14 de Mayo de 1999

Serrat abre el corazón
hispano de Harlem


ALFONSO ARMADA
New York




    United Palace es una catedral latina. Levantada en la calle 175, en el corazón del Harlem hispano, rodeada de tiendas, colmados, bares, locutorios y caos urbano rotulado en español, la noche del miércoles casi llenó sus 3.200 localidades para corear los versos de Machado en un recital de Serrat que logró caldear los corazones de una audiencia arrebatada, con una banda de siete instrumentistas encabezada por el pianista Kiflus, que ha arreglado y orquestado su último disco.

    Serrat se arrancó con un viaje a la arqueología, porque los dos primeros temas que interpretó fueron los de su primer sencillo en castellano: Poema de amor y El titiritero, que pusieron los dorados y terciopelos del United Palace al rojo vivo, con un desfile de bellezas que se acercaban a la orilla del escenario con una flor. Serrat, de azul cobalto, recogía las prendas, besaba ceremoniosamente la mano de la bella y volvía a cantar entre el regocijo de un público entregado.

    Después dio paso a temas de Sombras de la China, su último disco, que fueron seguidos con recogimiento por una audiencia ansiosa por escuchar los temas clásicos de un compositor y cantante que tiene, en el Nueva York que habla español, una muchedumbre de seguidores que se sabe sus canciones, las recrea, las repite y rompe a aplaudir casi tras cada estrofa. Si con los versos de Pueblo blanco ya supo que hiciera lo que hiciera el teatro iba a arder, con Mediterráneo hizo estragos.

Música y luz

    Nadie dio muestras de conocer a Jaime Gil de Biedma cuando el intérprete recordó los versos en que el poeta compara la música con la fosforescencia y la suavidad de la luz, para advertir al doblar la esquina que, lamentablemente, ya no somos los mismos, a pesar de que una canción nos vuelve a emocionar. Pero, cuando enhebró las primeras sílabas de «Se hace camino al andar», la gente coreó, se puso en pie y aplaudió como si Machado hubiera, por fin, decidido subirse a un paquebote para cruzar el mar y hablarle a cada hispano de aquí en su propio idioma.

    Tras una Lucía que puso lágrimas en muchas de las mujeres ataviadas como para una boda imaginaria, y cuando atacaba uno de los últimos temas de 'La noche', se volvió enérgico hacia Kiflus y le gritó: «¡Para!». Acto seguido se encaró con los aguerridos mozos encargados de seguridad, que querían apartar del proscenio a fans de todos los sexos que se acercaban para entregar al artista un ramo de flores, una fotografía, una caja plateada. El gesto fue entendido rápidamente por el público, que aplaudió mientras los guardianes se retiraron con el rabo entre las piernas. Serrat había manifestado que quería cantar en pleno barrio, y así lo dijo en las parrafadas con las que trenzó sus canciones. Durante toda la velada, voces del anfiteatro y del patio de butacas destilaron agónicas peticiones, desde La saeta a Lucía, pasando por Penélope a «La que quiera» o «La que se sepa». Cuando los aplausos le trajeron de vuelta de entre bambalinas, se dio el gusto de cantar su balada catalana dedicada a los ladrones, y luego se dejó ir con Penélope, que hizo las delicias de familias enteras que habían acudido al recital como a una romería. El Union Palace, una catedral de barrio, se vistió ayer de gala para celebrar a un cantante que la gente reconocía como a un vecino, uno de los suyos.


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