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Medio siglo con Joan Manuel Serrat
25 de Diciembre de 1993
Texto de Nacho Sáenz de Tejada Fotos de Carles Ribas
El lunes, Joan Manuel Serrat cumple 50 años. Han pasado casi 30 años desde
que canciones como Ara que tinc vint anys o Cançó de matinada impulsaron el movimiento de
la canción de autor en España, del que el noi del Poble Sec es su representante más característico.
Más de 30 discos rodeados de polémicas lingüísticas, exilios políticos, censuras, vetos, entronques con el
corazón latinoamericano y la normalización que precede al clasicismo señalan la carrera de uno de los
artistas claves de la música popular española. Y Serrat recuerda su paso de cantante con espíritu de barrio
a ídolo de multitudes, mientras continúa hablando de utopías y se define como artesano de la canción.
«Sólo soy un artesano de la canción»
Decía Manuel Vázquez Montalbán hace 25 años que la mejor entrevista con Joan Manuel
Serrat era no hacérsela. Corría el año 1968, Serrat ya era un ídolo de masas, la cançó se dividía
entre partidarios de Serrat y de Raimon (cuestión lingüística, ya saben), y Vázquez no tuvo opción al diálogo.
Hoy, tampoco es fácil hablar con Serrat, aunque la empresa de comunicación que coordina sus relaciones con
la prensa atiende amable, gestiona y concreta: tal día, tal sitio, tal hora, 60 minutos. Ni Vázquez se
hubiera resistido. Joan Manuel Serrat cumple 50 años.
Poco se sabe del Serrat cantautor con espíritu de barrio. De aquel noi del
Poble Sec que cantaba a la calle, al titiritero, a la tía soltera, al trapero, al vagabundo. De aquel
niño que descubría la música a través de canciones con aroma a postguerra.
¿Qué música guarda en su primera memoria?
Mi primer recuerdo musical pasa por dos personas: Juan Valderrama y Conchita Piquer. A partir de ahí
podemos tirar del hilo, pero siempre saldrá canción española en forma de zarzuela -en los teatros Victoria
y Cómico del Paralelo, con la compañía de Amadeo Vives-, el cuplé de antes de Sara Montiel, los boleros
de Antonio Machín, Juanito Segarra, Jorge Sepúlveda... Todos estos nombres se resumen en uno: la radio. Esa
maravilla con la que tengo una relación de amor absoluta, porque me parece el medio de comunicación más
emocional. La recuerdo como aquella ventana mágica abierta a sueños tan necesarios en una época sombría
como fueron los años 40 y 50.
Entonces, el mejor piropo es cuando le llaman tonadillero.
Esto fue Mónica Randall, antes Aurora Juliá, buena amiga del barrio, y Luis Morris, también un
gran amigo y actor, lamentablemente desaparecido. Y no me llamaban tonadillero, sino la tonadillera.
Una tonadilla que marca la vida de su barrio, el Poble Sec. ¿Qué mantiene de aquello?
Visito mucho el barrio. Mi madre, mis primos, mi familia, viven allí y voy bastante. El sábado pasado
hicimos la cena actual en la que nos reunimos los que crecimos juntos, y volvimos a contarnos las mismas
batallitas. Sólo hablamos de lo que fuimos. Pretender decir con esto que mantengo contacto con el barrio
sería estúpido, porque ha cambiado tanto como uno mismo. Ya se sabe que no es aquel barrio en que se
creció, pero aún se reconoce en algunas cosas y tratas de conservar aquello que forma parte de la referencia.
Y en la medida que uno no pretende resucitar cadáveres, hay que tratar al moribundo lo mejor posible.
«Los años me han alejado de mi calle (...) Yo he sido como vosotros, no quiero sentirme viejo esta
noche», cantaba en Per Sant Joan. ¿Continúa la añoranza?
Algo hay, pero creo que fue más fuerte en el primer desarraigo, cuando dejo de vivir allí y me voy
con mis padres buscando más luz y menos humedad. También notaba añoranza cuando estaban mis amigos en el
bar de siempre y yo aparecía, pero con un coche de cojones y una chavala de puta madre. Se sentían
orgullosos de mí cuando no estaba, pero cuando coincidíamos la realidad les colocaba en una situación
jodida. Han tenido que pasar los años para que, gracias a su buena voluntad y cariño, puedan reconocer
como su amigo a aquel tipo al que le han ido bien las cosas. El mérito es de ellos.
Las cosas empezaron a irle bien pronto. Me refiero a la música.
Empecé a tocar en un grupo de rock and roll de la época, pero en 1965 ya compongo mis
primeras canciones. En mayo de ese año me incorporo al grupo Els Setze Jutges (Los 16 Jueces), era
el número 13, y grabo mi primer disco con las canciones La mort de l'avi, El mocador, Ella em deixa
y Una guitarra. En 1966 publico Ara que tinc vint anys, que me dio a conocer en Cataluña, y
después Cançó de matinada, que me hace popular en el resto del Estado español. Fue la primera canción
en catalán, y creo que la única, que llegó a número uno en las listas del Estado, cosa insólita en aquel
momento por la situación de ostracismo a la que el catalán estaba sometido en los medios de comunicación.
Y hay que hacer notar que eran tiempos en los que sólo existía una lista de éxitos.
Resulta chocante el éxito de un tonadillero entre un público que desconocía, cuando no
despreciaba, la tonadilla.
Hubo una generación que despreció todo lo que ignoraba. La gente con fondo cultural, como Manolo
Vázquez Montalbán (hijo de la clase trabajadora) o Jaime Gil de Biedma (hijo de la burguesía), sentía
profunda admiración por la canción española. Despreciar a Rafael de León sólo puede hacerse a partir
de la ignorancia. Mi acercamiento a la canción francesa fue posterior, y el pop británico, Dylan y
demás llegan aún más tarde.
Y pasa de cantante con sabor de barrio a ídolo de multitudes. ¿Se puede hablar, y volvemos a
Vázquez Montalbán, de un Serrat poeta y un Serrat industrial de la canción?
Este paso no se produjo del día a la noche. Se realizó cuando un día de mayo de 1965, al mediodía
cantaba en casa y a las seis de la tarde me estrenaba en el Círculo Parroquial de Esplugues de Llobregat.
O cuando en marzo del 66 actúo con Els Setze Jutges, todos juntos en el escenario y el 1º de
abril doy mi primer recital solo en el Palau. Pero la llegada del éxito no fue como la elección de
miss Universo. Ahora, de lo que he huido siempre es de ser un industrial de la canción, me he
limitado a ser un artesano, que es hasta donde he podido llegar.
Este cambio de mundo, ¿significó un choque?
El choque es fruto de una reflexión previa y de una libertad. Cuando se me recriminó el que yo
cantara en castellano, lo cierto es que nunca había jurado no cantar en este idioma. No había utilizado
publicitariamente mi actitud monolingüística. Y lo único que traté de recordarles es el derecho de cada
uno a ser cada uno, y no a ser como el otro quiere que seas.
En aquellos años estuvo en el centro de la vorágine.
A lo mejor es el precio que uno tiene que pagar por su propia independencia. Esto suele disgustar,
sobre todo si pretendes ser tan claro como renunciar a ir a Eurovisión en 1968 si no es cantando en
catalán, pero sin renunciar tampoco a cantar en castellano. Pretendía que el hecho de la realidad
lingüística de Cataluña apareciera respetada y con una proyección de futuro. Aunque te casquen por los
dos lados, creo que un hombre público tiene la obligación de defender sus opciones, porque está actuando
en nombre de los sin voz, de los que no pueden aparecer ni hablar, que son muchos.
¿Qué precio hay que pagar por intentar defender el tipo?
Siempre he preferido pasar miedo y apuros ante que vergüenza.
¿Cuándo se normalizó su situación?
Al acabar lo de Eurovisión aparece el Proceso de Burgos, lo cual da muy poco margen de normalización,
porque vuelvo a sufrir con otros compañeros una época de represión muy fuerte. Cuando mis discos no se
radiaban, ni mi nombre aparecía en las publicaciones, ni me contrataban para trabajar, tuve que irme
a América. Conocí un mundo absolutamente nuevo. Quizá es el único momento en el que existe un antes y
un después. Aquella primera gira, que duró ocho meses entre 1969 y 1970, fue un descubrimiento maravilloso,
una historia de amor que 23 años después, sigue ahí con grandes alegrías, profundas decepciones y
enormes tristezas. He vivido una gran relación con esas tierras.
Hablábamos de normalización.
La situación no se normaliza hasta 1973, que es cuando vuelvo a hacer un programa de televisión.
Hoy, 20 años después, resulta difícil encontrar reediciones de sus primeras canciones en catalán.
En castellano, en cambio, está publicada toda su obra. No parece muy normal.
En la cançó hemos sufrido un profundo retroceso. A finales de los 60 y principios de
los 70, Cataluña podía presumir de un gran equipo de músicos -desde Raimon a Pau Riba, desde Llach a
Serrat, con grupos haciendo música progresiva o folk-, que no te encontrabas en otros países europeos
con más posibilidades. Pero en 1976, parecía que la cançó era un hecho reservado para las dictaduras,
para el franquismo. La mayoría no teníamos un pensamiento conservador, y cuando la derecha ganó las
elecciones autonómicas en Cataluña, al no tener gente cercana no dio facilidades. Esto es lo que hace
que sólo tres o cuatro de nosotros podamos sobrevivir, porque tenemos otros mercados. El resto ha sufrido esta
terrible y dura condena de los que presumen de democracia y son muy intolerantes.
¿No se ha producido también un abandono popular?
¿Cómo puede algo ser popular si no pasa por los medios de comunicación? Los franceses y los
italianos tienen mucho que enseñarnos. Siempre recordaré cuando Modugno comenzó a ponerse enfermo,
la tristeza italiana por el artista que les había cantado Volare y formaba parte de su patrimonio
cultural. Uno no aspira a tanto.
En los últimos años, sus discos aparecen bastante más espaciados.
Trabajo lento. Mi rendimiento es muy bajo, y ahora aún más porque me complico y busco más cosas.
Pero no me provoca ningún tipo de angustia porque tampoco me marco plazos. Es lo que produce los mejores
resultados. Y pienso seguir escribiendo en catalán y en castellano, sin medir proporciones.
¿Se ha sentido atrapado por la industria?
Decía Pere Quart que todo en esta vida es relativo, aproximado y provisional. El responsable
directo de que mi último disco Utopía, no haya ido mejor, y eso que no ha ido mal, he sido yo.
Lo presento en Madrid, al día siguiente me voy a América y lo dejo huérfano. Y es uno de los que más
me gustan.
Tampoco es que la utopía sea un valor en alza...
Sólo se equivoca quien apuesta a favor de la realidad inmediata, que se va a modificar. Y es
muy probable que se modifique hacia ciertos planteamientos a favor de las utopías, de la solidaridad,
de un mundo más justo, de ir contra el vellocino de oro, para tratar de que el progreso sea realmente
que el hombre sea capaz de vivir mejor, en el sentido de que no todo se valore a partir del dinero,
de la economía, de la posición o del éxito.
¿Dónde duele el desgaste del medio siglo?
Lo del desgaste es jodido. Es evidente que tiene que ocurrir, pero Aurora Redondo está trabajando
en Barcelona y tiene 94 pirulos. Ve y háblale del desgaste. Tampoco aspiro a tanto, pero es un buen
síntoma llegar a estas alturas del partido con ganas de seguir ejerciendo un oficio de muchos años,
duro y agradecido. Está el examen cotidiano al que uno se obliga, pero hay estímulos que llegan de la gente y de
la calle. Lo que más me gusta de mi oficio es meterme en un coche y llegar a las ciudades, recuperar
amigos y conocidos, comer las cosas que voy descubriendo, sentir humedades y sequedades, oler cosas.
La vida es el gran enriquecimiento que produce ir pillando de todos los lados.
¿Qué papel cree haber jugado en la música y en la cultura de los últimos 30 años?
Aquí entre todos lo hacemos todo, como decía Joan Fuster. Todo se produce por una actitud
colectiva, y no debo haber jugado un papel tan importante porque todavía no me han ofrecido la orden
de Isabel la Católica. Oye, esto es de coña, a ver si van a creer que soy como la que pedía el marquesado.
Respecto a lo del cumpleaños, a mis amigos les digo que no se apuren; estoy cojonudo, tengo una salud
espléndida, aparentemente, y la fortuna de tenerlos a ellos y a una familia que me ayuda. Estoy dabuti
[sic], o sea que tranquilos. A mis enemigos, que lean lo que digo a mis amigos. Estoy contento porque
los 50 años que llevo recorridos los he vividos. No puedo quejarme.
Ahora que tiene cincuenta años
por Manuel Vázquez Montalbán
Los que hemos nacido en los barrios que le sobraban a la burguesía de la ciudad,
y hemos captado, en un momento impreciso de nuestra vida, la diferencia de códigos entre los sectores
sociales dominantes y los dominados, próximos los primeros a la verbalidad por la verbalidad y los de
los segundos al silencio por la expropiación del lenguaje, a veces hemos tenido la oportunidad de dar la
vuelta a esta situación. Así como hubo hijos de la burguesía más burguesía que se hicieron hipermarxistas
para robarle la ciencia al socialismo, a los trabajadores, y pasársela a la patronal, unos cuantos
herederos de las clases subalternas ejercimos de comando no programado, capaz de adentrarnos en la otra
ciudad y captar su sentimentalidad sin perder la nuestra, apoderándonos de códigos que nos fascinaban
al tiempo que descubríamos que estaban preparados para dominar a través del lenguaje. Pido disculpas
por aprovechar la ocasión de hablar de Serrat para implicarme, pero él y yo somos hijos de la misma gente,
casi de la misma mezcla y de barrios tan parecidos que el uno prolonga al otro más allá del imaginario
vacío amurallado de las Rondas de Barcelona.
El Serrat que canta el rocío de la mañana, cargado de xarneguismo, de
mestizaje, nos desdice al que juguetea con el charlestón para describir la sentimentalidad del cazador
de conillets de vellut (conejitos de terciopelo) en su etapa de Pijoaparte cantante a la conquista
de la ciudad emergente y valga como metáfora. Pero cante al xarnego de Badalona, o a la muchacha
que le sabe a hierba, o a la moral incorrupta de Pablo Iglesias, o a la más metafísica de las canciones
de Machado, o a la más melancólicamente lúdica de Guy Beart, o a personajes más o menos fronterizos
de la gauche divine, hay una sentimentalidad de partida, una mirada de muchacho que desde el Poble Sec,
en las rampas de Montjuïc, alguna vez ensoñó la premonición, sólo temporalmente aplazada, de Jaime Gil de
Biedma de que alguna vez los sumergidos sociales se apoderarán de la ciudad emergente, siempre desde la
elegancia social con la que Jaime presentía catástrofes que afectarían sobre todo a su propia clase patricial
y probablemente a él mismo, como compañero de viaje.
El consenso popular establecido en torno a Serrat, así en España como en Latinoamérica,
donde he podido constatar que es un símbolo de solidaridad, sólo puede entenderse desde esa complicidad
de punto de vista de partida, de retina, desde la internacionalidad de la mirada crítica y emancipatoria.
Serrat lo ha conseguido con la pluralidad de registros de los mejores cantautores a los que nada de lo humano
les es extraño, ni siquiera el amor, la depresión personal e intransferible, pero también la esperanza
colectiva. Ahora que ya tiene cincuenta años es un gozo comprobar que todavía no tiene el alma muerta...
enmendando a aquel impertinente muchacho de hace treinta años que temía el paso del tiempo como una guadaña
castradora de las mejoras inocencias.
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