Serrat es un ídolo en América Latina. Su gira por Argentina, Chile y Uruguay, que acaba de finalizar,
es la crónica de una pasión correspondida, vivida en directo con el músico catalán.
Amo y señor del escenario, el cantautor prodiga largos monólogos, entre
canción y canción, que cosechan la complicidad de un público entregado desde el primer minuto. Se
dispone a cantar Secreta mujer [«No puedo dormir, no puedo dormir. Atravesada entre los párpados
tengo una mujer, secreta mujer»], y al presentar la canción, lanza la siguiente pregunta, medio en
broma, medio en serio: «¿Sabían ustedes que hay 42 causas catalogadas que provocan insomnio. Cua-ren-ta-y-dos?».
Grita una voz femenina desde el auditorio: «Vos sós una de ellas». La escena transcurre en un teatro
de la calle Corrientes de Buenos Aires, en un concierto de la última gira de Joan Manuel Serrat por tierras
latinoamericanas. Allí donde el artista catalán quita el sueño y despierta las pasiones de sus fieles.
Argentina, Chile, Uruguay y otros países de un continente que ha frecuentado en los últimos 30 años,
desde su primer aterrizaje en el año 1969.
Dentro y fuera del escenario, Serrat se mueve por las ciudades de América Latina como en
su casa, con la comodidad de aquel vecino que va y viene, pero que siempre está. En un paseo desde
la plaza de la Recoleta al hotel Alvear de Buenos Aires, su presencia genera proximidad más que expectación.
«Hay una historia de implicación muy fuerte con Argentina. Yo puedo tener un comportamiento artístico parecido
en todos los sitios, pero lo que ocurría aquí era diferente. Me impliqué mucho desde el principio, y esto me da
una carta de normalidad aquí. Nadie me ha dicho nunca extranjero en Argentina». María,
psicóloga, de 33 años, es una de sus incondicionales. «Fui creciendo, y su música me traía recuerdos infantiles.
No soy una fan. Soy una compañera de viaje, aunque él no sabe que estoy aquí. Siempre hay algo de él en mí».
Pero volvamos al teatro de la calle Corrientes. El público, de 30 años para arriba, es
mayoritariamente femenino y aplaude con fervor cada tema. Hay detalles que son poco comunes en un concierto, como
la gran cantidad de regalos que los asistentes dejan al pie del escenario durante toda la actuación. «Son cosas que tienen
una cantidad de amor y afectos tremendos», explica el manager, José Navarro. «En muchos casos son libros,
banderas del Boca Juniors, camisetas del Barça, montones de artículos... Hasta aceitunas». Por qué aceitunas. Serrat
recordó en una entrevista radiofónica los veranos de su infancia, en los que iba al pueblo de los abuelos, donde se
hartaba de aceitunas. Le llovieron botes gigantes de olivas.
Muestras de cariño. En la puerta del camerino, alguien estampó la huella de unos labios
pintados. «Es un seductor. Todas las mujeres tienen fantasías con Serrat», sentencia María. Para el público femenino
no hay duda: «Lucía es la canción que siempre quieres que te cante». En Argentina hay toda una generación de
Lucías, que hoy tienen entre 12 y 13 años. «Es un fenómeno de supervivencia. Esto ocurre porque uno ha podido sobrevivir
más de 30 años haciendo este oficio», responde el cantante. Termina el concierto, pero Serrat no
puede abandonar el escenario. Uno, dos, tres, cuatro, cinco bises. Hasta el adiós que pone como punto final
al concierto de Sombras de la China.
Hay que verle en los escenarios, calles, bares o restaurantes de Buenos Aires, Montevideo o
Santiago, para comprender hasta dónde llega una relación humana que él mismo define como una larga «historia
de amor correspondida». Serrat acaba de regresar de una gira de un mes en la que ha recorrido
Argentina, Uruguay y Chile. De Buenos Aires a Mendoza, de Santa Rosa a Trelew, de Neuquén a Mar del Plata, de
Santa Fe a Montevideo y de Santiago a Concepción. Su balance: «Mejor, imposible. Cada vez me quedo
más sorprendido del afecto y la complicidad que tiene esta gente conmigo». Son sentimientos
que tienen su origen en los primeros años que Serrat pisó tierra americana. «Eran años de un
gran entusiasmo y una gran participación. La gente creía que podía cambiar la realidad y abrigaba el sueño de un
hombre nuevo. Fueron años muy prometedores, cortados brutalmente por los golpes militares y la represión. Con las
consecuencias que todavía perduran: la muerte de tantos jóvenes que hoy serían dirigentes o personas fundamentales
en sus países».
Joan Manuel Serrat se comprometió contra todos los militares golpistas del Cono Sur, y dejó
de cantar mientras los dictadores permanecieron en el poder. Su música estuvo prohibida en los locales públicos,
pero siguió escuchándose en muchos hogares. María, la psicóloga, recuerda que, durante la dictadura, Serrat «se sumaba
a las protestas como un argentino más. No era un extranjero. En el Luna Park de Buenos Aires con
Mercedes Sosa y la presencia de las Madres de la Plaza de Mayo».
Los vínculos se estrecharon y dejaron raíces profundas. «La lista de amigos
muertos y desaparecidos es larguísima. No tengo tantos amigos muertos en España. Creo que la gente no olvida mi
compromiso y no me ve sólo como un artista». María le define como «un acompañante de aquellos
adolescentes que padecieron y sobrevivieron las dictaduras».
Las giras de Serrat en Latinoamérica son mucho más que una serie de conciertos en cadena.
A su paso por la ciudad de Neuquén, en las puertas de la Patagonia argentina, recibe el título de doctor honoris
causa por la Universidad de Comahue. Son actos cargados de contenido emotivo-político.
Susana Barco, profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación, estuvo presa durante la
dictadura en la cárcel de Córdoba junto a otras 60 mujeres que escuchaban las canciones del cantautor. Éstas son
textualmente las palabras que dedicó a Serrat: «Cuando cantes, quizá escuches por detrás el coro de voces de aquellas
mujeres. Tus canciones nos ayudaron a sentirnos libres y a esperar el momento de las promesas no cumplidas, porque
no ha habido justicia ni castigo». Serrat cautiva a la concurrencia con sus respuestas y habla de algunos personajes
de sus canciones.
El acto central tiene lugar en el aula magna Salvador Allende de la Universidad de Comahue,
repleta de autoridades, fuerzas vivas diversas, profesores y estudiantes. Los aplausos se transforman en cerrada
ovación cuando Serrat se abraza con las abuelas y las madres de la Plaza de Mayo invitadas al acto. Los distintos
oradores no escatiman elogios al homenajeado. «Tu nombre nos suena como compromiso de libertad. Tu palabra nos ha
crecido, Joan Manuel, dorada como el trigo. Queremos que quedes en nuestra memoria, en esta Patagonia», dice el
profesor emérito Natalio Kisnerman. El rector Rabassa justifica el título de doctor honoris causa «por su
trayectoria en la defensa de los derechos humanos, la paz, la libertad y la cultura». Y habla el recién nombrado
doctor: «Un hombre, al defender los derechos humanos, no hace otra cosa que actuar en defensa
propia. Soy feliz con mi oficio. Hago lo que me gusta hacer y además me aplauden».
El Nano, como le llaman cariñosamente en Argentina, «está muy pendiente de los problemas
de la gente», dice su manager y compañero inseparable en todas las giras. «Tiene sus formas de enterarse
de las cosas, que son inverosímiles. Posee una información y una preocupación muy grande por saber lo que pasa».
Así lo perciben sus numerosos seguidores. Como aquella lectora que escribió una carta a propósito de la canción
"Niño silvestre",
sobre los niños de la calle, que fue reproducida por un
diario venezolano: «... cuando en Latinoamérica, muy pocos de sus dirigentes ni siquiera saben las cifras de los
niños que se están muriendo de hambre ni de los que deambulan por las calles, tú las manejas y, no sólo eso,
compones para ellos una canción desesperada; más que para ellos, es para ver si algún oído sordo se conmueve y
atiende».
En Mar del Plata (Argentina) le nombran visitante ilustre de la ciudad, la Asamblea
Permanente de los Derechos Humanos le hace entrega de un pergamino enmarcado, por sus principios y su lucha
«por la paz, la justicia y la libertad», y recibe a una delegación del pueblo mapuche. En todos sus desplazamientos,
Serrat aprovecha el tiempo para mantener el mayor número de contactos. Con sus amigos del mundo del arte, la
música, la literatura o la política, y con los medios de comunicación. En este último terreno actúa con una
disciplina de militante. «Respondo siempre que me reclaman. Creo que puedo ayudar a normalizar, hablando claro
y dando a conocer mi posición. No para ocultar las cosas debajo de la alfombra, sino para ventilarlas».
Sus colaboradores cuentan que en las giras por América suele dedicar una hora por la mañana para
contestar la multitud de cartas que recibe en el hotel, en el camerino o en el mismo escenario. «Muchas de las cartas le piden
una foto dedicada. Se manda la foto, y la siguiente carta ya es para invitarle a un asado. Imposible aceptar la invitación,
porque es tal la cantidad de cartas que llegan que no haría otra cosa que comer carne», explica José Navarro.
La última etapa de la gira, Chile, se presenta como la más problemática por culpa del caso
Pinochet. Algunos sectores de la ultraderecha han amenazado con actuar para boicotear la presencia del cantante.
Todo queda en palabras. Como la noche de San Juan, en la que Serrat y su equipo acuden a cenar a un restaurante de
Santiago. Al pasar junto a una mesa, uno de los comensales le espeta: «Devuélvanos al tata» [apelativo cariñoso de
abuelo, que utiliza el pinochetismo para referirse al ex dictador].
«El caso Pinochet ha convulsionado el país. No es cómodo moverse por allí.
Pese a todo, pude hablar lo que quise en la prensa y la radio». Y, cómo no, la figura del general detenido
en Londres es una pregunta habitual en las entrevistas. La respuesta suele ser la misma: «Es bueno que la justicia
alcance a todas las personas por igual. No creo que haya nadie que sea inalcanzable». La siguiente pregunta,
obviamente, alude al juez Baltasar Garzón, la bestia negra de la derecha pinochetista. «Me parece una persona
honesta y perseverante».
En Chile, Serrat desarrolla una intensa actividad de encuentros y declaraciones en las que no sólo habla
de Pinochet. Un día conversa con Felipe González, invitado oficial del presidente Frei; otro día almuerza con varios ministros
-democratacristianos y socialistas- del Gobierno de coalición chileno; otro día visita el hospital Padre Hurtado, en la población
de La Pintana, uno de los barrios míseros del cinturón de Santiago. Las autoridades del centro sanitario han puesto el nombre
de Joan Manuel Serrat a uno de los pabellones. Es un acto de agradecimiento por un gesto que tuvo el cantante en una edición del
Festival de la Canción de Viña del Mar, en la que pidió públicamente la liberación de un niño vecino que había sido raptado. Al día
siguiente, el secuestrador devolvió al niño. Serrat es considerado poco menos que un héroe en aquel barrio.
El 26 de junio, día del cumpleaños del fallecido presidente Salvador Allende, tiene lugar el concierto en
el estadio Chile. El mismo escenario que los militares golpistas a las órdenes del general Augusto Pinochet convirtieron en campo de
concentración, tortura y muerte de tantos antifascistas, entre ellos el cantante Víctor Jara. De hecho, muchos artistas chilenos ya
lo denominan estadio Víctor Jara. Entre las 6.000 personas que acuden al concierto destacan dos figuras: Ricardo Lagos, el candidato
presidencial socialista en las elecciones de diciembre, e Isabel Allende, hija del último presidente socialista que gobernó en Chile
hasta el golpe del 11 de septiembre de 1973. Serrat canta durante dos horas y media ante un público eufórico, más militante y más joven que
el que acude habitualmente a sus conciertos. Recuerda desde el estrado la fecha del cumpleaños del presidente derrocado a sangre y fuego, y tras
la actuación, recibe en el camerino a Ricardo Lagos.
«Me dijo que ésta fue la vez que se había sentido más como en casa. Más tranquilo y relajado. Tal vez temía algo
por lo de Pinochet, y no ha habido ni un solo incidente», comenta Alfredo Saint-Jean, el representante del cantante en Chile desde su
primer viaje, en 1969. Su anterior concierto en Santiago había sido el 4 de septiembre pasado, ante 60.000 personas reunidas en el estadio
Nacional en torno al lema Con Allende siempre, en homenaje a los 25 años de la muerte del presidente.
Serrat sigue viajando por América Latina con el título de sudaca catalán y universal que le otorgaron sus amigos,
o como «latinoamericano catalán», según dice sentirse. No lo admitirá nunca, pero de todo aquel continente hay un país que le ha dejado
una huella más profunda. Él prefiere hablar de que todo es muy distinto, «como Bogotá lo es del resto de Colombia, o
Buenos Aires del resto de Argentina», pero hay un país, uno especialmente, en su corazón. Ahí queda su frase:
«Lo mejor que pudieron decir de mí una vez fue 'Joan es tango', qué bonita definición». Pues bien, ya circula la grabación
de un tango dedicado a Joan Manuel Serrat que interpreta Néstor Gaberta con letra de Carlos Ares.
«En Argentina hay una historia reciente muy jodida, que es la historia que va de finales de los años
sesenta hasta nuestros días. De un gran desgaste del país y de su gente. La gente necesitaba compañía y ayuda, y ahí la canción ha tenido
un gran papel. Es mi caso como artista extranjero, o el de León Gieco como artista nacional. Y al mismo tiempo existe un público que tiene
un comportamiento tano [italiano] que es muy importante en esta relación. La relación de los tanos con sus artistas es de una
gran calidad. De una gran participación. Es un público tan latino, tan meridional como puede serlo el español, y en cambio es mucho más
participativo. Lo ven como algo propio, 'esto es mío', esto es la cosa tana».
Aborrece Joan Manuel Serrat la búsqueda de similitudes o diferencias entre América y España, porque está convencido
de que la relación del artista con la gente es, simplemente, distinta. «Me siento incómodo cuando se establece una comparación
entre España y Argentina. Me siento incómodo porque, artísticamente, difícilmente me puedo sentir más querido de lo que lo soy en España. Más
bien tratado de lo que lo soy en España, en general. Piensa que el último disco, 'Sombras de la China', es el
que más he vendido en España, así, de salida. Allí tengo un afecto y un funcionamiento muy grande [esta conversación transcurre en Buenos Aires].
He estado reconocido hasta oficialmente, sin estar enfermo ni domesticado. Me dieron la medalla de Bellas Artes, la orden del Mérito Civil...
todas estas chapas que le dan a uno cuando está caducando. No puedo decir que en mi país mi gente no esté identificada conmigo. Se me trata muy
bien en mi casa».