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Entrevista en el Semanario «El Semanal»
20 de Septiembre de 1998
Texto de Arantza Furundarena
Después de aquella placentera gira entre amigos que fue «El gusto es nuestro», Serrat
vuelve a cabalgar en solitario. Su último disco «Sombras de la China»,
habla de la devoción por la imagen, del culto a las apariencias, del amor perdido... «Espero que me den
el premio al artista revelación», dice con sorna de consagrado.
«El silencio es un gran enemigo»
Serrat ha llegado pronto. Media hora antes, para ser exactos, y «con los deberes
hechos», según informa. La entrevista tiene lugar en la terraza de un bar de Barcelona, y aunque es festivo
y es temprano, pasa lo que tenía que pasar. Hay que interrumpir la conversación varias veces porque
el cantante debe atender a su público, gente de todas las edades que se le acerca suave y amable, sin
histerias ni alborotos, para pedir un autógrafo. En realidad, a lo largo de la entrevista, el artista
no sólo firmará autógrafos sino que tendrá tiempo para charlar con un pobre, comprar La Farola y
recoger amablemente del suelo el bastón de un cojo.
Joan Manuel Serrat es así, un tipo mayormente honesto que, a los 54 años y con tres
décadas de éxito ininterrumpido a sus espaldas, no se permite a sí mismo perder la conciencia ni olvidar
que el norte sigue estando en su barrio. Claro que también tiene sus contradicciones. Pero esa mezcla de
picardía y bondad que asoma a su rostro y que te hace preguntarte si estarás ante un granuja muy ético
o ante un bendito con mucha coña, sigue siendo su principal atractivo.
Ahora anda como chiquillo con zapatos nuevos, defendiendo el nuevo disco con entusiasmo
de principiante. Arremete contra el pensamiento único, el culto a las apariencias, el eterno arribismo...,
al tiempo que se lame las heridas de una ideología, la suya, maltratada por ciertos políticos a los que
le gustaría ver «colgados en la plaza pública»
Hace dos años, decía que no tenía ganas de ponerse a escribir, que no se le ocurría nada. ¿Han vuelto
las musas de vacaciones?
En la vida hay momentos en los que uno tiene el cuerpo de una manera y otros, de otra. Y a partir del
año pasado me metí de cabeza en una fase de trabajo más disciplinado.
¿Fue una necesidad que le salió de dentro o una exigencia que se impuso?
Cuando uno se dedica a escribir, la única opción que tiene es pelearse con eso que llaman las musas.
Hay que sacar la inspiración a los medios agarrándola por los bajos y ponerse a bregar con ella. El que espera
a que le llegue la inspiración para empezar a trabajar que se dedique a vender ropa en los mercadillos o a
cualquier otra actividad sujeta a unos horarios municipales y laborales. Yo llevo treinta y tantos años
componiendo y jamás he ido caminando por la calle y la inspiración, cayendo sobre mí como un rayo divino,
me obligó a sentarme en un bordillo y a sacar una libreta del bolsillo para anotar aquello que me estaba
ocurriendo. A mí, lo poco o lo mucho, lo bueno o lo malo que se me haya ocurrido ha sido a base de trabajar.
Y trabajando ha llegado a este nuevo disco.
A este disco y a otras muchas cosas que se han quedado en el camino. El disco es la destilación del
trabajo de un tiempo determinado, de un pensamiento determinado que es amplio. Pero sin duda, las 11 canciones
tienen en común una cosa, y es que forman parte de lo que yo pienso, siento, me da vueltas en la cabeza,
me ilusiona y me atormenta en estos momentos.
¿Y qué es lo que siente, piensa, le ilusiona y atormenta?
Ah, eso ya lo dejo al libre albedrío de los que escuchen el disco. La respuesta más sintética
que puedo dar a esa pregunta es precisamente ese trabajo. Y aún así, es una visión limitada. Que nadie
espere encontrar, ni muchísimo menos, una declaración filosófica de principios.
¿Sus ilusiones y frustraciones de hoy son muy distintas a las que tenía en sus comienzos?
No necesariamente. El hombre y sus circunstancias no cambian tanto.
Es el primer disco que compone siendo abuelo.
¡Ah, eso! (Risas) Te juro que no me afecta en absoluto. La abuelez es un rebote. Los responsables
son mis hijos. A mí me ha caído y lo acepto con alegría, porque ellos lo aceptan con alegría. Pero sólo
soy el que compra juguetes, el que juega con ella y el que la disfruta.
Así que sus ilusiones siguen intactas.
Si vamos a hablar de ilusionados y de escépticos, diré que es imposible pretender progresar sin
ilusiones, de la misma forma que esta realidad que tenemos, si uno la analiza pasando por el hombre,
no por el mercado o la Bolsa, difícilmente puede proporcionar un sentimiento optimista de la vida.
Yo soy un pesimista, porque la realidad ahí me lleva, pero cada día me pongo un traje distinto de optimista.
Tengo un armario maravilloso repleto de trajes de optimista, que utilizo a sabiendas de que son trajes,
no mi piel.
En la canción que da título al disco, «Sombras de la China», habla de sombras y sueños. ¿Alguna velada
alusión a que nada es lo que parece?
Exactamente, eso es. Podríamos enrollarnos con Platón y el mito de la caverna, pero no vamos a ser tan pedantes.
Sin embargo, algo hay de eso. Vivimos tiempos de sombras, tremendos, en los que la sombra es lo moderno,
lo que se lleva. EL que no tiene un armario en su casa lleno de sombras no es nadie. Estamos rodeados de
sombras: la economía es una sombra, la Bolsa es una sombra, la intimidad pública está llena de sombras.
Sombras que representan la apariencia, por encima del contenido. Pero luego, también están las sombras
de la luz, aquéllas entre las que se encuentran las sombras chinescas, que juegan a favor de la ilusión, de
la memoria y de la fantasía. Esta cosa un poco imbricada, y cosida con el hilo de la sombra como única
realidad de la vida, es la canción que da título al disco. Es decir, que en la vida todo son sombras y las
sombras vida son. Pero, dicho sin ningún tipo de sentimiento triste.
Hay un par de canciones que conectan con esa crítica a la cultura de la apariencia: «Me gusta todo de ti»,
en la se ríe de un cuerpo perfecto, y «Princesa», que recoge las palabras, llenas de ambición y esperanza,
de una mujer de barrio que peina a su hija antes de enviarla a un "casting".
Me gusta todo de ti sí incluye esa crítica. Pero Princesa es otra cosa. Habla de la
necesidad de desclasamiento, algo que no es sólo de ahora. De hecho, cuando una gran amiga mía, maravillosa
actriz y cantante, escuchó la canción, dijo: «Esta la has escrito para mí», porque se sentía reflejada ella,
su madre... He vivido estos casos en mi barrio con frecuencia y pocas veces han tenido un final feliz. Es más:
yo también me veo reflejado parcialmente es esa historia. No voy a decir que me siento la princesa, porque quizá
alguien podría pensar otra cosa de mí, pero sí parte de una historia de ese tipo.
«Me gusta todo de ti» sí arremete contra el culto del cuerpo.
No es un enfrentamiento contra los cuerpos "danone", porque a mí también me gustan las tías buenas.
Lo que digo es que el culpo al cuerpo como única obsesión vital y como único desarrollo personal me
parece una estupidez absoluta. Y la sociedad lo sufre en forma de anorexia, bulimia...
Usted mismo tiene hijas adolescentes.
¡Pero comen! No tienen ese problema. Aunque sí lo han visto a su alrededor. Yo creo que lo que haría falta
es una cultura de los rincones. Esos rincones del cuerpo que son tan maravillosos y sensuales y que están
tan mal vistos y tienen tan mala prensa.
Ha dedicado una canción a los macarras de la moral. ¿Quiénes lo son hoy en día?
Los mismos de siempre. Es una canción que puede coincidir con gente alineada en grupos determinados,
pero siempre hemos vivido con macarras de la moral: en la religión, en la política, en la sociedad, en casa...
Yo diría que los macarras de la moral son unos individuos que pretenden moralizarnos cuando ellos son la
inmoralidad en sí misma.
Sin embargo, ya nadie va de moralista abiertamente. Existe un gran camuflaje.
Es cierto que van camuflados, pero se les distingue enseguida porque tienen la sombra alargada. En
estos momentos estamos viviendo el mercado único, la sociedad global, el pensamiento único. ¿Quién ha
montado esto sino los macarras de la moral? ¿A quiénes puede convenir algo tan extraño y tan estúpido
como homogeneizar el pensamiento del ser humano, sino a quienes lo controlan? Pero es verdad que hay disfraces. Todos
aquellos que tienen miedo a ser reconocidos por lo que son realmente muestran una tendencia a centrar su
imagen.
¿Centrar? ¿No estará aludiendo a la famosa búsqueda del centro por parte de este Gobierno?
A ellos y a otros que provienen de un pasado en las antípodas del que pueda venir el señor Aznar
y que también tienen una tendencia a manifestar públicamente sus voluntades de tolerancia. A mí el querer
centrarse y ser tolerante me parece un rasgo de sensibilidad estupendo. Pero claro, como todo en la vida, no
es creíble cuando se dice, sino cuando se hace.
Y de momento no se lo cree.
Estoy esperando a que lo hagan. Si es así, estaré encantado. Jamás he negado la evidencia. Si ocurre
lo aceptaré y me alegraré, porque será un avance para todos.
¿Hemos llegado ya a ese momento de libertad en el que las canciones de barricada se cantan debajo de
la ducha, como ha dicho alguna vez?
El que las canciones de barricada se canten en la ducha, y con gran satisfacción, implica que o bien
corren tiempos de libertad o bien el vecino es un facha de mil pares de cojones y hay que bregar con él desde
por la mañana. Pero, lamentablemente, sería una ceguera circunscribir el mundo a nuestro pequeño territorio y
vivir de espaldas a un mundo de pateras o a lo que ocurre en Rusia. Vivimos en un planeta donde el 80 por
ciento de la gente se está muriendo de hambre. Quizá las canciones no sean el mejor vehículo para poderlo
solucionar, pero el silencio es un gran enemigo.
Volvió a componer poco después de la llegada del Partido Popular al Gobierno. ¿Esa nueva situación
política fue un revulsivo para su creatividad?
Escribir es un acto de evacuación, sin duda. pero mis comodidades o incomodidades respecto a un gobierno
concreto no se han reflejado nunca a la hora de componer canciones. Yo diría que al mundo artístico el cambio de
Gobierno, más que a lo que pueda ser la creación, le puede haber afectado en cuanto a su exhibición, es decir,
a los cambios ostensibles que se han producido en los medios públicos, en cuanto a los que aparecen en ellos y en cuanto
a las pretensiones artísticas y culturales que hay detrás de todo esto. En eso sí se nota. A mí a la hora de
escribir no me ha afectado porque tampoco pienso modificar mi manera de pensar por cambiar las posibilidades
naturales que pueda tener de realizar mi trabajo.
Una de las canciones de corte más claramente político se titula «Buenos tiempos». ¿Qué es lo que más le
repugna de estos tiempos?
Lo que más asco me da, lo más grave, es que una capa de chocolate sea capaz de esconder una basura
putrefacta. La importancia que se le da a la capa de chocolate que se pone encima de la mierda es lo que más
me preocupa.
¿Tiene esperanza puesta en Borrell?
Por supuesto. Creo que va a ganar las próximas elecciones. Entre otras cosas, por la reacción que
suscitó su simple presentación como candidato y las expectativas que tiene en cuanto a intención de voto.
Incluso en encuestas manejadas por el Gobierno.
Con la que ha caído en el PSOE, partido al que usted ha apoyado abiertamente, ¿aún le quedan ganas de
creer en algo?
Es que yo no he tenido nunca la tendencia de confundir ideologías con individuos. No soy de fulano ni de
mengano. Yo heredé una cultura política de mis padres, que la heredaron a su vez de los suyos, una ideología
que se fue haciendo en el vivir de cada día, que estaba llena de ilusiones, pensamientos y compromisos. Y sigo
con esta ideología encima. Por tanto, a mí puede indignarme la actitud de ciertos individuos que se han
aprovechado de esa ideología para medrar. Puedo pensar incluso que su sitio debería estar en la plaza pública,
pero colgados de un árbol. No sólo por el daño que han hecho a la ideología, sino por lo que le han hecho a mi
padre y a mis abuelos. Ellos no lucharon para que Roldán robara. Y como a mí sigue importándome más mi ideología
que ellos, exijo el castigo que se merecen, solamente para que mis viejos descansen un poco más tranquilos.
¿La mayoría es más silenciosa ahora que antes?
Lamentablemente, a la mayoría le reservan siempre el papel del silencio para que moleste poco. No sólo las
dictaduras. Las democracias también suelen ser poco partidarias de la asamblea. Y los partidos democráticos son
más partidarios de las listas cerradas que del voto directo. Son caminos que hay que ir avanzando.
¿Ve usted a la gente con ganas de avanzar?
Hombre, si te pasas diciéndole todo el día a la gente que no merece la pena tanto sacrificio porque mira
después lo que pasa... pues consigues generar un complejo de desengaño.
¿No detecta pasividad entre las nuevas generaciones?
Un momento. ¿Qué época vivimos?, pregunto. ¿Qué posibilidades ideológicas tiene la gente? ¿Cuántos años hace
que se está diciendo por todos lados que se acabaron las ideologías e infundiéndonos ese pensamiento único y
empobrecedor? ¿Cómo van a responder los jóvenes? Pues unos pasando, otros apuntándose a la ecología, otros a una ONG,
otros a los grupos abertzales... Y responden porque hay una carencia ideológica grande. El día que el pensamiento
se pluralice más, qué ocurrirá, los jóvenes caminarán con decisión y con ilusión. Porque no sólo son el futuro, sino
el presente.
Hace poco acudía con fervor a un recital de la argentina Adriana Varela y ha incluido el bandoneón en alguna
de sus canciones. ¿El tango ocupa un lugar importante en su vida?
Sí, curiosamente lo ocupa antes de que yo supiera lo que era la Argentina. Mi padre era un viejo tanguero de
Barcelona, que seguramente es la tercera capital del tango en el mundo. Gardel vino aquí varias veces. Mi padre
presumía de haberlo conocido. Y yo siempre le he creído. Mi padre nunca decía mentiras. Con él aprendí los primeros
tangos.
El tango favorito de Coltázar era «Mano a mano». El de Borges, «Yvette». ¿El de Serrat?
Uy, no sé. Es muy difícil. En esto soy muy promiscuo, cambio constantemente.
A estas alturas del partido, ¿se ha «desdudado» usted ya del todo, como dice una de sus canciones?
No, porque uno se «desduda» y se duda todo el rato. Igual que se desnuda y se viste. Pero bueno, la vida es
esto: enfrentarte a tus dudas y sacar conclusiones .
¿Qué dudas le quedan aún?
Mis dudas pasan todas por mí. Me preocupo más en aclarar mis dudas personales que las dudas que pueda tener acerca
de cosas que tengo fuera. Las mías me cuesta más deshacerlas.
¿Nunca ha recurrido al psicoanálisis?
Que me perdonen, pero tengo especial precaución al psicoanalista. Utilizo como psicoanálisis dos cosas: pescar y
el vino, los amigos y la risa. Esa combinación es muy buena terapia.
Pocos artistas suscitan una admiración tan unánime como usted. Serrat es casi incuestionable, un clásico.
¿Le asusta?
Trato de que no me afecte, pero no me asusta, al contrario, me divierte. Una de las razones por las que me he
dedicado a este oficio ha sido por mi imperiosa necesidad de ser querido.
A usted le quieren hasta sus propios colegas, que ya es difícil.
Supongo que se debe a que llevo mucho tiempo sobreviviendo en esto y eso se valora.
Lo curioso es que, a pesar del tiempo, sigue enfrentándose a un nuevo trabajo como si fuera el primero.
Efectivamente. De hecho, espero que me den el premio al artista revelación del año, el único que realmente
importa.
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