22 de Octubre de 2000


Tarrés habla (horrores) de J. M. Serrat

por Daniel Samper Pizano




   Por primera vez, entrevista exclusiva con el personaje secreto que ha sido coautor de las canciones de Joan Manuel Serrat y a quien el artista catalán presenta en su nuevo disco.

    Alguna vez Joan Manuel Serrat descubrió un libro de palíndromos en la biblioteca de un amigo y quedó deslumbrado. Por él supo, primero, que era posible construir frases que dijeran lo mismo de la cabeza a la cola y de la cola a la cabeza; cosas tan sencillas como “Amor a Roma” o tan complicadas como “Allí por la tropa portado, traído a ese paraje de maniobras, una tipa como capitán usar boina me dejara, pese a odiar toda tropa por tal ropilla”.

    Luego supo que ese juego de palabras ocultaba algo más profundo, pues era apenas una imagen verbal de las dos personas que viajan en cada cuerpo: el yo y su otro-yo, el ser y su doble.

    Después aplicó el juego del espejo a su propio caso y encontró agazapado en el fondo de sí mismo un doble significativa y palindrómicamente llamado Tarrés.

    Y por último supo que todos estos hallazgos y piruetas lógicas y metafísicas fascinantes no eran fruto de su trabajo, sino que los había descubierto el propio Tarrés: Serrat habría sido incapaz de tanta magia.

    Eso ocurrió hace algunos años, y desde entonces Serrat lleva a cuestas a Tarrés que lleva a cuestas a Serrat. Ambos se tropiezan y se estimulan, y son camaradas y rivales entre sí. Serrat, mucho más juicioso y responsable. Más simplón, también. Tarrés, en cambio, mucho más divertido y sinvergüenza. Y tan hábil, ese tal Tarrés, que deja a Serrat las espinas de la fama –entrevistas, cocteles, facturas, señoras que preguntan pendejadas—mientras él se va al lecho con las rosas.

    El público que sigue devotamente a Serrat desde 1965, cuando grabó su primera canción, ha tenido que esperar 35 años para conocer al silencioso coautor de la vasta obra. Pero ya era imposible que siguiera escondiéndose. En Cansiones (ortografía por cuenta de Tarrés), el disco que acaba de aparecer, Serrat presenta a su amado y odiado doble; a él dedica la única pieza de estreno y confiesa que ha escogido con Tarrés las canciones latinoamericanas que forman parte del disco, entre ellas el paseo vallenato “El amor amor”. Lo único es que, estando de por medio la mano de Tarrés, no son las canciones tal como se conocen, sino el doble oculto de esas canciones.

    En fin, muy complicado para explicarlo. Es preciso que cada quien se ponga cómodo y lo oiga, ojalá agarrado de la mano de ese doble suyo que también lo acompaña clandestinamente.

    La entrevista que presentamos enseguida es una exclusiva histórica. Por primera vez Tarrés se digna responder un cuestionario, y lo hace para EL TIEMPO. El tejido de la fama, laborioso y aburrido, siempre ha corrido por cuenta de Serrat, pero en esta oportunidad lo asume Tarrés.

    La razón no está clara. Quizás por aprecio con el autor, o por asedio, o por capricho. O a lo mejor porque cree que es hora de que Serrat le deje a él un mordisco de gloria.

— ¿Sabe usted que “todos tenemos un doble que vive en las antípodas”, como dijo el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, y que el doble suyo es un cantautor llamado Joan Manuel Serrat?
— ¡Cómo no lo voy a saber, si Serrat es en buena parte obra mía! Lamentablemente, debo reconocerlo, la peor parte.

— ¿Sabe lo que dice Serrat de usted? Que él paga las deudas que usted olvida, que usted nunca tiene bastante, que usted abomina de él y lo niega donde va...
— ¿Eso dice? Es gracioso, Serrat. Ingenioso. Simpático. Y bocón e indiscreto, e incluso las dos cosas juntas.

— Dice también que usted camina para atrás y “escribe del revés”.
— ¡Dadrev se ose ed adan! Mire: le voy a contar un secreto: el que camina para atrás es él. Es un acomplejado, un tipo que nunca te presenta la espalda cuando viene hacia ti. Pero no se lo vaya a decir porque se llevaría un disgusto enorme.

— Descríbase físicamente...
— Bueno... camino para atrás y escribo del revés. De resto me parezco mucho a él, pero en mejor

— ¿Cómo puede saber el ciudadano promedio cuándo está hablando con Tarrés y cuándo con Serrat?
— Es muy fácil: observando los calcetines. Yo siempre uso el izquierdo en el pie derecho y el derecho en el izquierdo. Serrat, en cambio, es tradicionalista y usa cada uno en su correspondiente pie.

— ¿Y cuando están descalzos y no llevan medias?
— Ahí ni siquiera yo sé si soy Serrat o Tarrés.

— Serrat dice que usted es su palíndromo. ¿Es eso cierto?
— De momento lo niego enfáticamente, mientras averiguo cuál es ese nuevo insulto. Jamás me había acusado antes de eso.

— ¿Tiene usted mujer e hijos?
— No, señor: ¡qué responsabilidad! Además, ¿para qué quiero yo mujer e hijos, si ya tengo los de Serrat? Con ellos tengo prou.

— Si Serrat, su doble, es hincha del Barcelona FBC, ¿podría pensarse que usted lo es del Real Madrid?
— Mire usted: yo podré ser palíndromo, pero no canalla. Además, qué pregunta tan idiota: el doble de un equipo de balompié no es otro equipo de balompié, sino uno de balonmano.

— Dice Serrat que usted es noctámbulo, alcohólico, caótico, erótico, anárquico...
— Lo dice por cariño y por mi bien. Además soy simbólico, errático, místico, exótico, artrítico y ahora me dicen que también palíndromo.

— Y asegura también Serrat que usted colecciona cosas extrañas.
— Sí. Colecciono ligas, rizos, risas, miradas, crepúsculos, gestos patrióticos kitsch y estampillas áreas del siglo XVII, que hasta ahora me han dado mucho trabajo.

— Por lo que dice Serrat, usted abusa de él y vive a costillas suyas.
— No creo que haya dicho semejante cosa. No entendería yo que alguien a quien he dado tanto –mis deudas, mis acreedores, mis guayabos, mis vales, mis pagarés—sea capaz de hablar de mí de esa manera. Aunque nunca se sabe...

— A pesar de sus diferencias, parece que les atraen las mismas canciones.
— Eso sí es verdad: yo he sido su mentor en la búsqueda de la felicidad, su guía en el asombro, la mirada de sus ojos, el tacto de su piel... Es natural, pues, que nos gusten las mismas cosas. A menudo, cuando yo canto estas cansiones, escucho que él, detrás de mí, las tararea o las repite en voz baja.

— Sabemos que siempre viajan juntos. ¿Cómo son sus viajes?
— Viajamos siempre juntos: él en clase ejecutiva y yo en turista. Pero somos tan cercanos, que él paga sus billetes y yo viajo con sus puntos.

— Nos gustaría sabe algo más sobre las diferencias entre ustedes. Por ejemplo: ¿Les gustan los animales?
— Sí, pero cada uno a su modo. A Serrat le habría gustado haber inventado el caballo y, como animal de compañía, él prefiere el perro; a mí me habría gustado haber diseñado la jirafa y el rinoceronte, y, como animal, prefiero la ladilla.

— ¿Bailan?
— Bueno, gracias. El baila mal, y yo bien. Lo dicen quienes nos han visto o probado; Serrat mismo lo reconoce, en un raro gesto de nobleza.

— ¿Creen en el Zodiaco?
— Nacimos el mismo día, pero él se quedó con el Capricornio que me correspondía, y a mí, por ser su doble, me tocó Géminis.

— ¿Cuáles son sus personajes favoritos?
— Los de Serrat no lo sé: supongo que Rembrandt y otros músicos. Los míos son Madame Claude, la que regenta en Tánger El Jardín Esmeralda; Luis Buñuel, que preparaba un magnífico dry martini; y la Pecosa Teresa, cuyas morcillas bogotanas han sido clasificadas con tres tenedores y ocho colesteroles.

— ¿Creen en ciertos actos de solidaridad, como donar órganos?
— Bueno, a mí más que donar órganos me gusta prestarlos. Sé que Serrat es donante de sangre, y yo lo soy de esperma.

— ¿Comparten comidas?
— Sí, hombre, compartimos todo: ya le he dicho que somos simbióticos.

— ¿Cuáles son sus diferencias como creadores de música?
— Mire usted, ¿cómo le dijera?... Serrat canta al Mediterráneo: yo me zambullo en él... Serrat toca madera: yo toco congas... A Serrat le gusta cada loco con su tema; a mí me gusta cada tema con su loco... El habla de los fantasmas del Roxy: yo bailé con los fantasmas... Serrat cuenta la historia de Benito: yo heredé los zapatos de Benito... El hace un poema lírico a las sombras de la china: yo me acosté con la china... Serrat dice a una chica que su nombre le sabe a yerba: yo le vendo la yerba a Serrat... Serrat proclama que el sur también existe: yo me contento con ser el sur de Serrat...

— A Serrat le gusta la poesía: ha hecho canciones con poemas de Machado, Hernández, León Felipe, Benedetti... ¿A usted también le gusta?
— Me encanta, pero no la poesía perfecta que le gusta Serrat. A mí me interesa la poesía minusválida, coja, circunstancial. Por ejemplo, mi poema favorito en España es aquel que consiguió una rima imposible para la palabra lámpara. Dice así:

El panadero, debajo de la lámpara,
la harina amasa con tacto y frenesí.
Y en el horno, dorado, saca el pan para ti

   En cuanto a la poesía colombiana, me gustan mucho los versos de Luis Carlos López, a pesar de que no son cojos sino tuertos.

— He aquí algunas cosas más que Serrat dice sobre usted: que duerme de día y que es cabeciduro...
— Pues me parece muy mal que él ande contando las intimidades de los demás. Yo tengo un principio invulnerable: la vida privada es sagrada. Es como si yo me pusiera a contar lo de sus almorranas o su afición a dormir abrazado a un osito de felpa: ¿qué pensarían sus hinchas?

— Pero también dice cosas buenas: que cuando usted no está los amigos se van, el licor se atraganta y no lo quiere su amor...
— ¡Que se joda Serrat! Porque, normalmente, cuando yo no estoy es porque él me ha echado a patadas. Además, alguien tiene que trabajar cuando él se divierte. Pero no sé quién es ese que trabaja.

— También dice que usted es políglota.
— Pues sí: me emborracho en doce idiomas, pero reconozco que, debido a las limitaciones de mi educación formal, sólo sé leer en italiano, sólo sé escribir en alemán y soy analfabeto en guaraní, lengua que no se escribe. Además, aprendí el lenguaje de manos en alfabeto latino, pero la artritis me obligó a pasarme al cirílico.

— Y afirma, finalmente, que usted no ha trabajado nunca.
— Miente. El mismo me colocó una vez en el taller de reparación automotriz de un hospital, y de allí me echaron por exceso de celo, porque escribí la palabra ambulancia al revés. Pero fíjese lo que son las cosas: el tiempo ha acabado por darme la razón. Ahora todas las ambulancias llevan escrito su letrero al revés. Es el gran legado que dejo a la civilización occidental, y que me permite descansar con la conciencia tranquila.

— ¿Conoce el disco que ha lanzado Serrat con canciones que, según dice, cantaron juntos él y usted en sus viajes?
— ¿Cómo que si lo conozco? Ese disco lo inventé yo: yo escogí las cansiones, yo convencí a Serrat de grabarlas, y, si no hubiera sido por mí, habría aparecido en la carátula un horrible error de ortografía. ¿Sabe usted que el pobre había escrito Canciones, con ce de Karlos?

— ¿Qué piensa decirle a Serrat, ahora cuando lo ha vuelto internacionalmente famoso?
— Cuando lo vea, una noche de estas, le diré dónde puede depositarme el dinero del disco que me corresponde. Le voy a hacer una rebaja especial: aunque soy el doble, me contento con que me dé la mitad. Es que, en el fondo, yo a Serrat lo quiero mucho.


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