|
|
Revista Sobremesa
Número 149
Texto: Lorenzo Díaz
Fotografías: Javier Salas
«Soy un catalán, hijo del mestizaje»
Se enfrentó a Franco y Pinochet y fue represaliado. Tiene más de 35 LP's en el mercado y es un mito viviente con
sólo cincuenta años. En Buenos Aires reunió a más personal que el Papa Wojtyla. Ha hecho más por la divulgación de la poesía de Antonio
Machado y Miguel Hernández que toda la cultura mediática y sabe más de vinos que algún enólogo de cabecera. Distingue una cosecha con la pericia
de un sumiller y conoce la proporción de cencibel y cabernet sauvignon que lleva un vino determinado.
De niño escuchaba la radio, se emocionaba con
Juanito Valderrama y la Piquer y aprendió geografía en aquellas viejas Iberias que su madre limpiaba con un plumero. Es el modelo de mestizaje
cultural más acabado que ha dado la Cataluña actual: padre catalán y anarquista, madre aragonesa, él, hombre de izquierdas que abraza todos los
proyectos solidarios y de progreso. Cuando los 'sociatas' estaban con el agua al cuello, Serrat no sintió remilgos en apoyarlos. Acabó con Premio
Extraordinario de su promoción la carrera de Perito Agrícola y, con todas las becas del mundo, estudió biológicas y en 1964 se presentó a un programa
de radio. Poco después grabó su primer disco sencillo que contiene la primera canción que compuso, «Una guitarra». Se incorporó al grupo «Els setze
jutges» (los 16 jueces), como miembro número 13.
El 1º de Abril de 1966 dio su primer recital en solitario en el Palau de la Música de Barcelona e
inició su irresistible ascensión a gloria nacional. Debido a su fama en todo el territorio español, en 1968, Televisión Española le eligió para
representar a España en el Festival de Eurovisión. Sin embargo, en el último momento renunció a cantar si no era en catalán, lo que propició una
fuerte campaña contra él desde medios oficiales. «Pretendía que el hecho de la realidad lingüística de Cataluña apareciera respetado y con una
proyección de futuro», ha explicado Serrat al respecto. Tras la polémica de Eurovisión, el joven músico se metería en otro jardín ideológico.
El proceso de Burgos y la represión del dictador llevaría al cantautor a un silencio obligado, cuando se prohibió la emisión de sus discos.
Decidiría cruzar el charco y hacer las Américas. «Quizá es el único momento en el que existe un antes y un después», subrayó Serrat en una entrevista
que concedió al diario «El País» en 1993.
Entre 1969 y 1970 fue su primera gira americana donde conseguiría éxitos de masas espectaculares. A partir
de 1968 comenzaría a cantar en castellano consiguiendo ensanchar considerablemente su audiencia. Riguroso, muy trabajador, exhibe un currículum
apabullante con joyas como «Ara que tinc 20 anys» (1966), «Cançó de matinada» (1967), «La tieta» (1967), «Manuel» (1968), «La, la, la» (1968),
«A Antonio Machado» (1969), «Mediterráneo» (1971), «Miguel Hernández» (1972), «Cada loco con su tema» (1983), «Fa 20 anys que tinc 20 anys» (1984),
«El Sur también existe» (1985), «Bienaventurados» (1987), «Material Sensible» (1989), «Utopía» 1992), etc...
Cuando se haga balance de la alta cultura musical de las dos últimas décadas Serrat aparecerá como una figura insuperable.
Sedujo a la cosecha del 68 y ahora el muy bribón lo hace con las hojas del gineceo progre. En el verano de 1996, con Víctor Manuel, Ana Belén y Miguel
Ríos llevaron su mejor música en una gira que conoció un éxito espectacular.
Viajamos a Barcelona y nos llevó a su terreno culinario, Casa Leopoldo, a espaldas de la Boquería. Nos pusimos en manos
de Rosa Gil y, después del reconfortante y contundente ágape, el niño 'proleta' de Poble Sec, un barrio popular de Barcelona situado entre el Paralelo
y la Montaña de Montjuic, comenzó a relatarnos sus recuerdos de la radio, de su entorno, de sus éxitos. E incluso hizo referencia a la excelente bodega
que posee debajo de su casa y que tiene tantas botellas que nunca se las podrá beber. Luis Betónica me confesó días pasados que la mejor carn d'olla
(cocido catalán) que se zampó en su vida se la hizo Serrat. El periodista Manuel Leguineche dijo de él cuando cumplió el medio siglo: «Es un tipo sentimental,
juguetón, vitalista, pesimista activo, optimista trágico y coherente consigo mismo. En su música y en su vida la gente está siempre delante. El Poble Sec le
ha dado al Nano ese cordón umbilical con la vida y la calle, el sentido común, la listeza, la capacidad de comunicación»
«La radio fue una ventana mágica abierta a sueños tan necesarios en una época sombría como fueron los años 40 y 50. Con ella tuve y tengo una relación
de amor absoluta. Mi primer recuerdo musical pasa por dos personas: Juanito Valderrama y Concha Piquer. La canción española en forma de zarzuela, el cuplé
de antes de Sara Montiel, los boleros de Antonio Machín, Juanito Segarra, Jorge Sepúlveda, el compositor Rafael de León... todos ellos a través de la radio.
Mi fábrica de sueños, algo así como Hollywood para los cinéfilos. Y tengo un recuerdo imborrable de la llegada de los expedicionarios de la División Azul en
el Semiramis, que fue algo parecido a la boda de Fabiola en Televisión. Toda España estaba al loro de la transmisión. Y ahí tienes a Juan Manuel Soriano ese
fino locutor, doblador, que fue olvidado en vida»...
Pero, ¿cómo un Premio Extraordinario de su promoción, un perito agrícola brillante, acaba cogiendo la guitarra y se hace cantante y compositor en lugar
de ejercer de agrónomo?
Fue durante mis años universitarios cuando empecé a tener mayor contacto con la música y, para dedicarme de lleno a ella, abandoné la carrera de Biológicas.
En 1964 me presenté a un programa de radio y poco después grabé mi primer disco que contiene la primera canción que compuse «Una guitarra». Yo soy hijo del mestizaje
cultural catalán. Mi padre era obrero y anarquista, de profesión lampista. Mi madre era originaria de Belchite. En Barcelona, en mi calle natal, Poeta Cabanyes, las secuelas
del inmediato y sangriento pasado aún tenían nombres concretos: hambre, estraperlo, persecución política y toda la agobiante mediocridad de un régimen autárquico
impuesto por las armas. Yo, gracias a las becas, pude estudiar y acabar en la Universidad Laboral de Tarragona y cuando terminé, la salida era la venta de productos
o maquinaria y no otra dimensión de la profesión. Recuerdo que me presenté a un curso de sexador de pollos y me dieron una beca de 250.000 pesetas, todo un dineral
para la época. Pero, al final, el aprendizaje era precario y no dominabas el oficio como lo hacen los japoneses.
¿Y no resulta nada paradójico que el hijo de un rojo acabe estudiando en la Universidad Laboral?
Hombre, lo paradójico hubiera sido que el hijo de un obrero, rojo, estudiase en Norteamérica, pero ¿cómo llenar las universidades laborales si no es con los
hijos de los obreros? Fueron mis propios compañeros los que me animaron a probar fortuna en solitario como músico y acabé integrándome en el movimiento Nova Cançó
Catalana y debutando en público como miembro número 13 de Els Setze Jutges (Los dieciséis jueces), un movimiento que, desde la música popular, aboga por la
recuperación de un sentimiento nacional estrangulado por el franquismo y por la normalización y el acceso a los medios de comunicación de la lengua y la cultura catalana.
Cuando ahora veo el comportamiento de algunos personajes como Federico Jiménez Losantos o Amando de Miguel me hago cruces. No han entendido nada de su paso por Cataluña
y están todos los días echando leña al fuego. Me sorprendo, aunque debo reconocer que son casos excepcionales, porque ahí tienes al que fue rector de la Menéndez Pelayo,
Santiago Roldán, que ha muerto en estos días, lo bien que se integró en esta cultura.
Siempre me ha admirado tu sentido común, tu coherencia política al apoyar una opción ideológica aunque estén cayendo chuzos de punta. A ti no se te han caído los
anillos por apoyar al PSOE aunque no fueran buenos momentos para la lírica socialdemócrata.
Nunca he tenido un sentido pragmático porque eso hubiera sido oportunista y nunca da resultado. Siempre me he dejado llevar en mis actitudes por el subconsciente
más que por algo muy elaborado. Puede decirse que he actuado por instinto de clase, hay algo por dentro que te empuja, que te conduce a actuar de una manera determinada.
Recuerdo una anécdota que protagonizó mi madre y es que un día le pregunté, algo confuso, de dónde era. No sabía muy bien si era catalán o aragonés, y ella me dijo:
«Yo soy de donde comen mis hijos». Y este es uno de los axiomas de mi vida. La gente tiene que ser agradecida al entorno que le dio la vida y que luego fue generoso
con él.
Precisamente, en tu rica oferta musical hay canciones extraordinarias, plenas de sentimentalidad como «La tieta». Es curioso pero mucha gente olvida que en el
1967 con Franco vivito y coleando tú te convertiste en número uno de ventas gracias a canciones como «Paraules d'amor» y «Cançó de matinada».
Hasta entonces la canción cantada en catalán no había conseguido ser número uno en España. Pero llegaría Paco con las rebajas y estalla el escándalo Eurovisión.
Me niego a cantar en el festival si no es en catalán. El llamado Eurofestival todavía era en aquellos años un certamen de enorme audiencia y para el régimen franquista,
un altavoz donde poder colar una imagen de cierta normalidad. Piensan que yo puedo dar una imagen juvenil, distinta y moderadamente rebelde de un país amordazado. Mi
primer enfrentamiento directo con el franquismo se cierra con un veto de cinco años en la radio y en la televisión oficiales. No obstante, aunque la España oficial me ignora,
yo sigo funcionando y el álbum sobre poemas de Antonio Machado se convierte en un gran éxito y me abre un nuevo mundo, Latinoamérica...
Has dicho que hay un antes y un después de ir a América.
Pues sí. Mi primera gira americana duró ocho meses entre 1969 y 1970. Yo me defino como un sudaca de Barcelona. Voy con el álbum de Antonio Machado, y canciones como
«Cantares» o «La saeta» se convierten en imprescindibles dentro de mi repertorio, y me relación con Latinoamérica acaba en una historia de amor correspondida.
Mediterráneo (1971) y Miguel Hernández (1972) no hacen sino traducir un mundo al que pone música y sentimientos. Serrat incluso suena cercano
para los latinoamericanos cuando canta «Qué le voy a hacer, si yo nací en el Mediterráneo». Y también con las palabras de Miguel Hernández «Para la libertad, sangro, lucho,
pervivo...», canta algo más que la estrofa de un poema: la tenacidad para combatir la intolerancia y el oscurantismo. En una segunda gira por Latinoamérica, y ante los
últimos fusilamientos de Franco, no rehuye el encuentro con los periodistas y declara su absoluto repudio a la pena de muerte, a la violencia establecida y oficial. Piden
los ultras la cabeza de Serrat, prohiben sus discos y, por fin, Adolfo Suárez es nombrado Presidente del Gobierno y España conoce un indulto real. Vuelve Serrat un año
después de la muerte del dictador y es recibido en olor de multitudes.
Viene la normalización, el reencuentro con una privacidad creativa, el matrimonio con Candela Tiffón. En junio de 1983 vuelves de nuevo a América...
Habían pasado ocho años de ausencia. Buenos Aires es mi primera escala y un periódico de allí señala: «Vuelve, aunque jamás se haya ido».
Después de «Cada loco con su tema» y «Fa vint anys que tinc anys» (1984) Serrat subraya de nuevo su historia de amor sudaca con un disco
«El sur también existe», todo un homenaje de gratitud a gentes y países que le han marcado para siempre. Toda una auténtica declaración de principios: «El Norte es
el que ordena / pero aquí abajo / cerca de las raíces / es donde la memoria / ningún recuerdo omite / que todo el mundo sepa / que el Sur también existe».
He vivido jornadas emotivas como el día que me escucharon en la Plaza del Congreso, en Buenos Aires, 200.000 espectadores. Cuando veo a tanta gente reunida
cantando a la solidaridad y al progreso no entiendo cómo pudimos vivir aquel régimen totalitario, soberbio y prepotente. Y, si exhibí algún gesto de valentía frente
al dictador, seguramente era porque entonces uno tenía pocos años. Mi mestizaje cultural, familiar, me enseñó a respetar, a erradicar actitudes cerriles. También me ayuda
mucho viajar. Y claro, al final tiene uno toda una historia llena de hermosas peripecias y de momentos difíciles como cuando en octubre de 1988, apoyé el 'no' en el plebiscito
de Chile, viajé hasta allá pero sin poder participar porque las autoridades militares me prohibieron bajar del avión.
Y volviendo a temas más prosaicos, ¿cómo valoras ese esplendor de la cocina catalana con dos restaurantes 'tres estrellas' como El Bulli o El Racó de
Can Fabes?
Te diría que El Bulli más que un restaurante es un centro de experimentación que está dando resultados extraordinarios. Adriá es todo un genio de la imaginación:
me gusta mucho la búsqueda de toda esa gama de sensualidad que es el Mediterráneo y nuestra cultura. La reivindicación del sabor por encima de todo. Y hay que ir a El Bulli
con la expectativa de que te vas a encontrar en un sitio experimental donde te puede ocurrir de todo... siempre bueno. Me gusta también el restaurante de Carmen Ruscalleda
que tiene que luchar con el sitio hostil donde está ubicado. Pero yo siempre quiero reivindicar el Hispania donde el tratamiento del buen género es excepcional.
¿Y haces la compra de los asuntos de boca?
Voy con mucha frecuencia a La Boquería a comprar por placer y, cuando viajo por España, tengo en mi especial cuaderno de bitácora gastronómico toda una lista
de buenos restaurantes, de honorables casas de comidas donde te preparan platos tradicionales hechos con sabiduría milenaria y heredados por la tradición del boca en boca. Recuerdo que
en Valladolid, en Suazo, que el dueño te relataba la lista de platos como un narrador de cuentos y al final, siempre terminaba: «y, claro, huevos fritos con puntilla...», que
eran extraordinarios.
Tengo clara conciencia, querido Joan Manuel, que exceptuando a Juan Echanove, Imanol Arias, y para de contar, en tu gremio no se sabe comer, más bien 'guarrean'. ¿Es así?
(Risas) Hay de todo. Cuando tengo en la cabeza la gira que voy a hacer y las ciudades que voy a visitar tengo clarísimo en los sitios donde voy a comer. Sé siempre donde voy
a comer a mediodía. Si hay que dejar un día por medio se deja, pero no me pierdo ese lugar que tengo en el magín y en el que sé que se come bien. Víctor Manuel cocina muy bien y hace unos
platos de arroz primorosos. Juan Echanove creo que también guisotea bien, y yo soy un represaliado: no me dejan entrar en la cocina porque dicen en mi casa que guarreo mucho
cocinando.
¿Y qué valoración culinaria haces de Madrid?
En Madrid es el lugar del mundo donde mejor marisco se come, mejor que en Galicia. En la capital te encuentras cosas que en otros sitios no están valoradas: por ejemplo
puedes disfrutar de unos erizos estupendos. Carnes argentinas excelentes en De María. Se pueden comer buenas paellas en La Albufera. Pero si me permites, quiero hacer
un elogio merecido del personaje más importante que ha dado la cocina en este país: Juan Mari Arzak, extraordinario como persona y estupendo cocinero. Es bueno para sus compañeros
porque habla bien de ellos y los ayuda. Zalacaín es también un sitio hermoso.
¿Qué te ha ayudado a ti para triunfar: el talento, el sentido común, el azar?
El talento no te asegura la felicidad. Pero sí la perseverancia, el sentido común, el dar la cara. Cuando la crisis política de los últimos meses de la legislatura socialista nadie
se daba por aludido, nadie daba la cara. Ahora vamos para atrás de forma alarmante en el tema de la cultura, de la música, del cine, etc., pero confío en la sociedad civil española
que, a la manera de Italia, va con paso firme superando todas las trampas que le tienden algunos políticos.
Cuentan que te has comprado un terreno y quieres plantar cepas...
Me he comprado un campo en Navarra, entre las comunidades de La Rioja y Euskadi. Lo he comprado con la ilusión de hacer allí una bodega porque soy muy aficionado al vino y porque
creo que se puede hacer un buen producto, hay una excelente materia prima para trabajar. Aparte de los Chivite, que tienen una merecida fama, en Navarra se están sacando unos vinos
estupendos. Estoy muy asimilado con Viana, porque mi madre me mandaba en verano a coger fuerzas a ese pueblo tan agradable. Admiro a los hombres y mujeres de estas tierras que tienen
una personalidad deslumbrante: aparentan ser duros, recios, y luego tienen una gran ternura. Para los negocios tengo mala pata, cuando llego, la Comunidad ya ha cerrado todas las
ayudas. Esto es una ilusión, un proyecto que tengo en la cabeza, solamente es eso. Pero también me gusta mucho ir con mis amigos de aquí para allá e ir probando vinos. Yo me siento muy
bien cazando, pescando y pidiendo que se respeten las opiniones ajenas, cosa que echo mucho de menos. La pluralidad es necesaria para la convivencia y creo que Cataluña ha contribuido
de manera especial para que haya gobernabilidad. Ahora, cada día más, la intolerancia con lo ajeno pone de actualidad aquel bello y dramático poema de don Antonio Machado: «Castilla miserable, ayer
dominadora, envuelta en tus harapos desprecias cuanto ignoras».
|