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Entrevista en la revista «Viva» (Suplemento del diario Clarín)
19 de Noviembre de 2000
Texto de Jorge Guinzburg
«NO ME SIENTO UN PIBE, SOY UN PIBE»
¿Quién es Tarrés?
Tarrés es el alter ego de Serrat, ese otro yo que lleva Serrat dentro, es la parte de su humanidad que normalmente le salva, aunque la sociedad dirá que el que salva a Tarrés es Serrat.
¿Cómo lo salva?
Serrat lo salva a Tarrés suministrándole los medios vitales indispensables. Afeitándolo, lavándolo, sacándolo a hacer pi-pi, comprándole ropa, abrigándole, y todo eso. Serrat se encarga de decir dónde vamos, y Tarrés de que valga la pena haber ido donde Serrat dijo que íbamos.
Es el que lo vuelve divertido.
Creo que sí, es que Serrat no sabe. Está muy ocupado organizando, siempre piensa cosas, escribe. Tarrés es el que se sienta al lado y dice "¿por qué no pones esta otra cosa?". Es el que le da un poco de sentido a todo lo que Serrat hace.
El escritor portugués Fernando Pessoa tenía varios heterónimos.
Pessoa tenía muchísimos...
Uno es valiente y cobarde al mismo tiempo...
Es tan terrible cuando aparece el valiente absoluto, como cuando aparece el cobarde absoluto. Cuando aparece el Serrat absoluto, es realmente despreciable. Pero cuando aparece el Tarrés absoluto no es menos despreciable.
Fantaseaba que, a la manera de Pessoa, hubieras imaginado varios: Serrat, Tarrés, alguna mujer que hay dentro de ti.
De momento he empezado con estos dos. No sé dónde iré.
No sos de hablar con cualquiera.
(Carcajadas.) Estos dos me gustan mucho.
Cuando vuelvo de un viaje, generalmente me deprimo. Yo lo llamo el síndrome Ricchieri. ¿Qué te pasa a vos cuando agarrás la autopista Ricchieri, que tantas veces agarraste?
A mí me ocurre otra cosa: yo me deprimo instantes antes de salir. Hasta que entro en la sala de embarque del aeropuerto, ahí el cerebro se me transforma, y ya entra otro estado de ánimo. Luego paso unos días, la verdad, un poco más relajado, un poco más boludo de lo normal. Que son los que aprovecho siempre para hacer todo lo de la prensa, y todo lo que puedo...
Por ejemplo este reportaje.
Porque eso es lo que me distrae de lo otro, me va muy bien. Me debe pasar aquello que contaba García Márquez, que decía que el alma y el almario viajan a velocidades distintas. Tú viajas con el almario, entonces el alma va caminando a otro paso, más humano, y al cabo de tres, cuatro, cinco días, aparece, te llama a la puerta y te dice "estoy aquí".
A lo mejor yo me deprimo porque son viajes cortos, entonces recupero el alma sólo cuando vuelvo...
Como el dominical de Clarín no creo que vaya a buscarlo mi mujer a Las Ramblas, puedo confesarte que a lo mejor también el hecho de salir de una casa en la que uno vive con su mujer, dos hijas, la mucama y todo un ejército femenino que no te deja entrar a la cocina porque la dejas muy sucia, no te deja hablar por teléfono porque están ocupados, hace que me sienta maravilloso cuando me voy. Además cuando te vas te llenan de besos, de cosas así... Y uno sale de casa con un desconcierto muy grande.
No entiendo por qué el desconcierto: los besos y la alegría es porque te vas...
Evidentemente. Por eso me desconcierto.
¿Cómo eras de chico?
Más o menos como ahora, porque no renuncio a la niñez. La única etapa de la existencia humana a la que renuncio es a la adultez, aspiro a pasar de niño a viejo, dejándome el menor tiempo posible intermedio. Ya pasé el camino de la adolescencia, sufres mucho, el mundo se te hunde a cada momento. La juventud es una cosa maravillosa, pero es una enfermedad que se cura muy pronto. El otro estado es una porquería, entonces me volví rápidamente a la niñez.
Una de tus canciones que más me gusta es precisamente "Mi niñez".
Fue a partir de esta canción que decidí volver. Es una fantasía en la que hay bastante de realidad. Creo que ver el mundo con ojos de niño y escuchar con oídos de niño, ayuda a entender las cosas de una manera más coherente y equilibrada.
En esa canción decías "pasé por mi niñez imitando a mi hermano" ¿Cómo era la relación con ese hermano?
Mi familia es, como buena parte de las familias de posguerra, una mezcla de historias. Cuando me dicen "¿cuántos hermanos son?", digo: "Puedo ser desde hijo único a tener tres hermanos". Mi hermano es biológicamente hijo de mi padre y de otra madre. Luego tengo dos hermanas que no son biológicamente ni hijas de mi padre ni de mi madre, sino sobrinas de mi madre, fusilaron a sus padres cuando la guerra, y se criaron con nosotros. Son mis hermanas mayores, pero es difícil explicar cómo tienen dos apellidos distintos.
¿Tu hermano vivía en la misma casa?
Todos. Mi padre era viudo. Desde ahí iba incorporándose con pleno derecho todo el mundo. Como no teníamos nada, había para todos.
¿Él es mucho mayor?
Sí, siete años.
Fontanarrosa decía: "el que era bueno era el hermano".
Es cierto.
¿El que cantaba bien era tu hermano?
He escuchado cantar a mi madre, a mi padre, a mis hermanas, pero a mi hermano jamás lo he oído cantar. Él ha sido un tío maravilloso, cariñoso y sobre todo muy generoso, porque tener un hermano menor que sea el exitoso, el que mantiene la casa, el que hace todas esas cosas que teóricamente debía haber aportado él, pues lo ha llevado con una dignidad acojonante. Pero canta muy mal. jugaba muy bien al fútbol en la calle. En el primer colegio que fue, lo pusieron en el equipo. Al segundo partido devolvió las botas, las camisetas, todo; imagínate, en aquella época: "Estás loco, ¡las botas de cuero con los tirantes!". "Noooo -dijo-. ¿Tú sabes lo grande que es la cancha?" (Carcajadas.) Es un elemento muy especial mi hermano, ese sí que tiene un Tarrés...
Demasiado afuera lo tiene.
Uf, es enorme.
¿Qué cosa no te dejaba dormir cuando eras chico?
La humedad.
¿Por qué?
Porque Barcelona es una ciudad húmeda. No sé por qué, pero los años de posguerra fueron muy húmedos, las sábanas en la cama estaban siempre mojadas. Yo me metía en la cama de mi hermano, porque estaba más calentito, a pesar del olor de sus calcetines, que no se sacaba nunca. Como a la mañana la cama estaba caliente, uno de mis sueños era que la civilización hubiera progresado de modo tal, que todo el mundo estuviera hecho con rieles, la cama saliera directamente por los rieles, y me llevara hasta la escuela atravesando toda la calle, sin salir de la cama.
Qué buena idea.
Una maravilla. Y el segundo sueño era ver cine desde la cama, esto con la televisión lo pude cumplir. Pero el de los raíles, aún no he conseguido que la intendencia haga cargo a esta petición.
¿Tus viejos eran como en esas peIículas españolas, o eran humanos?
Eran como las películas italianas.
Qué tranquilidad. Porque en las peIículas españolas, los padres eran durísimos.
No, qué va. Conmigo fíjate si fueron buenos que consiguieron, a base de mucho sacrificio, que su hijo pudiera llegar a la universidad, y de pronto un muchacho, con una carrera de universidad terminada y otra a medio hacer, trabajando en un centro de investigación con notas brillantes, el orgullo de la familia, se presenta un día en casa y dice: "Me voy a dedicar a cantar. Me voy a dedicar a la música". Mi madre tuvo un desmayo provocado por el espanto.
Si no se suicidó es porque no era judía.
(Risas) Mi padre dijo: "Tranquila, mujer, que si el chico decide esto, él sabrá por qué lo hace". Ahí me dio una prueba de confianza absolutamente ciega. Nunca mejor dicho, porque yo no le hubiera dado a mi hijo, sabiendo lo que es esto, esa muestra de confianza. (Risas)
"Jamás le dejaría hacer a mi hijo las cosas que hice de las que estoy orgulloso."
Sí, sí.
¿Que carrera habías terminado?
Terminé Agronomía y estaba a mitad de Biología. Lo dejé porque el doctor Gadea, catedrático de Zoología, tercer curso, me llamó un día y me dijo que bajara a hacer las prácticas al laboratorio de la universidad. Dije: "Pero doctor, usted sabe que estoy laburando a 450 kilómetros. Yo soy aquel al que usted le manda objetos para que analice. Usted mismo me da trabajos...". "Sí, ya lo sé. Pero si no hace las prácticas, lo suspendo." Me abracé a él y le dije: "Muchas gracias. La Biología acaba de perder un talento". Me fui y a partir de ahí canté.
¿Le dedicaste algún disco?
No. Pero mis hijas y sus nietos han ido al mismo kindergarden, entonces cada vez que los padres, como idiotas, vamos a las fiestas ésas donde disfrazan a los niños y los hacen bailar cosas imbailables, lo único que me divertía a mí era saber que me iba a encontrar con Gadea. Lo buscaba afanosamente, supongo que él me huía, pero a fin de cuentas era un jardincillo, y no podía escapar. Al final caía en mis brazos, me abrazaba a él, lo besaba, y le decía: "¡Gracias Gadea!". Él se reía y se iba hasta el mes siguiente. La cosa ha durado tanto, que mi mujer al final estaba tan avergonzada que no me avisaba cuando teníamos que ir, porque no quería que montara el papelón aquél. Pues si alguien ve al doctor Gadea que lo abrace de mi parte.
Claro, que los biólogos...
...del mundo agradezcan a Gadea. (Risas)
En "Peor es nada" la última pregunta del reportaje era cómo fue tu primera vez.
Fue en la adolescencia, entrando en la juventud. Con un compañero volvíamos de correr una prueba atlética que se celebra anualmente en Barcelona, y volviendo hasta la casa atravesamos por el Barrio Chino, y nos perdimos un rato por allí. La verdad es que fue una experiencia tan urgente como frustrante.
Igual no te quitó las ganas de repetirla.
No, en absoluto.
Es curioso, es la única frustración que estimula.
Incluso sigo teniendo ganas en este momento. (Risas)
A mí no me mires.
(Risas) Sigo igual.
Cuando hacía esa pregunta provocaba cierta incomodidad. ¿Por qué incomoda hablar de sexo?
Debe haber un fondo represivo del que es muy difícil salirse. Se habla mucho de sexo, pero siempre hay debajo como una atadura a pecado, a oculto, a prohibido, a enfermo, a muerte, a transmisor.
En esta época sí.
Y en otras también, porque cuando no es el sida ha sido la sífilis.
Nosotros tuvimos una etapa desde la penicilina hasta hace pocos años...
Maravillosa. Esto es una de las cosas que más lamento de la juventud, en un momento en que ellos están bastante más liberados que nosotros, les ha caído la terrible historia ésta del sida.
Una vez a Borges le leyeron un poema y él dijo: "¡Qué bien escribe ese hombre!". El entrevistador le contestó: "Es un poema suyo". "No, ese es un poema de alguien que en 1946 podía escribir esas cosas; yo no podría". ¿Te pasa con alguna canción tuya?
Esto resume toda nuestra conversación: es el paso del tiempo, las cosas son producto de un tiempo determinado, hay historias que se pueden prolongar en lo que tú vas cambiando, y otras que se quedan en lo que tú fuiste en aquel momento. Borges era muy sabio en estas cosas, lo que decía no sólo se aplicaba a él.
Borges decía que él publicaba para no seguir corrigiendo.
Naturalmente. En un momento determinado tú tienes que detener lo que estás haciendo y decir hasta aquí llego. Si no volverías a hacerlo todo otra vez, todo.
¿En las canciones siempre se dice la verdad?
No, ¿qué es la verdad?
Eso de "no me siento extranjero en ningún lugar".
Hombre, es una exageración.
Ah, me tranquiliza. Si no me daba mucha envidia.
No podía decir "no me siento extranjero en México, Argentina, Chile, Perú...".
"España, y basta."
En España hay lugares en los que me siento profundamente extranjero. Incluso te diría: hay casas, en mi calle, en las que me siento extranjero.
¿Y tenías a los diez años la ambición de ser cura?
Creo que la palabra ahí está equivocada: tenía que haber puesto "la ilusión", "la ilusión de ser cura".
Te faltó tiempo para pulir la canción, pero fue un éxito.
Siempre puedo cambiarlo. Era ilusión, no quiero ser irreverente aquí, pero yo hacía santas misas en mi casa, y ponía altares.
En otra canción decías "de golpe me hice viejo/ sin mirarme al espejo".
Sí, porque uno se hace viejo a golpes de sensaciones.
Eras muy joven cuando lo decías.
Sí, pero no sabía lo que pasaba luego. (Risas)
A lo mejor la sensación que tenías era la de ser adulto, pero no rima con espejo.
No, "adulto sin mirarme el bulto".(carcajadas.)
¿Y en qué cosas te sentís un pibe?
No me siento un pibe, soy un pibe. Que me perdonen, pero...
Ese es Tarrés, no vos.
No, Tarrés me lo va traspasando. Sé perfectamente que no soy un pibe, pero lo que no quiero perder del pibe es todo aquello que va unido a la ilusión.
¿Cómo sos como padre?
Un aprendiz, como fue mi padre conmigo.
Diciendo cosas, ¿te escuchás como tu viejo?
No, porque no digo cosas a mis hijos. Mi padre tampoco me dijo muchas cosas, me educó mostrándose. Miraba a mi padre y aprendí lo que las palabras no pueden decir, y lo aprendí con la certeza de que aquello era verdad, cosa que las palabras tampoco te aseguran nunca.
¿Sos abuelo?
Tengo una nieta, pero no soy abuelo.
¿No la llevás a la plaza?
No.
Dios me libre y me guarde.
Pero como ahora voy a tener otro, estoy pensando que a lo mejor a este otro sí que lo llevaré. Porque me he dado cuenta de que la plaza brinda una cantidad de oportunidades. Lo descubrí con mis perros, ellos me han hecho un buen servicio
La plaza ofrece más posibilidades que cualquier boliche.
Sí, claro. Te sientas así, en el banco, con aquellas típicas conversaciones: "Pues a mí la pequeña no me come...Y me hace una caquita de un color tan extraño"... Terminan siendo conversaciones maravillosas...
¿Qué querían tus viejos de vos?
En el fondo querían que fuera un buen hombre, que fuera feliz, y por encima de todo que hiciera las cosas que ellos no pudieron tener. Yo pienso diferente con mis hijos: seguramente porque parten de una posición acomodada que mis padres no tenían. Lo que quiero es que sean ellos, y que sean lo más felices que la vida les permita ser, teniendo en cuenta que la felicidad es un estado de ánimo que te llega como gotas. Uno la espera como un río y es menos que gotas de lluvia.
Si te encontraras con ese pibe que fuiste a los 20 años, ¿cómo te vería?
No, él no me reconocería a mí. Yo a él sí, pero él a mí no. Para reconocerme a mí mismo tengo que mirarme al espejo. (Risas)
Menos mal que uno aparece por televisión, así la gente no nota tanto el cambio.
Es realmente una suerte.
¿Te recriminaría algo ese pibe?
No tiene nada que recriminarme. Sí acaso le recriminaría yo a él. Le diría: "¿Qué vienes a hacer aquí ahora? ¿Quién te llamó?". Me llevo bastante bien con mi pasado, lo que es una ventaja para sentarse con ese que uno ha sido constantemente. No hay uno a los veinte anos y otro ahora, toda esta combustión que es la vida nos va acompañando constantemente.
¿Fantaseás con tu retiro?
¡No, por Dios!
¿No pensás en un lugar?
No, tengo el mejor lugar. Hay dos cosas que pueden llevarte al retiro: una es que uno se aburra de lo que está haciendo, lo cual no me gustaría nada. Y otra sería que los demás se aburrieran, lo cual me entristecería todavía más. Mientras lo que yo haga interese a ellos y a mí, estoy muy a gusto. Y mientras el envase me lo permita, porque el envase es el gran limitador, a fin de cuentas.
¿Sentís alguna limitación al cantar?
No, no.
¿Hay alguna canción que hayas escrito a los veinte años y hoy no puedas cantar?
Hay cuestiones de tonalidad, pero bajando medio tono se soluciona. No creo que nadie devuelva las entradas del Gran Rex porque bajé medio tono en una canción. (Risas)
Se me ocurre que no. Que se levanten y te digan: "¡No! ¡Eso es así!".
"¡Eso era en fa, no en mi!" (Risas) Ayer fantaseaba con que me gustaría hacer un espectáculo en el que buscara un tipo en el público que siempre discutiera cosas. Curioso, porque no lo había pensado jamás en mi vida: ayer lo pensé, y hoy estoy hablando de esto contigo.
Cuando voy a tus recitales me irrita la gente que canta y te tapa. Desde el escenario, ¿lo vivís como un placer, o también te irrita?
Depende cómo me encuentre. Cuando estoy jodido de la voz, lo agradezco mucho. Y siempre lo entiendo con cariño.
Son irrespetuosamente cariñosos.
Acepto la parte del cariño y cualquier otra parte carece de importancia. Si ocurre esto hoy, quizá otro día me quejaré porque son respetuosamente fríos.
¿Te sentís un impostor en alguna cosa?
Me puedo sentir clandestino, fuera de la ley, pero un impostor noooo, es muy incómodo.
La primera vez que participaste en "La Biblia y el Calefón", el tema era la fidelidad en las giras. Y ahí eran todos angelitos.
Es que la gente lee. (Risas)
La gente lee, la gente ve televisión...
Hay gente muy mala, y le gusta contar.
Lo que mata en el matrimonio es el exceso de información.
Sí, y lo que salva en la vida es la discreción.
Hoy, para conquistar a una mujer, ¿te sirven las mismas canciones de hace treinta años?
No creo que conquistara nunca a ninguna.
¿Sabés cuántas que te dijeron que sí te hubieran dicho que no, si no cantabas?
Sí, porque esto sirve de puerta de entrada, como a otro tipo le sirve tener los ojos verdes y medir un metro noventa, y a otro le sirve tener un auto terrible. Cada uno tiene unos argumentos para poner encima de la mesa, pero a una mujer la conquistas por coincidencias de fibras. Conquistar una mujer con la que no tenga coincidencia de fibras, no me interesa nada. Me puede interesar pasar un casquete, entendernos...
Un tentempié.
Eso no es conquistar, es reírse un rato, y ya está.
Hermoso, decís.
Todo es hermoso, pero conquistar es otra cosa. No hay ni tiempo para eso.
Termino los reportajes imaginando a los entrevistados en el Cielo. ¿Te imaginás allí?
Francamente no. (Risas) No me imagino en el Cielo bajo ninguna circunstancia.
De existir, no lo merecerías.
Aquí diría lo que decía Groucho Marx: "jamás pertenecería a un club que me admitiera como socio". Y si lo hicieran en el Cielo, me negaría.
Si te dejan entrar al Cielo, es que debe estar lleno de gente mala.
Si el Cielo existe, yo pediría la nómina, por si me interesa.
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