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Revista LECTURAS

Capítulo Sexto



“El cine, una experiencia
poco afortunada”

Cuando a Joan Manuel Serrat le propusieron intervenir en una película, él comentó con gran sentido de humor: «Si la Mula Francia hizo cine yo puedo defenderme siguiendo las instrucciones de un buen director». Así las cosas, el cantante hizo varias intentonas como actor, pero todas ellas terminaron en fracaso y su contacto con el Séptimo Arte no pasó de ser un mero coqueteo sin trascendencia.


Texto: Elvira Motta
Documentación: Manoli Cuenca y Juan José Montoro
Fotos: Montoro y Archivo


    A finales del 68, el cine en general y Antoni Ribas en particular se empeñaron en descubrir al Serrat actor, empeño a cuyo servicio puso el noi todo su buen hacer, dispuesto como siempre a ampliar los horizontes de su trabajo, pero ni la buena voluntad ni el esfuerzo de unos y otros lograron que lo de Serrat con el cine dejara de ser un mero coqueteo sin trascendencia, como si el animal escénico, que decía Montalbán, dejara de serlo sin el calor del público.

SU PRIMERA PELÍCULA SE ESPERABA CON MUCHO INTERÉS

    Su debut como intérprete se produjo en octubre de 1969 de la mano de Antoni Ribas y con Cristina Galbó como partenaire. La película, que se presentó con el título de «Palabras de amor», se basaba en la novela "Tren de madrugada", original de Jaume Picas. Realizada sobre guiones del propio Ribas y Terenci Moix, narraba la historia de un joven común que abandona su pueblo para abrirse camino en la ciudad. El film, sobre el que la Prensa informó ampliamente durante el rodaje, se esperaba con cierto interés, pero el producto final no estuvo ni mucho menos a la altura de las expectativas.
Serrat y Linda Cole en una escena de la película "La larga agonía de los peces"


    Naturalmente, este fracaso pudo atribuirse y se atribuyó a un sinfín de causas ajenas a la interpretación de Serrat; de manera que otro catalán, Francesc Rovira-Beleta, no dudó en ofrecerle el protagonista masculino de «La larga agonía de los peces». La película era una adaptación de la novela "Vent de group", de Aurora Beltrana, y contaba la peripecia de un joven pescador enamorado de una muchacha extranjera que sólo tiene en el chico un simple pasatiempo. Ella se marcha y él la sigue hasta Londres, donde contacta con un grupo de músicos noveles que le abren a los ojos a formas de vida diferentes. Finalmente, el pescador regresa a su hogar que es donde a fin de cuentas se siente feliz.

    «La larga agonía de los peces» se realizó en el año setenta, cuando Serrat se encontraba literalmente en la cresta de la ola y su sola presencia parecía constituir un firme aval de éxito. Pero una vez más el fracaso fue el gran protagonista de este segundo intento cinematográfico del noi.

    Sabiendo, sin embargo, que a la tercera va la vencida, Serrat volvió a probar suerte dos años después con el film de Camino «Mi profesora particular». Un pianista –Joan Manuel– decide abandonar la música porque nunca llegará a ser tan bueno como Liszt. Regresa a su casa después de pasar años viajando por el mundo y contacta con la que fue su profesora de piano –Analía Gadé–.Empieza ahí un romance al que la muerte lo pone un inesperado punto final.
Analía Gadé, su compañera en
"Mi profesora particular"


    La historia a priori tenía más alicientes que las anteriores. Pero fue su personaje, «un tipo entre cínico e indolente» lo que le animó a ponerse una vez más ante las cámaras, afanándose en la tarea con su proverbial entusiasmo.

    Entusiasmo, todo hay que decirlo, que no logró contagiar a su compañera de rodaje, puesto que Analía Gadé se mantuvo escéptica desde el principio al final: «Yo admiro a Serrat cantante –manifestó– pero el Serrat actor aún está por ver». Por si fuera poco, esta desconfianza, nacida sin duda de su experiencia en el medio, se vio ratificada con el estrepitoso fracaso de la película, que contaba entre su reparto con nombres hoy tan populares como el de Angela Molina, Xabier Elorriaga, Jeaninne Merme y el veterano José Luis López Vázquez.

ALGUNAS INTERVENCIONES EN LA PEQUEÑA PANTALLA

    A partir de ese momento Serrat no volvió a aceptar ningún papel protagonista, rechazando guiones casi por sistema; esta actitud suya fue achacada a una absoluta falta de vocación para el cine, la que no era cierto y, el propio Serrat, se ocupó de aclarar asegurando no creer «en las vocaciones ni en las musas, parque las vocaciones se encuentran a través del trabajo personal». En cuanto a las lógicas dudas que tanto fracaso habían generado sobre sus cualidades interpretativas, todavía fue más contundente: «Si la Mula Francis hizo cine, yo puedo defenderme siguiendo las instrucciones de un buen director».

    A pesar de lo gráfico del símil, lo que resulta evidente es que el carisma de Serrat cantante le imposibilita para hacer creíble otro personaje que no sea él mismo, y no tanto porque carezca o no de cualidades, como por la escasa predisposición del público a entrar en el juego.

    Sea como fuere, Serrat tiene fe en sus dotes de actor y sólo explica su rechazo sistemático de ofertas porque «estoy harto de que me digan: “Es una película muy buena para ti”. Entonces ya sé, por anticipado que no me interesa. Yo simplemente espero que alguien me diga: "Es una historia muy buena". Y realmente lo sea».

    «La ciutat cremada» parecía, sin embargo, esa historia «realmente buena», pero cuando Antoni Ribas quiso nuevamente contar con él para el personaje principal, Serrat se negó. En cambio, no se sustrajo a la tentación de aceptar una colaboración especial dando vida al carbonero Clemente que, durante La Semana Trágica de Barcelona en 1909 –argumento del film– protagonizó un episodio macabro: bailar con el cadáver exhumado de una monja asesinada del convento de las Magdalenas, en el patio donde se preparaban los lotes de ayuda para los soldados de Africa.
Joan Manuel intervino en un espacio televisivo justo a Tip y Coll haciendo el papel de un escueto mayordomo.


    El año anterior, en 1974, no vaciló tampoco en decir sí a la propuesta de hacer un papel breve en "Lo de Tip y Coll", que televisión emitía por esas fechas. Serrat fue requerido para interpretar a un escueto mayordomo cuya sola misión era la de irrumpir educadamente en la sala donde Tip y Coll hablaban y tras un seco «Buenos días», liarse a tiros con el personal. El sketch, muy tipicoliano requería una inusitada seriedad por parte de todos, pero estuvo a punto de no grabarse debido a los contínuos ataques de risa que sufría el equipo técnico.

    Estas actuaciones cortas demuestran de alguna manera no sólo que a Serrat le gusta el cine, sino que no ha renunciado a ser actor. Y si, por ahora, parece no atreverse con protagonistas, sí acepta esos papeles cortos que le permiten disfrutar del aspecto más lúdico del cine, que es el cambiar de personalidad, disfrazarse, etc.

    La amistad y este planteamiento fue el que le animó a realizar con Guillermina Motta un capítulo de la serie "Las Guillerminas del Rey Salomón", que ésta llevó a cabo en 1983 para la televisión catalana. El episodio, emitido con el título de "My Fair boy" constituía una divertida parodia de Pigmalión al revés: un basurero, Manolo –Serrat– salva una noche a una chica –Guillermina– de los acosos de un pérfido conde: ella le agradece el detalle ocupándose de su educación hasta convertirle en «todo un señor». Una vez que se ha producido la transformación, él logra ver realizado su sueño de ser un «superbasurero» y conducir un lujoso camión donde unas letras enormes anuncian: «Recogida de basura y desperdicios. Manolo's y Cía».
Su intervención en la serie "Las Guillerminas del Rey Salomón"


    La verdad es que Serrat que no cree, ni ha creído nunca «en eso de ser galán de cine», como actor parece sentirse más cerca de los titiriteros, chatarreros y basureros que poblaron su infancia de imágenes especiales, que de los héroes brillantes y superguapos a que los telefilms made in USA nos tienen habituados. Entre el héroe y el anti-héroe, Serrat prefiere al segundo. Y en esa línea andaba el personaje que Berlanga le ofreció para interpretar en "La vaquilla", pero esta vez fue el trabajo el que no permitió que el proyecto cuajara: «A mí me hubiera encantado intervenir en "La vaquilla" porque la había leído hace muchísimos años con Azcona y estaba ilusionado con hacerla. Berlanga me llamó para ofrecerme un papel, pero desgraciadamente coincidía con mi gira de verano... Esto supuso una frustración enorme para mí tanto por la película en sí como por poder trabajar con Berlanga».

    También, hace ya cuatro años, se habló del debut de Serrat en teatro, nada menos que de la mano de Nuria Espert e interpretando el Conde Danilo en la opereta "La viuda alegre". El espectáculo muy ambicioso en su concepción, tenía previsto presentara en el Borne, durante las fiestas de la Merced, financiado por el Ayuntamiento de Barcelona. Pero parece ser que si Nuria Espert lo llevó a cabo, no fue con Serrat en el reparto.

    Sea porque nadie ha sabido 'cogerle el truco', sea porque no alcance a traspasar sus barreras y comunicarse con el público desde la piel de un personaje ficticio, lo evidente es que ser actor figura en la lista de lo que Serrat quiso y no pudo.

    Lo mismo que el fútbol. Porque hubo un tiempo en que el noi soñaba con lucir la camiseta blaugrana jugando como centrocampista del Fútbol Club Barcelona, pero estudios de un lado y dificultades diversas de otro le hicieron desistir de realizar su sueño, limitándole a jugar partidos amistosos de vez en cuando y a presenciar desde las gradas lo que su equipo hace en el campo. E incluso a estar en las gradas renunció al poco de que Núñez pasara a ocuparse de la dirección del Club, porque «Esta fue una decisión que mi padre y yo tomamos en un momento dado y yo soy muy respetuoso con ella. Un día mi padre y yo decidimos que no íbamos al campo y hasta que no se modifiquen ciertas condiciones, no hay nada que hacer».

AFICIONADO AL FÚTBOL E HINCHA DEL BARÇA
Hubo un tiempo en que el "noi del Poble Sec" soñaba con lucir la camiseta blaugrana jugando como centrocampista del Fútbol Club Barcelona.


    Lo que no significa, ni por asomo que en algún momento haya dejado de sentirse culé: «Yo soy genéticamente culé porque es algo que ha ido ligado a nuestra vida y el Barça ha sido más que un Club, sobre todo en las épocas de represión, de dictadura... Pero estando ahora en manos de quien está difícilmente podrá aglutinar al pueblo catalán con aquel sentido hermoso y nacional que tenía. Me refiero a Núñez, claro.., y a todo lo que le rodea, aunque no porque exista este señor yo voy a dejar de ser del Barça. Me da mucha pena la imagen que están dando, me da mucha pena que no se aprovechen los medios económicos que tiene el Club, me da mucha pena que se inventen números y mucho temor de que estemos frente a un nuevo caso Rumasa. Pero evidentemente no voy a dejar de ser del Barça».

    Ni de jugar al fútbol, aunque sea de tarde en tarde y aunque de vez en cuando su afición le cueste algún que otro descalabro, como una costilla rota, un tobillo o una muñeca fracturada, etc.. Lesiones que se curan con cuarenta días de yeso, pero que no dejan de incordiar cuando se producen. Que es con relativa frecuencia porque «soy de huesos frágiles... Y mi hijo Queco lo ha heredado».

CRONISTA DEL TOUR DE FRANCIA EN 1984

    La afición de Serrat por el deporte no es nueva, data de antiguo y no se limita al fútbol. Es una afición que «me viene de mi padre, de muchos amigos con quienes he jugado al fútbol o he corrido en pistas de atletismo. Nunca he sido un deportista brillante en competición, pero siempre me he sentido muy unido al deporte, competir sin más ilusión que ser mejor, más sano, más noble... Comencé con la natación hasta los trece años en Montjuic, después por razones de estudios marché a la Universidad Laboral de Tarragona donde no había piscina y tuve que practicar otros deportes; jugaba al fútbol, pero también pasaba mucho tiempo con una pelota de básquet, entrenando. Ahora, a mi edad, lo único que hago es correr un poco, jugar al frontón, al tenis, a veces vuelvo a una pelota de básquet... Piro eso sólo cuando el trabajo me lo permite.»

    También la bicicleta le apasiona y esa pasión le convirtió primero en cronista del Tour de Francia en 1984 y posteriormente en 1985, en director y comentarista de la Semana Catalana de Ciclismo para "El Periódico de Cataluña", en las dos ocasiones: «Seguramente –decía entonces– de no haber sido músico, hubiera tomado el camino del deporte y lo más probable es que me hubiera inclinado por el ciclismo... Claro que ahora ya no puedo ni en veteranos. Soy mayor y me cansaría en seguida, es más cómodo seguirlos de este modo». Este modo era en coche, naturalmente.

    Claro que con seguirlos no estaba todo el trabajo hecho, después había que escribir lo vivido y ahí ya el asunto se complicaba: «Me costaba mucho escribir una crónica –confesó después–. Era angustioso ver cómo llegaba la hora de cierre, que eran las ocho de la noche y no sabía qué coño decir en la columna. Pero fue una experiencia importante para mí porque me acercó mucho a una profesión que a menudo puede presentarse como antagónica a la mía, o al menos conflictiva con la mía. Me he puesto en el pellejo del periodista y me ha servido de mucho porque algo he aprendido».

    Pero lo que él pretendía y lo consiguió fue vivir minuto a minuto la peripecia de los deportistas, porque para Serrat el espíritu de esos hombres que compiten libre y abiertamente por ser los mejores es lo que salva el sentido de la competición deportiva: «Todos los deportes, por muy comercializados que estén, se salvan por los deportistas. Cuando alguien se sube a una bicicleta o se calza unas botas para echarse a la carrera o al campo en lo que menos piensa es en el dinero porque no se puede ser deportista sin verdadera vocación. Por eso, cuando alguien que vive y come del deporte y del deportista tiene la desfachatez de calentar a las masas hablándoles de lo que ganan, le recomendaría que se acercara por una vez al deportista para saber cómo es de verdad y lo poco que le importa la prima cuando se cae de la bicicleta o falla un penalty».

    Este afán de hacer, de vivir experiencias nuevas colocándose en la piel de otro, lo explica Serrat con versos de León Felipe: «Ser en la vida romero.../ pasar por todo una vez».

    Por eso fue comentarista del Tour y por eso, en el año ochenta y dos, se prestó a hacer de Rey Gaspar para la Cabalgata de Reyes que cada año preparaba el Ayuntamiento de Barcelona.
Durante unas Navidades Serrat aceptó hacer de Rey Mago para las niños.


    Cuando se lo propusieron, se quedó de piedra: «¿Rey Gaspar? Hombre,.. ¡me pedís unas cosas!» Al final aceptó, probablemente sin que hubiera que insistirle mucho y poniendo como única condición tener toda la seguridad de que los niños no le reconocerían. Un arduo proceso de caracterización logró el propósito y el 5 de enero de 1982, Gaspar desembarcó en el puerto de Barcelona, acompañada de Melchor, Baltasar y todo el séquito de los tres Reyes para iniciar su vuelta por la ciudad repartiendo juguetes, caramelos y toda la ilusión del mundo.

    El momento duro, dramático llegó casi al final cuando la cabalgata se detuvo en el Hospital de San Juan de Dios para dejar sus juguetes a los niños enfermos, niños que esperaban ilusionados la llegada de los Reyes ignorando muchos de ellos, que eran los últimos de su vida. Fue preciso disimular el nudo que todos tenían en la garganta para hablar con los pequeños y dar aliento y esperanza, a los desolados padres. Pero aún así, Serrat calificó la experiencia de «maravillosa y emocionante».

    Menos poético y desde luego mucho menos 'maravillosas y emocionantes' han sido sus incursiones al mundo de los negocios. Afortunadamente para él, ya en el año setenta y cuatro tuvo una clara conciencia de que aquello no era lo suyo: «Soy nefasto para los negocios –llegó a confesar– he intentado alrededor de diecinueve, de mayor o menor envergadura y todos se han hundido. Soy tan desastre que eso casi me lleva a la ruina».

PRODUCTOR DE CANTANTES Y GRUPOS DE CALIDAD

    Desistió entonces de intentar negocios rentables para dedicarse a proyectos que le ilusionaban al margen de los dividendos. Y en el setenta y cinco, en colaboración con su amigo Marià Alberó, se dedicó a la producción de cantantes y grupos de calidad. En realidad, la producción propiamente dicha era Alberó quien la llevaba, limitando él su actividad, por una mera cuestión de tiempo, a la financiación de esos grupos y solistas que por una razón u otra no acababan de encontrar su oportunidad dentro del mundo del disco.

    Fue también por esas fechas cuando adquirió su finca de Camprodón, dispuesto a hacer de ella una finca de explotación ganadera, además de convertirla en el cuartel general de sus actividades.

    El exilio dejó sin continuidad el trabajo con Alberó y al regreso Serrat prefirió no dispersarse con actividades ajenas a su trabajo y a la puesta en marcha de Camprodón, en la que además de invertir cifras de muchos ceros ha invertido una buena parte de sus conocimientos de perito agrícola y frustrado estudiante de Biológicas.


FUENTES:
    Entrevistas publicadas en:
«Teleguía», «Triunfo», «Blanco y Negro», «Lecturas», «Hola», «Semana», «Diario 16», «Pueblo», «Arriba», «Informaciones», «Tele-Exprés», «La Vanguardia», «ABC» y «El Periódico».



Próximo capítulo: “La boda sorpresa con Candela”


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