerlo. Y, por tanto, frente a algo inevitable no vivo obsesionado, pero tampoco dejo de pensar en ello.

— Al margen del hecho de que ahora sale a escena sólo con su repertorio, ¿qué diferencias señalaría entre la presente gira y aquella de 'El gusto es nuestro'?
— Me cuesta compararlas, porque en mis 35 años de oficio dediqué uno a 'El gusto es nuestro' y 34 a lo mío, por lo que aquella gira de un año sale muy 'handicapada'. Son cosas muy distintas. 'El gusto es nuestro' fue una extraordinaria experiencia, pero fue extraordinaria porque salió bien, si no, habría sido desastrosa. Fue bonita porque la salvó el respeto mutuo que nos teníamos todos y el afecto con el que nos subíamos cada día al escenario, con la seguridad que te daba el saber que, si te resbalabas, el de al lado te echaría un cable. Desde el primer día yo declaré que temía que 30 años de amistad se fueran al carajo en 20 días. Parecía un chiste, como si uno lo soltara como una gracia, pero lo llegué a pensar de veras.

— ¿Suele componer mientras está de gira o con el tráfago de los conciertos no acude la musa?
— No, no. Eso es algo que tengo muy claro. Lo de las giras es algo tan hermoso que sólo admite giras. Viajar tocando música, en plan de modernos titiriteros, la gran maravilla que tiene es poderle dedicar por entero el pensamiento y la actividad. Si yo voy, pongamos por caso, a Bollullos Par del Condado, famosa población onubense, y me encierro en el hotel de la localidad a escribir, y de ahí me voy a cantar y luego vuelvo al hotel a dormir y al día siguiente me voy en avión a Betanzos, pues ya me dirás tú qué coño estoy haciendo. Me gusta llegar al lugar y pasear, saber dónde estoy... Tampoco puedes aspirar a mucho en cuatro horas, es cierto, pero sí puedo mojarme en el perfume que tenga la calle, en el gusto de la manzanilla o en el hecho de comerme unos langostinos en Sanlúcar de Barrameda... Y otra de las cosas hermosas que me ha dado este oficio es conocer a las gentes. En casi todas partes hay gente a la cual conozco, y me gusta estar con ella en ese 'hola-adiós' constante que te alimenta mucho.

— Pero, ¿tiene ya una idea más o menos aproximada de por donde va a ir su siguiente disco?
— Idea, tengo; clara, lo que se dice clara, no. Pero eso es otra cosa. Porque un papel y un lápiz lo puedes llevar a todos lados, y si se te ocurre algo, pues tomas nota y te lo guardas en el bolsillo. Pero el proceso de componer exige sentarse, clavar los codos y dedicarle el pensamiento a ello. Las ideas son otra cosa, vienen por algo que ves, pero luego ya lo llevaremos al taller.

— ¿Algún día se retirará, o mirará con las botas puestas?
— Pues no tengo la menor idea. A mí me gustaría seguir por dos razones. Primera, porque para seguir en esto hace falta tener un estado de salud aceptable. Y segunda, porque si sigo en esto querrá decir que sigo haciendo algo que aún me divierte. Es mientras el cuerpo lo resista, mientras el alma lo soporte y mientras la gente me aguante. Si se producen esas tres cosas, no tengo ninguna prisa por dejarlo. Afortunadamente, para este oficio no hace falta correr los 100 metros en menos de 11 segundos, ni bajar 40 metros de profundidad sin botellas ni esas cosas...

— ¿Qué se ve haciendo entonces? ¿Cuidando bonsáis? ¿Escribiendo sus memorias? ¿Coleccionando sellos?
— No tengo la menor idea. Pero espero que no. Cuidar bonsáis y coleccionar sellos son cosas perfectamente compatibles con la actividad que desarrollo cotidianamente. No sé. Todo aquello que sea capaz de distraerme o divertirme puede entusiasmarme en un momento dado y, de pronto, dejar de importarme. Pero me gusta que las cosas me gusten de la misma manera que me preocupa que las cosas me esclavicen.

así es


— ¿Quién es más querido en España: usted o nuestro monarca?
— No representa para mí ningún tipo de competencia. No me preocupa quién es más querido de los dos. Me importa que yo soy querido. Y eso lo sé.

— ¿Por qué razón no hay en nuestro país un 'Serrat del rock'?
— Pues no lo sé. Eso se lo tienes que preguntar a los rockeros.

— ¿Siempre han existido 'macarras de la moral' o es esta época especialmente propicia para que aflore dicha chusma?
— Sí, siempre han existido sanguijuelas. Están en todos los ámbitos y no buscan una sangre específica; chupan la primera que pillan.

«¿Te importaría la presunción / de que si bien tú existes / Dios quién sabe?» (Mario Benedetti). ¿Qué tal se lleva con Dios a estas alturas de su vida?
— A estas y a otras alturas de mi vida siempre he pensado que, si Dios existía, estaría en el camino de los hombres. Yo no soy especialmente religioso.

— Si llegara de pronto la 'negra dama', ¿le pillaría confesado?
— Sería una casualidad muy grande. Lo que espero es que me encuentre a gusto conmigo y con lo que me rodea.

— ¿Quién escribe mejor, usted o Joaquín Sabina?
— Sabina. Yo diría que él escribe más rápido (risas).

— Pero eso no es escribir mejor.
— Ya... Sabina es un rival ante el cual hay que quitarse el sombrero, y un hombre de un coraje muy especial y de una gran ternura

— ¿Habría sitio para Serrat en la gira que están realizando Aute y Silvio Rodríguez?
— Sí, por qué no. Yo creo que me dejarían sitio. Son dos compañeros excelentes.

— ¿Hacia cuál de los dos tira más?
— Son distintos. Yo diría que Silvio es más espontáneo, sin quitarle por ello un ápice de profundidad, y Aute más elaborado.

— ¿Quién recibiría en nuestro país una mayor ovación sobre un escenario, Bob Dylan interpretando 'Like a rolling stone' o Serrat haciendo lo propio con 'Mediterráneo'?
— Ja, ja, ja, Depende de qué público hubiera ahí.

— Imagine un público imparcial.
— Eso es imposible. Ese público no existe (risas).

«Fui un insensato -dijo- por no haberme arrancado el corazón el día que juré vengarme» ('El Conde de Montecristo'). ¿Merece la pena dedicar la vida a la consecución de una venganza?
— No. Yo creo que el rencoroso vive en una situación en la que su propio rencor le impide arrancarse el dolor que le han causado por siempre jamás. Aquel que odia ve odio en todos los sitios. El rencor es mal compañero. Pero aunque vivir con rencor es malo, perder la memoria es peor todavía. Porque con el rencor sólo sufre uno, y con la pérdida de memoria se consigue que sufran muchos.

— Un filósofo llamado Peter Singer dijo hace poco: «Cuando un programa de ordenador sea consciente, tendrá derechos humanos». ¿Le asusta pensar hasta dónde podría llevarnos el uso de la informática?
— No. Yo le tengo miedo al hombre, que es idiota. Y cuya lista de estupideces superaría con mucho la enciclopedia Espasa. Pero no le temo al conocimiento, que es el progreso. El hombre es quien usa mal el conocimiento. Y la jode.


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