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El País Semanal
20 Septiembre 1998
Texto: Ricardo Cantalapiedra
Fotografías: Javier Salas
LUMINOSA INTIMIDAD
Lleva 33 años cantando. Ahora vuelve con Sombras de la China, un disco mágico cuajado de embrujo y lucidez.
Tres generaciones de españoles y latinoamericanos han vibrado con sus canciones. Sus grandes éxitos hablan de amor, de solidaridad, y de esas cosas tiernas que nos hacen llorar «cuando nadie nos ve».
¿Cómo definiría su momento actual?
Estoy loco por saltar de nuevo a un escenario tras la fase de elaboración de Sombras de la China. Ansío volver a ser titiritero. Y me encuentro en forma para ello, a gusto conmigo mismo. Aunque soy uno de los sosegados más alborotados del país, atravieso momentos de agradable estabilidad y funciono cada día con razonable eficacia. La razón se impone a los agobios. El cerebro está en orden. La cabeza, tan campante. Es cierto que me abandonan los pelos, pero ni hablar del peluquín. La nariz olfatea con desparpajo. El oído, siempre alerta. La garganta, serena. La pelvis y su ámbito, felices. Los pies caminan con soltura. Hasta hace cuatro años jugaba al fútbol, pero colgué las botas y sólo las saco para darles grasa y recordar cómo son. Hago algo de deporte, pero no tanto como Miguel Ríos ni tan poco como Víctor Manuel ... El tiempo te va robando cosas, velocidad, energía, capacidad de recuperación. Pero el tiempo te da también ventajas. Mi voz, por ejemplo, ha aprendido técnica, ha ganado hondura, reposo. Controlas mucho más y disfrutas cantando.
La elaboración de un nuevo disco suele ser tensa.
Empecé a escribir Sombras de la China en julio del año pasado, al finalizar la gira El gusto es nuestro, con Ana Belén, Miguel Ríos y Víctor Manuel. Me enclaustré en una casita de pescadores que tengo en el Mediterráneo y trabajé a conciencia. Me ha quedado una obra muy elaborada y muy fresca. Para la grabación he contado con colaboraciones soberbias, como Carlos Núñez, Rubén Juárez, Moraíto, Morao de Jerez, Tino di Geraldo, Carles Benavent, Ginesa Ortega, Celso Valli, José Antonio Romero ... Sinceramente, los resultados han superado lo que esperábamos.
También suele haber alguna canción más laboriosa.
Pues sí. En este caso es la que da título al álbum. La idea me vino con el disco ya casi grabado. Cayó en mis manos un libro de sombras chinescas cuando yo andaba buscando un título general. Me pareció que la cosa podía dar juego: fantasía, sueños en la mano, magia, asombro. Al fin y al cabo, estamos rodeados de sombras. Sombras son la política, el Parlamento, la economía, las relaciones interpersonales y uno mismo. Y si enciendes la televisión te topas con vendedores de sombras que te sugieren: «Si usted no tiene un armario lleno de sombras, usted no es nadie en esta vida». Entonces me envalentoné y aparecí en el estudio anunciando a bombo y platillo la existencia de una canción llamada Sombras de la China. Tanto los músicos como el diseñador de la portada quedaron encantados. Lo que ellos no sabían era que esa canción, por el momento, sólo era una sombra. Todos me preguntaban a diario que dónde estaba la famosa canción ... Pasé un mes y medio angustioso. Barajaba medio centenar de ideas, pero no lograba aclararme. Por fin, el ángel de la guarda se apiadó de mí y me dictó un tema cargado de embrujo y fantasía.
¿Cuál fue la canción más clara?
Dondequiera que estés. Enseguida me encontré una frase que me dejó satisfecho porque resumía muy bien lo que yo quería expresar: «Por fría que fuera mi noche triste, / no eché al fuego ninguno de los besos que me diste».
Una de las canciones, Los macarras de la moral, puede convertirse en pieza obligada de muchos rumberos del país.
Yo escribo canciones para que las cante la gente. Cada vez que un colega canta algo mío me entra un orgullo sólo comparable al que te da cuando alguien te dice que hizo el amor escuchando alguna canción mía. Quiero suponer que en esas ocasiones puede que haya descendencia posterior. Es algo que me hace sentirme útil.
¿Qué macarras son esos?
No doy nombres, porque tendría que elaborar un enorme listado telefónico. Si alguien no descubre a quién me estoy refiriendo, le daré más pistas: esos macarras son individuos que van por la vida de guardianes de la moral, siendo ellos la inmoralidad misma. Son tipos que van de salvadores, jugadores de ventaja que se nutren de nuestras dudas, nuestros miedos e inseguridades, nuestros pecadillos. Son peligrosos porque van disfrazados, pero se les caza por su sombra, que es muy larga. «Si no fueran tan temibles, nos darían risa, y si no fueran tan dañinos, nos darían lástima», dice la canción.
¿Es optimista?
Yo diría que soy un tipo pesimista, pero no porque me levante de la cama arrastrando cadenas de misantropía. Más bien, porque cuando la prensa, mi corazón, reconfortado por el sueño, vuelve a caer en el duro pesimismo de la realidad. Pero el pesimismo es un motor de bajo rendimiento. Intento disponer de una guardarropía cargada de cosas alegres. Me visto de optimista e intento atrapar la alegría que la realidad nos ciega.
Maneja muchas emociones. ¿Cuál es la más inolvidable?
Fue hace muchos años. Volvía a Bagur tras una actuación. Pasé por La Bisbal, en el Ampurdán, y descansé un rato en un pueblecito llamado Vulpellach, que estaba de fiesta mayor. El baile estaba al lado de la carretera. Me aparté discretamente a fumar un pitillo. La orquesta estaba interpretando un repertorio típico catalán. De repente comenzó a sonar Paraules d´amor. Y se me puso la carne de gallina al sentir que algo de mi música estaba incorporado a lo más profundo del corazón de un pueblo. Es muy bello descubrir hasta qué punto está relacionado lo que tú haces con lo que otros sienten.
Todo el mundo sabe que a usted le gusta mucho el fútbol y que es muy del Barça. ¿Qué le sobra y qué le falta a su equipo?
Le sobra y le falta lo mismo que la temporada pasada. Falta juego, alegría. Falta aquel fútbol, aquella miel en los labios que nos pusieron. El público del Barça es muy fiel al equipo, siente mucho los colores. Pero es gente a la que le gusta mucho el fútbol, y no se somete fácilmente al axioma de que más vale ganar que dar espectáculo. Eso, por una parte. Por lo que respecta a la dirección, falta tolerancia y pluralismo; falta escuchar, falta entender que los diferentes puntos de vista enriquecen al colectivo. Opinar libremente no implica que se cree automáticamente un campo de batalla.
La política de fichajes y rescisiones de contratos está siendo muy contestada. La cantera dispone de escasas oportunidades.
No me satisface lo que ocurre. No creo que la salida de Ferrer haya solucionado los problemas de la banda derecha, por ejemplo. Espero que los responsables sepan lo que están haciendo y obtengan los resultados que la casa se merece.
Johan Cruyff sigue provocando muchos comentarios. ¿Tendrá algún papel en el futuro del club?
No lo sé. Johan crea grandes afectos y desafectos. Es un hombre con gran personalidad, beligerante. Nunca se ha caracterizado por ser lameculos o estiralevitas... Tiene una forma muy peculiar de ser, de decir, de actuar. No sé, repito, si puede aspirar a algo en el club, pero no podemos olvidar los años de fútbol que nos ha dado.
¿Ve cercano un cambio en la dirección del Barça?
Los socios eligen democráticamente a sus representantes. Las últimas elecciones las ganó don José Luis Núñez, que superó posteriormente una moción de censura. Los socios decidirán un futuro relevo. Por mi parte, tengo mi punto de vista y mis simpatías, pero soy muy respetuoso con lo que las urnas dicen.
Joan Gaspart concita numerosas crispaciones en algunos sectores del fútbol español. Algunos lo comparan a Alfonso Guerra.
Yo no los compararía jamás. Tienen aficiones muy distintas en las lecturas. En el Barça hay gente muy heterogénea, y en esta heterogeneidad está la riqueza de la sociedad.
Los socios de un club tienen algo así como relaciones matrimoniales con el mismo. ¿Tiene amantes, futbolísticamente hablando?
Tengo una especial simpatía histórica por el Real Betis Balompié. También me une un especial afecto a la Real Sociedad de San Sebastián. Pero, por encima de todo, mi corazón está con la Unión Deportiva Poble Sec, de la que soy socio.
Es seguro que tiene en la mente alguna selección ideal.
Esos papelones se los dejo a Clemente.
Suponga que la cultura fuera un equipo y que le nombran seleccionador. Declare su alineación.
Portero, Álvaro Mutis, que tendría al público muy entretenido. Defensas: Manolo Vázquez Montalbán, en el centro,junto con Manolo Vicent. Estando Mutis atrás, serían un coladero. En los laterales, Juan Marsé y Eduardo Mendoza, que hablarían con Terenci Moix. En el ataque, Carlos Gardel, de delantero centro. De extremos, Tete Montoliú, para sacar los córners, y Atahualpa Yupanqui. Masajista, Concha Piquer. Y jueces de línea, dos humoristas argentinos muy amigos míos, Fontanarrosa y Ángel Pavlosky, que les encantaría ir con la banderita arriba y abajo.
¿Árbitro?
Prefiero no entrar en esos terrenos. Tengo mucho respeto a los árbitros, sobre todo desde que dejé de jugar. Jamás los utilizo en el campo como objeto de mis iras. Es muy comprometido ser árbitro. Siempre pienso: «Pobrecitos sus hijos cuando les pregunten en el colegio por la profesión de papá». Hay cosas en la vida que son tremendas y merecen toda la solidaridad de los ciudadanos.
Hablando de la Piquer, ella tenía un baúl inquieto y correcaminos, pero el suyo no le va a la zaga.
Ya no utilizo baúl. Antes sí, pero se me destrozó de puro viejo. Tuve la suerte de viajar muchos años con uno que me regaló Narciso Ibáñez Menta. Ahora voy con maleta, en la que, además de la ropa, siempre llevo algunos libros de cabecera. Actualmente van conmigo dos o tres obras de esas que uno piensa leer alguna vez. Por ejemplo, un libro que regalé a mi hija y que se lo he robado, El diablo de los números, de Enzerberger. Y un estudio del profesor Oswaldo Bayer sobre la historia de Giovani, un anarquista argentino de los años veinte. Junto a éstos, siempre llevo algún clásico, como el Crepusculario, de Neruda, o algo de Pessoa o de Machado. Y dejo espacio para lo que voy encontrando. Cuando viajo, mis amigos deben de pensar que tengo que aprender a leer, porque me regalan muchos libros. Me sorprende que con frecuencia me sigan regalando títulos de Machado y Miguel Hernández.
¿No le tienta escribir narrativa?
Me gusta tomar cuentos y convertirlos en canción, como Los fantasmas del Roxy, a partir de un relato de Marsé, o Secreta mujer, de este último disco, que nació del Libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.
En Sombras de la China hay una canción que dice: «Me gusta todo de ti, pero tú no». ¿Eso cómo se come?
Es, simplemente, la historia de un tipo al que le gusta el café y la leche, pero no el café con leche. Ocurre con frecuencia.
Con tantos kilómetros en su haber, es seguro que habrá actuado con artistas muy variopintos.
Cuando empecé a cantar me dieron el carné en el Sindicato de Teatro, Circo y Variedades. He actuado en la calle, en cabarés, prostíbulos, circos, pabellones de deportes, plazas de toros, estadios de fútbol, bares, garitos e incluso en teatros. Teniendo en cuenta que raro es todo aquello que se ignora, he cantado con artistas raros, seductores y sorprendentes. Una noche llegaba tarde a un cabaré de Benidorm llamado El Alcázar, que seguramente ya no existe. Por los pasillos del local me topé con un caballero que iba en cueros, pero con taparrabos, chaquetilla multicolor y sombrero cordobés. Me dijo: «Niño, menos mal que has llegado, porque ya no me quedaba ni una chaquetilla que ponerme». Era El Titi. Tampoco olvidaré una actuación con Charlie Rivel. He tenido la suerte de ejercer de vocalista de artistas tan extraordinarios como Astor Piazzola, Aníbal Troilo y Oswaldo Pugliese. He compartido escenario con una contorsionista, muy hermosa, por cierto. Mientras yo cantaba, ella hacía cosas increíbles. Más de una noche, cuando cierro los ojos, me acuerdo de ella y no puedo dormir.
Y también ha compartido proyectos periodísticos y radiofónicos.
Los ignorantes somos gente muy descarada y nos atrevemos con todo. He experimentado algunos coqueteos con el periodismo deportivo. La experiencia más interesante la realicé en 1984 ejerciendo como enviado especial de un diario en el Tour de Francia (el segundo Tour de Fignon). Sufrí en las salas de prensa cuando te cerraban el télex a una hora determinada, y 20 minutos antes no tenías escrito el artículo. Conocí el síndrome del periodista con urgencias. Mantuve una muy buena relación con todos los compañeros, que me trataban como si fuera un colega de toda la vida. Me dejó tan buen sabor de boca que podría repetir el descaro, pero no lo haré porque tengo muy en cuenta aquel poema de León Felipe: «Ser en la vida romero, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero». También he hecho algo de radio. En 1991 realicé 60 programas con el título de La radio con botas, donde recorría la historia de 50 años radiofónicos partiendo de documentos sonoros y de las vivencias aportadas por escritores como Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Joan Barril, Benedetti, Benet i Jornet, Eduardo Galeano o José Agustín Goytisolo.
Es muy catalán, muy español y muy ciudadano del mundo. ¿Cómo lo consigue?
No estoy en condiciones de escribir un manual sobre este asunto. De todas formas, creo que para muchos catalanes no soy todo lo catalán que debiera. Seguro que muchos españoles piensan lo mismo de mi españolidad. Acaso sí estén de acuerdo los ciudadanos del mundo porque el hecho de sentirte ciudadano del mundo conlleva mucha tolerancia, mucha hermandad y mucha solidaridad.
Algunos nacionalismos se han convertido en la lacra de este fin de siglo.
No concentremos en los nacionalismos todos los males que nos ocurren. Hay factores económicos que hubieran podido solucionar en gran parte los problemas que provocan los nacionalismos. En los Balcanes, sin ir más lejos, si Alemania no hubiera tenido ambiciones de expansión respecto a Croacia, las cosas hubieran discurrido por otros derroteros. Si Alemania no se hubiera empeñado en vender armas de la extinta República Democrática, Eslovenia no se hubiera escindido como se escindió; ni los bosnios se hubieran visto sujetos al amasijo posterior. Hay intereses económicos que están ondeando banderas nacionalistas. Hay muchos que enarbolan banderas y esconden las carteras. Siempre hay una razón escondida en cada gesto.
Entre todos los artistas que le han cantado, destacan las soberbias versiones de la cantante italiana Mina en Balada de otoño, La Tieta y Romance de Curro el Palmo.
Eso me llena de orgullo, satisfacción y agradecimiento. A Mina le gustó mucho la Balada de otoño y me llamó para decirme que la quería grabar. Ahora nos llamamos con cierta frecuencia. La conocí hace años en Milán y me invitó a cenar en su casa. Nunca olvidaré que estaban poniendo por la televisión aquel combate en el que Henry Cooper ganó a Urtain por KO técnico en el noveno asalto...
En Buenos tiempos, una canción de este último disco, haces un retrato inquietante de este fin de siglo.
El concepto de bonanza ha quedado maltrecho tras los infartos de las bolsas mundiales el mes pasado. No creo que una sociedad camine hacia el progreso tirando piedras contra su propio tejado. Se camina con anteojeras, limitando el campo de visión y omitiendo el resto de la realidad. Me siento bastante desamparado, en general, con respecto a todos aquellos elementos de la sociedad que deberían ampararnos.
Dicen que son buenos tiempos para «la bandada de los que se amoldan a todo, tiempos fabulosos para sacar tajada, para la chapuza, buenos tiempos para equilibristas, prestidigitadores, sadomasoquistas, charlatanes y visionarios». Y canta también que son «buenos tiempos para la caza de brujas».
Evidentemente, estamos atravesando tiempos de caza de brujas. Por ejemplo, aquellos que trabajan en medios de comunicación públicos y no han manifestado pleitesía han sido desplazados automáticamente de sus puestos de trabajo. Si esto no es caza de brujas, que venga Dios y lo vea. El propio periódico donde va a aparecer esta entrevista pertenece a una empresa que ha sufrido en sus carnes el acoso de la caza de brujas. Antonio Asensio, ex propietario de Antena 3 Televisión, también puede contar algo. Hay muchos ciudadanos y muchas entidades en este país que pueden aportar datos similares. Ampliando esta visión, nuestro país no es sensiblemente distinto a otras naciones.
Ha presenciado la actuación de muchos artistas. ¿Cuál de ellos le ha impresionado más en directo?
Sin duda, Jacques Brel en el teatro Olympia de París, en 1965. Fue una de sus últimas presentaciones. Creo que luego sólo volvió a los escenarios con El hombre de la Mancha. A mí me gustaba demasiado. En aquella actuación estuvo soberbio de voz, gestualidad, hondura, medida y emoción. Es decir, pura maestría.
También ha cantado muchas veces a otros compositores. ¿Recuerda qué fue lo primero que cantó?
Pues no, la verdad. Pero es seguro que fue algo del cancionero popular español, algo de Concha Piquer o Juanito Valderrama. Desde muy pequeño, yo compraba cancioneros y me aprendía de memoria las canciones. En la Cançó de bressol utilicé una licencia poética: decía que me dormía en brazos de mi madre mientras ella cantaba lo de «Por la mañana, rocío; al mediodía, calor». Yo soy precoz, pero no tanto. De ningún modo puedo recordar las nanas con que me arrullaban cuando era bebé. Más tarde, hablando con mi madre, ella me contaba todo. Es decir, que he recuperado canciones, no a partir de la memoria, sino de las conversaciones.
¿Cuál es su próximo proyecto?
Una larga gira española de 50 galas por teatros hasta finales de año. Comencé el pasado 18 en el auditorio de Cáceres. Concluiré el 16 de diciembre en el Palau de la Música de Valencia. Y después, un periplo por 10 países de Latinoamérica.
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