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EL PERIÓDICO DE CATALUÑA
26 de Marzo de 1999
Texto de Joan Barril
«PEQUEÑO MAPA DE LA CHINA»
JOAN MANUEL SERRAT ARRASTRARÁ ESTA NOCHE AL PÚBLICO DEL AUDITORI POR LA LUZ DE LAS SOMBRAS QUE HABITAN SU ÚLTIMO DISCO. LAS LÍNEAS QUE SIGUEN SON UN BOSQUEJO DE MAPA PARA DAR LOS PRIMEROS PASOS POR UN NOVÍSIMO CONTINENTE QUE NOS INVITA A DESCUBRIR EN ESTE FIN DE SIGLO.
. La canción que da título al último disco es, probablemente, la más enigmática. Serrat sólo sabía que había que hacer algo sobre las sombras chinescas y el resultado es una pieza mágica donde la magia ha dejado de ser inocente. El autor nos habla de un hombre que vino del mar, pero le sirve como pretexto para indicar el paso del tiempo. El autor ya está de vuelta de todo. Dice: "El amor llegó en abril / recitando viejas coplas". Quedan lejos las palabras de amor de cuando tenía 15 años y no sabía más. El amor regresa, pero las coplas del amor ya son viejas, antiguas, apacibles. La inocencia es una sombra en la cortina mientras Serrat, seducido por aquel sur que siempre ha existido, lanza su mirada a Oriente para recordar que su mundo es el mundo y que hay que saber leer tan bien el lenguaje de las manos, ése que abre los sueños, como el de los libros. Serrat ha leído y lo cuenta en sus referencias literarias: el lobo estepario de Hermann Hesse y los personajes de la commedia dell'arte asoman entre una música envolvente.
. Canción de obligado cumplimiento en la discografía serratiana. En "Utopía" fue . En "Nadie es perfecto" era . Los discos de Serrat no son redondos si en ellos no hay al menos una canción de compromiso moral y otra de compromiso político. Esos macarras de la moral le sirven para hacer su personal pim pam pum contra lo reaccionario, contra el intervencionismo de los poderosos sobre la libertad humana. "Manipulan nuestros sueños / y nuestros temores, / sabedores de que el miedo / nunca es inocente...". Probablemente nunca pensó que aquella antigua expresión revolucionaria de "el hombre libre" podría cantarse entre las palmas de una rumba. La guitarra de Moraíto de Jerez y la voz de Ginesa Ortega completan esta canción que le sirve para que nos cuele entre su poesía extrañas palabras de argot que acaban ennoblecidas por su uso: atención a "canguelo", "gazapo" o a la eufónica y misteriosa "jindama".
. Serrat es una de las esponjas más fértiles del planeta canción. Le han bastado dos versos de Luis Cernuda para hacer germinar una de las canciones más bellas de su vasta obra. "Más que a nadie" es una canción de amor maduro y tranquilo. Contrariamente a otros cantautores que, pese a ser carrozones, se esfuerzan por hacernos creer que son donjuanes irreprimibles, Serrat acepta su edad y sabe que el amor se puede decir "con el pan de cada día" y que hay un amor profundo capaz incluso de vencer "el tedio que nos mata y que nos muere". En tiempos en los que hay pastillas para todo, cremas antiarrugas y elixires para la eterna juventud, Serrat nos invita a vivir con lo que hay y a aceptarnos como somos. También los piratas de los siete mares llegan un día a puerto y les sobreviene una extrema ternura. Dice Serrat que esta canción está dedicada a su esposa. Más allá de las grandes palabras del amor pasional, el poeta ni se rebela ni seduce: "Te quiero, y no hay nada que hacer". Una forma de admitir que a lo largo de la vida siempre hay un amor, al menos uno, más fuerte que los propios enamorados. El bandoneón de Rubén Juárez es el pedestal donde se asienta esta magnífica canción que por su intención y belleza podría ser la continuación de la maravillosa "Ne me quitte pas" que nos dejó Jacques Brel cuando Serrat jugaba al fútbol en la calle del Poeta Cabanyes, en Poble-Sec.
. Siempre supusimos que la gracia de la vida eran sus secretos. La mujer que nos propone la canción y los versos de Eduardo Galeano también son secretos. Secreta y nada más. De esa mujer sólo conocemos las dudas del poeta. En otras épocas, esa mujer hubiera tenido nombre y apellidos, pero estamos en una edad de seductores blindados y fondones. Esa secreta mujer ha entrado en la vida del cantante por la puerta de servicio y el hombre se nos ha desestabilizado. "Atravesada en la garganta / me atormenta una mujer", cuenta Serrat para que muchos hombres -y mujeres- maduros de la platea le den la razón. Esa mujer "que abre mis ojos y me obliga a ver / mi desventura y mi fortuna" nos coloca en el vértice de un amor imprevisto que llega cuando ya llevamos demasiada vida en la mochila y no estamos dispuestos a tirarla por la borda. Serrat se erige en embajador de todos los adúlteros que en el mundo son y han sido y pide a la secreta mujer que le arranque las ropas y las dudas y que le desnude. El hombre quedará desnudo y triste, como todos los animales después de la cópula. Las dudas persistirán. Por primera vez, el atleta del amor se rinde y pide algo impensable en la poesía de Serrat: "Atravesada entre mis párpados / le quiero decir / le quiero pedir / que me deje, que se vaya." ¡Pobre Serrat, pobres de nosotros! La mujer trampa, la mujer oasis, la mujer que pudo haber sido, la que en vez de ser conquistada nos conquista, ha llegado hasta el cantante. Y él, para no meterse en líos trascendentes, le ha compuesto una música suave, tropical, una de las pocas canciones de Serrat que se pueden bailar con los pies y los ojos, mirando a la mujer conocida mientras se piensa en la mujer secreta.
. Hay una edad indefinida que marca la bisagra entre la ilusión y la reflexión. Uno va por el mundo contando sus proyectos e intenciones y la gente nos cree y nos da ánimos. Pero, de pronto, a nuestros interlocutores les importa un comino saber nuestros proyectos y empiezan a exigirnos currículos y resultados. Serrat también ha traspasado esta bisagra. Hace algún tiempo todavía nos recordaba que hacía 20 años que tenía 20 años y que todavía sentía cómo le hervía la sangre. Esta "Fe de vida" ya no es tan movida ni entusiasta. El poeta vive, pero su vida se mira "desde los sueños pendientes / y los fracasos cumplidos". Serrat, una vez más, afirma que está vivo. Sin embargo, también por primera vez nos advierte que eso de vivir no era tan fácil y que lo difícil es sobrevivir. Y la supervivencia ya no se sustenta en las grandes palabras y en el hervor de la sangre, si no en esos ademanes mínimos, en esos ojos que miran y esas manos que tocan. Para Serrat, la vida sigue siendo una compañera y una bandera. Pero la bandera que nos muestra se ve un poco deshilachada, gloriosa tal vez, cansada pero jamás vencida.
. La elegida para promocionar el disco. Una buena canción de la ortodoxia musical serratiana que nos comunica una potente sensación de déja vu. Serrat habla de mujeres, una vez más. Y también esta "Princesa" se inscribe en una feminidad doliente y zarandeada por el destino. Intuimos que para esta Princesa, la vida tampoco va a ser muy amable y va a acabar sus días en el asilo donde se encuentran la pobre , la o aquella chica de la Carrera de San Bernardo que era . Esta Princesa es, tal vez, la hija de aquella novia imposible por la que Serrat porfiaba en . Cuando Serrat hace canciones explícitas de mujeres, o bien las ensalza hasta hacerlas subir a los cielos (, , han sido las más afortunadas) o las convierte en mujeres objeto de una gran tragedia de la que él es el notario que levanta acta. En "Princesa", Serrat no está presente. Es la única canción del disco en la que habla otra persona, la madre de la Princesa. Serrat se limita a mirar el paisaje y, gracias a esta mirada, vemos que el poeta se ha urbanizado. Ya no hay canciones sobre los pueblos blancos, no hay caminos ni genista, sino bloques de casas baratas en el extrarradio. Mientras Penélope esperaba en una estación de tren rural, la madre de la Princesa se la imagina en limusina. Serrat se ha urbanizado, pero parece que le cuesta cada vez más ponerse en el lugar de los otros. La historia de Princesa es real, pero no es su historia. Después de tantos años de acostumbrarnos a que el poeta sea también poema, esta Princesa se nos aparece distante. Por fortuna, la música nos la acerca. Y hay momentos en que la piel de esa Princesa difunde una extraña piel de gallina.
. La humanidad va inventando sistemas para apresar lo fugaz y hacer perdurables las felicidades momentáneas. El vídeo y la fotografía intentan convertir en perennes las sonrisas de un instante y el matrimonio es la herramienta elegida para hacernos creer que el amor del primer día será eterno. La letra de José Luis Pérez Mosquera y de Serrat poetiza los pequeños gestos del amor clandestino donde todo se resuelve en horas. Si en "Secreta mujer" había dudas, en esa magnífica "La hora del timbre" las únicas dudas son las de quedar bien y que todo funcione como es debido y que en el "cuerpo a cuerpo fiero" se acabe dando la talla. En muy pocos versos se describe un paisaje envidiable: el acto de contemplar el amor por la mirilla, la exploración de los ojales y los botones del vestido y esa estufa que ilumina apenas una pata de la cama. "La hora del timbre" es una canción de interior, pero en realidad es un himno a la lentitud de los relojes cuando el amor aprieta. Saint-Éxupéry ya esbozó la misma sensación cuando en "El principito" la zorra le decía al pequeño príncipe: "Si has de venir a verme mañana a las cinco, dímelo antes. Porque así desde las cuatro empezaré a ser feliz".
. A veces, desde el escenario, Serrat dice cosas sobre las canciones que cantará. El preámbulo a esta "Una vieja canción" son unos versos de Jaime Gil de Biedma extraídos de su poema "Elogio" y recuerdo de la canción francesa: "Nosotros, los de entonces / ya no somos lo mismo, aunque a veces nos guste una canción". En otras palabras: de la misma manera que el pianista se emociona con el tacto de las teclas y que el marino habla de los mares, también el cantante hace un elogio de la canción y nos recuerda que nadie, ni siquiera los que están en el truco cancionero, son insensibles al poder evocador de las canciones. Serrat admite que tiene deudas sentimentales que nunca ha acabado de pagar "arrastrando lo que fue y lo que pudo haber sido". Una vez más asoma en sus versos la tristeza de tener una única vida por vivir. Hace años, ante el espejo, ya se lamentaba de "aquesta puta sensació d'arribar sempre tard". Hoy, aquel lamento se ha fundido en melancolía. "Una vieja canción" es esa que es capaz de volver a poner los besos en la boca. La banda sonora de los sentimientos es un fluido circular. El poeta se lamenta de una vieja canción que le ha abierto las heridas y lo hace con una canción que, en su día, también abrirá las heridas de los que hoy vinculan su felicidad a esas notas. Cuidado con las canciones asilvestradas, que las carga el diablo.
. Otra canción bailable, pero a condición de bailar solos. No podía ser de otra manera con esa letra: una espléndida descripción del cuerpo femenino y, sin embargo, al poeta no le gusta esta señora que habría sido el canon de belleza del escultor Praxíteles. Forzando la metáfora y llevándola a las aguas políticas, podríamos comparar a esa señora con el gobierno del Partido Popular: gente guapa, buena situación económica, tranquilidad y baja inflación. Nos gusta lo que hay, y sin embargo no nos gusta. En esta canción de amor y de repulsión, Serrat saca una de las mejores armas. Podría recurrir al insulto directo, a la grosería y a lo explícito. Pero hay una línea áurea en el Serrat combativo que Serrat no cruza jamás y prefiere buscar la complicidad, la elegancia y la ironía. Muestra sus debilidades, pero se niega a dárnoslas resueltas. Con los años, Serrat ha ganado en sabiduría, pero no en pedantería, y esa canción es un ejemplo de finura descriptiva que le emparenta con Quevedo o con los epigramas de Marcial. Y a pesar de la aparente sencillez de estos versos, "Me gusta todo de ti" esconde una proeza literaria tan enorme como haber elevado la farragosa palabra omoplato a la categoría de material poético. En Serrat, todas las palabras tienen cabida y fluyen sin ni siquiera rechinar.
. La canción de compromiso político imprescindible. El compromiso, en este caso, no aporta caminos a la arcadia de la igualdad. Más bien es una queja, porque si los buenos tiempos son para los mismos de siempre, los otros mismos de siempre, es decir, Serrat y sus amigos, estamos en los malos tiempos. Buenos tiempos ha salido del mismo taller ideológico de , , , y tantas otras que elevan a Serrat a la condición de cantante cívico. Magnífica la paradoja en la estrofa que dice: "Corren buenos tiempos / para esos caballeros / locos por salvarnos la vida / a costa de cortarnos el cuello". Esta canción hímnica tiene vocación de informe a las Naciones Unidas o del "J'accuse" de Émile Zola. Se llama canción popular a la que es consumida por el pueblo. Pero canción popular es también la que está a favor de las clases populares. Esto Serrat no lo olvida nunca.
. Serrat vuelve a hacer inventario de amores y examen de conciencia. Una nueva paradoja, "la melancolía de los fugaces amores eternos", nos sitúa en ese ajuste de cuentas del amor otoñal que asiste a la decantación de las caricias que algún día fueron combustibles. "Por fría que fuera mi noche triste / no eché al fuego ni uno solo / de los besos que me diste". Serrat abre la puerta a su máxima coquetería. Viene a decir: "Ya ves, ha pasado el tiempo. Tú debes ser la misma que entonces, pero yo, en este escenario, te voy a dedicar una canción por si te acuerdas". Ese condicional en los últimos versos, cuando dice "dondequiera que estés / si te acuerdas de mí", es un guiño de niño travieso ante el espejo. ¿Cómo puede haber alguien que se olvide? Falsa modestia del león cansado sobre una música dulce y bellísima que Serrat canta con desgana, casi canturrea, no tanto al público como a su propia nuca. "Te gustará saber / que te pude olvidar y no he querido". Serrat no quiere olvidarse de nada, es una enorme catedral en la que todo se conserva, se añade y se ve crecer, hacia el cielo o hacia dentro.
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