6 de Abril de 1999

JOAN MANUEL SERRAT

LLUÍS AMIGUET
Barcelona

¡Tengo 55 y perfecto! Nací en Guinardó, crecí en Poble Sec y vivo en Vallcarca. Casado, 3 hijos: Juan Manuel, 29 años; María, 19 y Candela, 12. Creo en las ideas y en la necesidad de que convivan. Conduzco mi furgoneta: dejé la moto por un susto. Odio a los "abusananos". Llevo 100 conciertos en seis meses y, ahora, en Barcelona...



«Se nos quedaron cortos los sueños...»



— Después de 300 canciones, ¿ya sabe de qué va la vida?
— Pues claro que no. Sigo tratando de enterarme, pero confirmo cada día que la vida es mágica e irrepetible.

— ¿Le ponemos letra a su vida? ¿Desde el principio...?
— Pues el principio para mí es "El meu carrer", que "és fosc i tort, te gust de port i nom de poeta..."

— Su calle de Poble Sec, ¿no era Poeta Cabanyes?
— Sí. Un poeta del siglo pasado que muere muy joven, no excesivamente brillante y de obra corta y muy discutida, pero es mi calle: empinada, oscura, y la curva esa puñetera al final...

— Sigamos: ¿antes de "Tinc vint anys"...?
— Pues "La primera", una canción dedicada a una mujer de la vida...

— ¿De la vida?
— Pues sí. Yo estoy muy agradecido a aquella señora puta. Y lo estoy por el trato tierno que me dio esa primera vez, estando yo en situación tan delicada... de inferioridad.

— ¿No fue cutre y depresivo?
— Nooooo. Hay una idea generalizada de que es deprimente... Pues para mí fue estupendo, me lo pasé divinamente. ¡Y la verdad es que repetí!

— Habrá algunos lectores que deplorarán esa franqueza.
— Pues si les molesta leer esto en "la contra", que vayan unas páginas atrás y se encontrarán todo tipo de servicios anunciados...

— Bueno. ¿Y además de "La primera"?
— Pues lo que le he dicho. Las tres patas, las tres "c" de cualquier chaval: calle, casa y colegio. Y mi "C" de casa es enorme. Mi familia me apoya un montón. Por eso, ¿sabe?, soy un hombre de familia, nacido y criado en familia y que pretende seguir con ella. Estoy a gusto en familia.

— Usted, educación sentimental de tantos... ¿Cómo fue la suya?
— La de cualquier barcelonés de la época, aprendiendo a salto de mata lo que no se enseñaba en ningún sitio. Mis desengaños he tenido, sí, pero con suerte, no demasiado duros. Ellas me han tratado a mí mejor que yo a ellas.

— En resumen...
— La síntesis de mi experiencia en eso tan difícil de amar y ser amado se la daré en dos versos: "Donde quiera que estés, te gustará saber/ que te pude olvidar y no he querido"...

— ¿Y cuándo ha habido canciones tristes?
— El día que me hice de golpe todo lo mayor que soy, que es poco, cuando murió mi madre. Y guardo otra, amarga, para el exilio.

— De eso hace mucho, ¿no?
— Veinticuatro años, pero lo recuerdo como una época jodida y reciente. Aquellos once meses exiliado me pesan mucho aún.

— ¿Otras paradojas de la memoria?
— Al mirar atrás, la buena noticia es que la democracia es mucho más vivible que la dictadura; la mala es que a mí y a muchos como yo los sueños se nos quedaron cortos... Pero hoy las calles son más anchas.

— ¿Cómo?
— Sí, hombre, sí. Un chaval de mi calle hoy tiene más luz y más alegría y más servicios y mejores escuelas y hospitales que nosotros. Por eso me da igual si el decorado de mi niñez yace bajo las excavadoras.

— ¿Alguna otra cosa perdida también bajo los escombros?
— Pues no sé. La gente ha cambiado. Mi padre era obrero y orgulloso de serlo.

— ¿Y hoy no están tan orgullosos?
— Sigue habiendo tíos que trabajan diez horas al día, seis días a la semana, pero no se creen obreros, enmascaran su condición diciendo que son técnicos de no se qué.

— Progresan.
— Se engañan. No lo podemos conseguir todo todos. Aquí siguen estando levantadas las barreras del éxito o el fracaso y quien no las pasa, se queda igual, más sólo y tirado ahora que cuando un obrero era un obrero.

— Y el fútbol era fútbol.
— ¡Ah! Mi fútbol es donde la fantasía y la niñez se dan la mano. Es como cantar, lo mío: creatividad, pasión, emoción. Ese es el fútbol que a mí me gusta, no el que se ve. Porque cuando importa lo importante, lo de menos es el resultado.

— ¡Dios mío! Otra señora que viene a besarle... ¿Cómo se defiende del halago?
— Con la amistad.

— ¿El concierto de su vida?
— Pues ayer estuve en Villarrobledo, buena gente, muy buena. Me dejaron hacer mi trabajo y fuimos felices.

— ¿"El" concierto?
— En el Palau, año 67.

— A ver... ¡Treinta y dos años ya!
— Sí. Sólo con una guitarra, acumulando valor para sentar a mis padres a la mesa y decirles que iba a ser cantante y frustar así su gran ilusión de tener un hijo en la universidad. Y es que antes se buscaba el ascenso social por la universidad y no por la anorexia con todas esas mamás que quieren hijas top model.

— También fue usted sexador de pollos.
— Y mi primer duro lo gané de monaguillo, pero no le doy importancia, porque lo gané sin trabajar.

— Veo que la religión le ayudó.
— Sí, son estupendas las religiones, siempre que no sean obligatorias. Son manuales de espiritualidad que ayudan mucho a sentirse más acompañado en estos tiempos de soledad que nos angustian.

— ¡Si ha sido usted hasta periodista!
— Sí, buf, pero a mí no me va eso de escribir a fecha fija. Lo pasé fatal tratando de completar y cerrar a tiempo para que entraran en la edición mis crónicas del Tour...


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