18 de Abril de 1999

«¡Hasta pronto, Paquito!»



Mis impresiones de un magnífico concierto con un final feliz

PACO MARTÍN
Madrid




    Serrat ha llegado a Madrid. Está en el Teatro Albéniz, muy próximo a la Puerta del Sol. Hoy es el primero de sus nueve conciertos en la capital dentro de la gira «Sombras de la China» que comenzó el pasado mes de Septiembre.

    Llegamos muy pronto al Teatro. Me acompaña mi mujer. Son las siete de la tarde. Están los músicos ensayando. El aire transmite el perfume lógico de un estreno. Todas las localidades están agotadas —para hoy y para el resto de los días— y me va a resultar muy difícil conseguir invitaciones. Es noche de novedades y el teatro no tiene excesivas localidades. Me toca esperar.

    A las ocho se abren las puertas. El público comienza a entrar ordenadamente y la sala queda llena en breves momentos. Por su parte, en el hall hay mucho movimiento. Decenas de fotógrafos esperan a los «ilustres». Nadie de sus amigos quiere perderse la «premiere» de Serrat en Madrid. Ya van llegando. Ninguna coincidencia en la llegada. Todo controlado.

    Comienzan los flashes y las carreras de los reporteros de la crónica rosa. Vemos al juez Baltasar Garzón, al ex-ministro Fernando Morán, a muchos cantantes (Ana Belén y Víctor Manuel, Rosario Flores y Joaquín Sabina), al maestro Ricard Miralles, a algunos periodistas (Iñaki Gabilondo, José Ángel de la Casa, Isabel Gemio), antiguos futbolistas (Michel y Paco Buyo), al humorista Raúl Sender y muchos otros. Un batiburrillo de gente de la cultura y de la farándula. Gente legal (sus amigos de Madrid) y también la «gente fina», enseñando el visón y sus tacones de aguja.

    Apenas faltan dos minutos para que comience el recital. El hall ya está desierto. Es entonces cuando puedo conseguir las entradas. Son buenísimas: fila 2, pasillo central. Es un gol en el último minuto... Y más sorpresas. A mi izquierda está sentado Michel, hasta hace bien poco un magnífico futbolista y ahora comentarista deportivo. ¿Estoy soñando?

    Silencio en la sala. Se apagan las luces y entre tinieblas, los músicos ocupan sus lugares. Una pantalla de vídeo nos introduce en el tema. Sombras chinescas y unas letras de precario equilibrio componen el apellido del maestro. Ya suena la música. «Kitflus» inicia su particular obertura, una sucesión de momentos musicales que evocan diferentes temas del último disco. Y llega Joan Manuel desde el lado derecho del escenario. Ovación atronadora. Serrat corresponde al respetable con una reverencia digna del mejor gimnasta.

    Arrancan las "Sombras de la China". Las trae el hombre que vino del mar y de sus manos nacen liebres y gansos, héroes y villanos, lobos y palomas..., sombras que evocan lo efímero de nuestra existencia. Pero algo no va bien. Noto que Serrat no ha entrado con buen pie. Siento su voz más ronca de lo habitual, algo cortada. Quizás es que el camino siempre es cuesta arriba...

    Termina el primer tema. «El Nano» saluda al público: «Buenas noches, y sean todos bienvenidos a ésta, vuestra casa. Gracias por estar aquí y gracias también por vuestra complicidad ante este ramillete de canciones nuevas que necesitan de su apoyo para que puedan ir creciendo... Canciones nacidas como tantas otras cosas, entre luces y entre sombras. Quizás algún poeta menor diga algún día que la vida son sólo sombras, y que las sombras, sombras son. ¿O no?»

    «Kitflus» inicia un acompasado ritmo de palmas que pronto es seguido por los demás integrantes de la banda. Es la señal para que suene "Los macarras de la moral", canción rumbera y de pegadizo estribillo, que no oculta una buena carga de profundidad contra muchas sotanas y ademanes de otros tiempos, testigo cruel de muchas infancias.

    "Más que nadie". Todo el amor en unos versos. Está dedicada a su mujer, pero todo el público la acepta como propia. En este momento ya no noto las dificultades de la primera canción. Su voz ya no está rota, el ritmo es el correcto. Música y palabras alternan su paso. El público lo nota y se va calentando.

    Joan Manuel vuelve a dirigirse al público: «Muchas gracias de nuevo. Y gracias otra vez por la acogida a estas nuevas canciones. Pero no quisiera yo pecar de imprudente ante un público de tanta alcurnia y prosapia. No quisiera yo provocarles una intoxicación de novedades. Así que junto a estos temas, iremos alternando otras canciones que llegarán de lejos para sumarse a nuestra fiesta. Algunas desde muy lejos. Incluso desde el principio. Y cuando digo 'desde el principio', no me refiero al sentido bíblico de la frase; sólo a 'mi principio'»

    Serrat se siente en su taburete al lado de «Kitflus» y sigue: «Y tan al principio, que ésta fue la primera canción que grabé en castellano...» Y nos llegan las delicadas notas al piano de "Poema de amor", preludio de un unánime aplauso del público que, por fin, ha reconocido «una de las suyas».

    Y de nuevo desde el taburete: «Por aquella época y aquellos tiempos, las cosas eran muy distintas. Las canciones venían en discos que se llamaban 'singles', y tenían dos canciones, una por cada cara. Eran una cosa así, medían unos 25 centímetros e iban a 45 r.p.m., pero... ¿qué les voy a decir yo a ustedes, si son todos de la 'generación del single'? Bueno, pues en la otra cara del disco de 'Poema de Amor' iba esta canción...»

    Es "El titiritero". Más aplausos y vítores, reflejos de la experiencia musical de casi todos. Y después "Benito", que es cuando Serrat nos deleita con unos pases de baile y unas convincentes gesticulaciones que aportan una total credibilidad a la historia.

    Y de nuevo las sombras: "Fe de vida", una fiel radiografía de sus creencias y "Secreta mujer", causa no incluida «entre los 42 motivos que según los libros de medicina provocan el insomnio. Estas causas van desde la ingestión de bebidas estimulantes —café y té, entre otras—, a los conocidos síndromes del panadero y de la pierna inquieta. ¿Que no saben lo que es este síndrome? Yo se lo explico. Se trata de una comezón que comienza en una pierna y que hace que el enfermo la empiece a mover insistentemente, con lo que no puede dormir ni tampoco su compañera. Nada que tenga que ver con lo que le pasa a su marido (señala a alguien del público). Lo que su marido tiene, envidiada señora, no deja de ser una maravillosa calentura... Bueno, pues yo no pude encontrar en esos tratados la causa del insomnio que padezco desde que conocí a una «Secreta mujer».

    Sigue la interpretación de los temas "Pueblo blanco" (cruel combate entre lírica y épica) y la siempre celebrada "Disculpe el señor", en donde Joan Manuel vuelve a desplegar sus grandes dotes de actor hasta conseguir que todos pensemos que lo que estamos presenciando es una obra de teatro y no un recital.

    Suenan fuertes aplausos. Baja la luz. Serrat vuelve a sentarse: «Hay unos versos del poeta Gil de Biedma que dicen: "como la luz, la música tiene una calidad fosforescente de sueño recordado" y luego en otra parte, "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos aunque a veces nos guste una canción"...» Es el inicio de "Una vieja canción", mi preferida del disco.

    El tema "Princesa" y el virtuosismo de la flauta de Tito Duarte señalan el final de la primera parte. Serrat abandona unos instantes el escenario, mientras sus músicos acometen una pieza de extraños acordes, al comienzo irreconocibles y luego más que evidentes. Es "Mediterráneo". Vuelve «El Nano» a escena y guitarra al hombro, interpreta su más famosa canción. El público ya no se aguanta más, y se pone en pie todo el patio de butacas. Le llegan piropos de todas partes. De hombres y de mujeres. El corazón ha vencido al protocolo.

    Suenan los magníficos arreglos de "No hago otra cosa que pensar en ti", usada para presentar a sus músicos. Magníficos 'solos' de todos ellos, aunque me quedo con la exhibición del guitarrista Antonio Toledo.

    Llegan las últimas canciones de las 'Sombras': "Me gusta todo de ti" y "Dondequiera que estés", que Serrat canta con su guitarra y a lomos de su añejo taburete. Dos temas que anteceden al punto más álgido del concierto, la cota máxima, la marea alta, se trata de "Cantares". Joan Manuel invita al público a participar. El «golpe a golpe, verso a verso» es coreado por todos. La gente grita y desafina, enmudece y canta a destiempo, pero todos vamos de su mano. Es la apoteosis.

    La dulce "Lucía" y el irónico "Bienaventurados" le siguen. Al final de ésta última, Joan Manuel da un beso al micrófono y vuelve a dar las gracias al público. Se está despidiendo. ¡Pero eso no puede ser posible!. Arrecian los aplausos. Algunos pesimistas hasta se ponen los abrigos. Yo ni me inmuto. Habrá más.

    Joan Manuel y sus músicos saludan y luego abandonan el escenario. La gente aplaude a rabiar, en una mezcla de deseo e incertidumbre. No pasa mucho tiempo para que vuelvan. Le piden mil títulos distintos. Serrat responde: «Como es imposible que pueda complacerles a todos consecutivamente, escojo una canción del siglo XVIII, "La cançó del lladre" (La canción del ladrón), cuyo título nada tiene que ver con ninguno de los presentes. Habría que decir aquello de 'cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia'»

    Es el primer tema que nos canta en catalán, pero para quien no la haya oído nunca puedo decirle que su musicalidad es tan maravillosa y delicada que sonaría igual de bien en chino, ruso o paquistaní. Es una auténtica joya capaz de conmover el espíritu más indomable. El piano de «Kitflus» y la flauta de Tito Duarte nos transportan a una última dimensión, a un paraíso de rosas y agua. Es una canción de extrema fragilidad en la que la entonadísima voz de Serrat nos encierra el corazón en un puño.

    Y después, "Fiesta", anticipo de un segundo adiós, merced a la maldita frase «se acabó la fiesta...» Se marcha de nuevo. La gente quiere más. Aplausos, aplausos, aplausos. Serrat vuelve. Da las gracias. Llama a los suyos. De pronto, un redoble de tambor. "La saeta". Sin comentarios.

    Ya se han ido otra vez todos. Se encienden las luces del teatro. Todo se ha acabado. Incluso yo creo que ya no hay más. Pero muchos aplauden, y le llaman. Varios minutos. Algunos se levantan y se encaminan a los pasillos. De pronto, un grito de alegría. Y luego una ovación portentosa. Serrat está en el escenario. Se le nota satisfecho y agradecido. Toma su guitarra. Otra vez al taburete. Y así, sólo, sin ningún músico, nos interpreta "Aquellas pequeñas cosas", casi como aquella vez que cantó de incógnito en el Parque del Retiro con una cámara oculta. Magnífica su demostración.

    Y otra vez se va. Y de nuevo la desolación de muchos y la esperanzas de muy pocos. Ya no volverá, pienso yo. Me pongo el chaquetón. Pero otra vez me equivoco. Serrat de nuevo aparece. Está feliz. «¿No te puedes quedar con nosotros?», le dice alguien. «El Nano» sonríe y hace el signo de que tiene hambre. Y entonces mira entre bastidores y llama a «Kitflus». Una más.

    No podía faltar. Aquí están nuestras "Paraules d'amor". Evocadora de recuerdos y promesas. Inmutable al paso del tiempo. Inmemorial. Nueva. Recién compuesta. Parece que hoy se estrena.

    El público se desmelena. Vítores, besos al aire, manos levantadas... La perfecta comunión con el maestro. Serrat toma a «Kitflus» del brazo y se acerca al borde del escenario para agradecer tanto cariño. Y entonces...

    Yo estoy en la segunda fila, justo en el pasillo central. Aplaudo como el que más. Y «El Nano» me ve, y no puede disimular un gesto de sorpresa al conocerme y me dice: «Pero, Paco, hombre, ¿cómo estás?». Yo no pude decirle la verdad de mi estado de ánimo. Sólo acerté a decir: «Bien, muy bien, Joan Manuel», a la vez que estrechaba la mano que me ofreció desde el escenario.

    Más tarde, pude saludarle tras salir del camerino, y cuando al día siguiente me despedí diciéndole: «Bueno, ya mañana nos marchamos. Nos veremos en mi tierra por el verano», él me respondió: «Eso espero». Le hago un ruego: «Cuídate mucho, Juan». Y «el Nano» me contesta: «Hasta pronto, Paquito».


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